30 julio 2016

Fernando Quiñones en el Parisien




David Monthiel

            Como cuentan algunos escritores en sus memorias, o en conversaciones recogidas al final de su vida, el que suscribe también se encontró en esas extrañas situaciones en las que uno se topa con alguien que admira por su trabajo, por su escritura. Parece que se solapan los unos con los otros. García Márquez contó que se encontró a Hemingway por París. Pero no quiso acercarse por aquello de no molestar, de no parecer un baboso snob que administraba mal su lista de adjetivos sobre la obra del escritor estadounidense. Lo llamó desde lejos y el otro le respondió: “Adiós, amigo”. Lo mismo le pasó a Fernando Quiñones con Papá Hem en Madrid. Lo vio cerca de su mesa en un restaurante. Y también decidió dejar la ocasión de charlar un rato por mor de que el barbudo no lo confundiera con un devoto que adula gratuitamente en las tres frases que va a compartir con el genio. Y se quedó sentado.
            El azar te trae un día a Rancapino para que le eches el cable con el móvil y le guardes un número de teléfono después de estar rondándolo durante varias semanas: Rancapino se baja de un taxi frente a ti, te lo cruzas de camino a quién sabe donde, mientras tú piensas que estaría bien hablar con él, pararte un rato, preguntarle por cómo le van las cosas y saber que lo haces con un mito del flamenco (al que tienes que invitar sí o sí). Contarle los encuentros a mi colega Daddy C y decirle que es como ver a Ronnie Wood andando por la calle Solano. También te regala, tras días nefastos, conversaciones con Mad Professor o Jorge Drexler, como si los conocieras de toda la vida.
            A mí me pasó con Fernando. 1998. Regresaba de la facultad en el Comes. Eran las tres y media de la tarde. Otoño. Iba imbuido en un runrún sobre la ciudad en la que vivía, aquella Ciudad con mayúsculas de su cuento “El Arquitecto” recogido en “El viejo País”. En el cuento, el arquitecto soñaba con una escena de su infancia y se despertaba. En la vigilia calurosa de Mordor, Mandril para algunos (Madrid para el resto), el arquitecto reflexionaba sobre el amor y el odio hacia La ciudad, sobre su atracción ingestionable para el del exilio interior y el del exilio exterior. Con mucha menos precisión poética y razones para remedar las imágenes y reflexiones como las del cuento, me bajé del Comes que me traía del Campus de Puerto Real. Venía pensando en que viví y crecí en una azotea rodeado de otras azoteas blancas, comidas por los hongos y la humedad; criarse mirando la copa de la araucaria de la Alameda, el trasunto de azoteas y torres, la ropa tendida como farolillos de una fiesta del viento, los patinillos, las paredes desconchadas, aquella llave de hierro, grande como de puerta muy antigua, que se enterraba en una maceta para subir a la azotea, el traqueteo de la llave en la cerradura ya holgada de siglos de uso, la puerta hinchada y vieja bajo una capa de pintura marrón que no tapaba las heridas del tiempo, los petriles, el bosque de madera podrida de los palos de los tendederos, el descubrimiento del mar como un acontecimiento que forma parte de la infancia y crea su propio mito y melancolía, la playa vacía en invierno y los paseos sin pensar, solo, colmado por esa cosa que puede ser la Historia o el silencio frente a las olas de un temporal que se avecina, aprender a caminar por la laja tapizada de verdín, sortear las pozas con aquella agua estancada por la marea donde coger camarones y quisquillas y poner en funcionamiento el arpón hecho con alfileres de la ropa y una aguja para dispararle a los sapitos, el cubo lleno de lapas y algún cangrejo zapatero, sólo para enseñarlo cuando llegáramos a la playa, el baño entre las piedras con más nombre que las calles, ese camino de vida que es la murallita, el puentehierro, el caná, la leyenda de las morenas escondidas en la poza más profunda donde había agua tapá, la piedra del diablo, el aculaero, la piedra sofá, el horizonte largo, inconmensurable, la tarde cayendo y la marea que sube y hay que volver. Los jardines, subirse a los árboles grandes, el árbol gordo de la Alameda, a aquellas ramas como brazo de Hércules, las guerrilla de pelotes, partidazo en la segunda plazoleta. Entrar en un patio tras golpear una vez aquella mano gastada del portón. Escuchar cómo la cadena oxidada se tensaba y abría el pestillo. Luego hablar mirando para arriba, las preguntas de niños. O entrar en un patio y gritar el nombre de tu amigo, llamarlo para que bajara. Hacer los aparejos para ir a pescar a la Punta, preparar el queso, la masa, el anguao, los avíos, pasar la mañana del sábado pescando, coger una mojarrita, un sapo.
            A modo de psicogeógrafo aficionado y cutrón, cambié mi ruta habitual. En vez de subir por Beato Diego lo hice por Rafael de La Viesca. Seguía con aquel runrún mientras alzaba la vista a los cierros y a las fachadas. Giraba la cabeza para contemplar un instante la oscuridad de las casapuertas. Aquel fondo de escalera con columna blanca y arco. A la podredumbre que cubría aquellas casonas, la mayoría vacías, que son el legado del genocidio y la acumulación originaria. El Hola arquitectónico de la primera burguesía mercantil de la Modernidad, esa que nació al mismo tiempo que el colonialismo y la esclavitud y se gastaba una pasta en contratar a Goya y a Haydn. Esa que tiene su repetición en farsa en la casta repeinada y carca que personaliza la decadencia milenaria de la ciudad en el alcalde y sus concejales.
            Desemboqué en la plaza de San Francisco y pensé en Fernando. No fue casualidad ya que llevaba varios días rondándole. Como a Rancapino. Siempre lo recuerdo cuando visitó a mi instituto, uno que empezó siendo el Nº 4 y acabó siendo "El Caleta", en la que leyó un cuento sobre el río grande que aún mantengo en la memoria. La forma de hablar, de mover las manos. Y aquella vez en el Club Caleta. Amaba aquella playa en la que me crié, el club, la explanada de las mezquitas de los socios, su paisanaje del que formé parte muy desapercibidamente. Lo recuerdo entrando en las taquillas de la sección de pesca después de un bañito, con aquel cuerpo mal hecho, con su cordón de plata con los huesos de corvina engastados, aquel bañador naranja arrugado. Los pelánganos empapados en el caldo que era la mar aquella tarde, le circundaban la calva brillante. Aquella vez quise decirle que me proponía asumir toda aquella luz, aquella miseria y grandeza, aquel moscardoneo de la historia que nos rodeaba y escribirlo. Pero no le dije nada. No quise parecer un pesado, ni un tonto, ni nadie que pudiera parecer lo que no es.
             Cuando llegué a la esquina del estanco de San Francisco y cruzaba frente a las mesas vacías de la sobremesa del Parisien, allí estaba Fernando. No fue una sorpresa, sino una especie de respuesta al runrún. Calado con una gorra de marinero. Sin pelo. Con mala cara. Enfermo. A punto de morirse. Sentado en un velador mirando hacia la puerta del Francia-París como si quiera ver salir a Antonio el Chaqueta, pero quizá pensando en que le estaba llegando la hora. Había dos tazas en la mesa. Supuse que Nadia estaba dentro del bar. Aminoré el paso. Lo miré. El no me echó cuentas.
            Me acerqué como el que tiene intención de entrar en el bar y tomarse un cafelito para seguir la tarde con ánimo. Cuando estaba a un metro de su mesa, le dije:
            —Don Fernando, sé que quizá le molesto y quiera usted estar tranquilo con su café.
            Don Fernando me miró esperando al propósito de aquella visita.
            —Sólo era para darle las gracias por sus libros, por su forma de estar en el mundo, por ese Cádiz que usted y yo sabemos que no nos salvará de nada ni de nadie. Pero que es nuestro para nuestro amor y nuestra tierra. Muchas gracias.
            Asintió y esbozó una sonrisa cansada.
            —Gracias, hijo, a uno le gusta que le digan esas cosas.
            Pero cuando llegué a la esquina del irlandés supe que no me había parado, ni había hablado con él. Quizá fuera porque no quise ser un pesado, ni un baboso, ni un admirador que le dorara la píldora. No me paré. Seguí. Y, ahora, tantos años después, no sé si lamentarme o no.

19 julio 2016

El zarpajazo




David Monthiel

            Me gustaría escribir, sí, señora, desde mi "intrusismo laboral y opinador", sobre el resultado de las elecciones. Dar con la clave sociológica, la explicación antropológica, la descripción psicológica para explicar cómo se puede votar, con miedo, a los que están saqueando el país, espiando y encarcelando a enemigos políticos, fabricando causas con ayuda de jueces. Explicar por qué no se votó en masa para acabar con el Régimen.
            Me gustaría hacer una lista de causas, un inventario de errores, un repertorio de razones para conocer por qué afirman que se perdieron 40.000 votos en la provincia y que el análisis político sea que los votos "juegan al escondite y que configuran el paisaje de un batacazo". Quiero escribir un artículo serio, duro, profundo, que analice a fondo el optimismo de los datos de las encuestas previas, la bajada del recuento de votos de INDRA, el porqué de las acusaciones de pucherazo, las raíces de la campaña del miedo. Conocer por qué no han permeado ni desgastado los escándalos de las grabaciones al ministro de Interior, razonar por qué se haya puesto en duda la limpieza del proceso electoral. Un artículo en el que se analice, sintácticamente y con fiera ironía, el discurso del presidente en funciones desde el escenario de una sede pagada con dinero negro para encontrar las razones de su victoria.
            —Buenas noches, buenas noches. Bueno, buenas noches a todos. Bueno, buenas noches.
            Quiero descifrar por qué se asegura que el líder de Unidos Podemos (uno de los políticos más preparados académicamente) es prepotente, violento, soberbio, que cae mal y cuáles las consecuencias de la táctica del perfil bajo de Pablo. Un artículo en el que se comparen las caras en la comparecencia al conocer los resultados de Pablo y Errejón con las de Martin Hart y Rust Cohle de True detective. Quiero escribir un artículo que investigue el supuesto miedo al populismo, su relación con la salida de Inglaterra de la Unión Europea (Escocia votó a favor de seguir). Quiero escribir un artículo que arroje conclusiones tácticas sobre alabar a Zapatero y a la socialdemocracia, para rebatir las noticias de opinión en la que, supuestamente, se analiza, paso a paso, como en un coleccionable, los males, errores, gestos vanos de la Confluencia. Y no los malísimos resultados del "spanish PASOK". Quiero explicar porqué no sabemos nada de Venezuela a día de hoy, perdidos en el apagón informativo que sufrimos.
            —Qué intriga.
            Quiero escribir un artículo que avale seguir siendo optimistas, que evite que nos contagiemos de la guerra sucia que sólo lleva a la frustración y al desencanto, que defienda seguir unidos en coalición, que ayude a pensar que hay que continuar y que el proceso está en marcha. Un texto para seguir pensando que todas aquellas que, estando en nuestro bando y a pesar de sus críticas y argumentos antielectoralistas, en el fondo, no se alegran del zarpajazo. Para seguir creyendo que no son grupúsculos que apenas si tiene los pies puestos en la realidad y se creen que son la vanguardia de la vanguardia de una clase obrera que hace mucho tiempo que ni siquiera les sigue, sino que huye de ellos.
            —A la calle, a la calle.
            Me gustaría escribir un largo artículo que equilibre opinión e información con todas las claves para analizar los resultados, las posibilidades de futuro, los retos que vienen. Uno en el que se reivindique la alegría de seguir, la peripecia de caminar, de continuar, de no cejar, de apagar críticas tóxicas y guerras intestinas. Que diga que hay que seguir en la calle y en las instituciones. Uno en el que se mantenga viva la llamita de la fe.
            —Sí, querido ateo, fe, una palabra que nada te gusta, pero es la exacta.
            Uno en el que diera las claves, en la supuesta derrota de cinco millones de votos, para seguir viviendo, los que puedan, con el salario mínimo interprofesional, seguir viviendo sin la ayuda familiar, con un trabajo precario por horas, siendo mujer y refugiada, camarera de piso a sueldos míseros. Que diera sencillos consejos evitar el desgaste de la precariedad, para vivir en el país en el que se ha expoliado la hucha de la Seguridad Social, en el que un ministro que maneja cloacas se niega a dimitir. Que ayudara a vivir en el país de la ley Mordaza en el que llevar una camiseta de Al Canal A Bañarse puede ser un delito de cárcel, en el que falta personal en los Hospitales, en el que no se va a derogar una ley de educación retrógrada y resultadista.
            Un artículo que ayude a vivir en un país en el que el robo, la malversación, la falta de ética, los sobornos, las cuentas en Suiza y Panamá, las empresas offshore, la falta de función pública, son la normalidad. En el que exigir la dimisión de un seleccionador de futbol es más importante que la de un ministro. Un texto que ayude a vivir en la provincia del paro que vota a los que más han creado paro. Ayudar a vivir en una ciudad de la que se exiliaron cuarenta mil personas gracias a las políticas de empleo de antiguos regidores y ahora se lavan las manos manchadas, en la que la oposición hace pinza y bloquea a un equipo de gobierno, que se reúne en terrazas para conjurarse, vota lo mismo, miente en común, se siente amenazada en cuanto le tosen o le llevan la contraria. O simplemente patalean cada día cuando descubren que no gobiernan la vieja ciudad amurallada.
            Un país en el que mis amigos y amigas perpetran chistes sobre emigrar. Tristes chistes.
            —Está la cosa para irse de cabeza a Pernambuco.
            Quiero escribir un artículo hermoso y vibrante, quiero escribir, pero me sale espuma, quiero decir muchísimo y me atollo.