06 abril 2005

Panegírico

En toda mi vida, no he visto más que tiempos de desorden, desgarros extremos en la sociedad e inmensas destrucciones; yo he participado en esos desórdenes. Tales circunstancias bastarían si duda para impedir que el más transparente de mis actos o de mis juicios obtuviera alguna vez aprobación universal. Pero muchos de ellos, así lo creo yo, pueden haber sido mal comprendidos. [I]

* * *
Mi método será muy sencillo. Hablaré de lo que he amado; y lo demás, bajo esta luz, se mostrará y se hará suficientemente comprensible. [I]
* * *
Nuestras únicas manifestaciones, escasas y breves en los primeros años, querían ser completamente inaceptables; al principio sobre todo por su forma y más tarde, ahondando en sí mismas, sobre todo por su contenido. No fueron aceptadas. "La destrucción fue mi Beatriz", escribía Mallarmé, que fue, él mismo, guía de algunos otros en exploraciones bastante peligrosas. Para quien se dedica únicamente a hacer tales manifestaciones históricas, y rechaza pues el trabajo existente en cualquier sitio, es muy cierto que debe saber vivir a salto de mata. Más adelante trataré esta cuestión de manera más detallada. Limitándome aquí a exponer el asunto en su más amplia generalidad, diré que siempre me he conformado con dar la vaga impresión de que yo poseía grandes cualidades intelectuales, y también artísticas, de las cuales había preferido privar a mi época, que no me parecía merecedora de su empleo. Siempre ha habido personas para lamentar esta negativa mía y, paradójicamente, para ayudarme a mantenerla. Si esto ha salido bien se debe a que nunca he acudido en busca de nadie, a ningún lugar. Mi propio entorno lo han compuesto aquellos que se han acercado por sí mismos, y han sabido hacerse aceptar. Desconozco si algún otro se ha atrevido a comportarse en esta época como yo lo he hecho. También hay que reconocer que la degradación de todas las condiciones existentes surge precisamente en ese mismo momento, como si quisiera dar la razón a mi singular locura. [I]
* * *
En el barrio de perdición al que llegó mi juventud, como para acabar de instruirse, se diría que se habían dado cita los signos precursores de un próximo hundimiento de todo el edificio de la civilización. Allí siempre había personas a las que sólo era posible definir negativamente, por la sencilla razón de que carecían de oficio alguno, no realizaban ningún estudio y no practicaban ningún arte. Eran muchos los que habían participado en las guerras recientes, dentro de alguno de los distintos ejércitos que se habían disputado el continente: el alemán, el francés, el ruso, el ejército de los Estados Unidos, los ejércitos de los dos bandos españoles y muchos otros más. El resto, que eran unos cinco o seis años más jóvenes, había llegado allí directamente, porque había comenzado a disolverse la idea de familia, como todas las otras. Ninguna doctrina recibida moderaba la conducta de nadie; ni tampoco lograba introducir en su existencia un objetivo ilusorio. Diversas prácticas puntuales se hallaban siempre listas para exponer, a la luz de la evidencia, su tranquila defensa. El nihilismo es tajante para moralizar en cuanto le roza la idea de justificarse: uno robaba bancos y se vanagloriaba de no robar a los pobres, y otro nunca había matado a nadie cuando no estaba encolerizado. A pesar de toda esa elocuencia disponible, era gente de lo más imprevisible de un momento para otro, y a veces bastante peligrosa. Es el hecho de haber pasado por un ambiente así lo que, más tarde, me ha permitido decir algunas veces con el mismo orgullo que el demagogo de Los Caballeros de Aristófanes: "¡yo también me he criado en la vía pública!".[II]
* * *
Después de las circunstancias que acabo de evocar, lo que sin duda alguna marcó mi vida entera fue el hábito de beber, que adquirí rápidamente. Los vinos, los licores y las cervezas, los momentos en que unos se imponían a otros o los momentos en que se repetían, fueron trazando el curso principal y los meandros de los días, de las semanas, de los años. Otras dos o tres pasiones, de las que hablaré, han ocupado casi continuamente un amplio espacio de esta vida. Pero beber ha sido la más constante y la más presente. Del escaso número de cosas que me han gustado y he sabido hacer bien, lo que seguramente he sabido hacer mejor es beber. Aunque he leído mucho, he bebido más. He escrito mucho menos que la mayoría de la gente que escribe; pero he bebido mucho más que la mayoría de la gente que bebe. Me puedo contar entre aquellos de los que Baltasar Gracián, pensando en un grupo de escogidos que identificaba sólo con los alemanes -siendo aquí muy injusto en detrimento de los franceses, como creo haber demostrado- podía decir: "Hay algunos que no se han emborrachado más que una sola vez, pero les ha durado toda la vida". [III]
traducción castellana de Tomás González López y Amador Fernández-Savater: Panegírico, Madrid, Acuarela Libros, 1999

05 abril 2005

Escrito con drogas

Toda escritura es adicción, y todos los escritores vienen a estar de una forma u otra, enganchados. "Las historias son mi refugio", escribió Robert Louis Stevenson y añadió: "para mí, son como el opio". Aún el más sobrio y convencional de los escritores sabe el significado de entrar en trance, sentirse poseído, suspendido y abandonado en aquellos mundos que sus palabras recogen en la página. La bebida desata la lengua, como observaba ya Baudelaire. Pero las drogas y las palabras escritas aluden a una soledad profunda, y a veces, aislante, son matieria primera de las investigaciones privadas en sí mismas que tan dificil resulta compartir. Las drogas llevan a los escritores hasta unos extremos bien conocidos por todos ellos: están condenados a encontrar palabras para lo que parecen ser mundo intensamente subjetivos y mudos, cansados y malogrados por lo que es inexpresable, condenados a sentir un pánico claustrofóbico cuando las palabras se secan y agotan y aún así están obligados a intentarlo una y otra vez hasta la saciedad, acechando las estanterías y las calles en una búsqueda desesperada de inspiración, de estimulación, una dosis cualquiera.
"De niño quería ser escritor porque los escritores eran personas ricas y famosas. Se paseaban sin hacer nada por Singapur y Rangún, fumaban opio vestidos con punchis de seda amarilla. Esnifaban cocaína en Mayfair y se adentraban en las ciénagas prohibidas acompañados por un fiel muchacho del país y vivián en el barrio donde vivían los nativos de Tánger, fumando hachís y acariciando lánguidamente una gacela domesticada" (WS. Borroughs "Autobiografía literaria")
"Escrito con drogas", Sadie Plant, Destino Libro.

04 abril 2005

El canto rodado

Como la piedra, amigos,
como el canto rodado,
en perpetuo combate
con el agua y los años.

Sí, sed como la piedra,
como el canto rodado:
puros y resistentes,
terríbles, obstinados.

José Agustín Goytisolo, Claridad(1961)

Fumar, beber, comer

"Cuando los obreros comunistas se reunen, su intención es la de ocuparse de entrada de la teoría, la propaganda, etc. Pero al mismo tiempo se apropian por eso de una necesidad nueva, la necesidad de la sociedad toda entera, y lo que parecía no ser más que un medio se convierte en un objetivo. Este movimiento práctico permite observar los más brillantes resultados cuando se ve reunidos a los socialistas franceses. Fumar, beber, comer etc, no son ya simples ocasiones para estar juntos, medios para la unión. La compañía, la asociación, la conversación que abarca el conjunto de la sociedad les colma; para ellos la fraternidad humana no es una frase, sino una verdad, y de sus figuras endurecidas por el trabajo, irradian la nobleza de la humanidad hacia nosotros".

03 abril 2005

En la soleada tarde de domingo en un parque de Moratalaz

Padres travestidos, madres sadomasoquistas
sacan de paseo a sus muñecos gesmar
deformados por un accidente radioactivo.
Dos ancianos jubilados hacen el amor enloquecidos
tras los mazizos
mientras suena en la radio
a toda ostia el carrusel deportivo.
En la soleada tarde de domingo en un parque de Moratalaz.

Un despiadado angelito disecciona un pajarito
mientras su hermanita es obscultada
en busca de un precoz pelito por otros despiadados angelitos.
Un esforzado deportista narcoolímpico
de lata en mano y chandal raido
pide unos duritos pa un chute isotónico
que mate el gusanillo.

Pido a una hippy coqueta un cigarro
me suelta no fumo tabaco
que coño me importa de que pie cojee que fume o que no.
Hace ya tiempo que llevo buscando
respuestas sencillas, concisas,
pregunto a mis locuaces tripas
cansadas responden ¡yo qué sé, huevón!
córtate el pelo y búscate un trabajo.

Llegan los repartidores al puesto de los helados
con sus derbis con el tubo de escape recortado,
móvil en la mano, pantalones ciberajustados.
Y ajustados también a sus pantalones
exhuberantes adolescentes amantes de los chicos malos,
los chulos de barrio, pizzerías y felatios.
Anunciando el ocaso de la tarde en un parque de Moratalaz.
Se despide el sol naif de sonrisa pintada
de regreso a casa a ver como ha ido la jornada
que se acaba ya la liga y todavía no ha tocado ná.
Pienso en ese sol, en su suerte maldita
no le libra del trabajo ni una primitiva
algo consolado por desgracia ajena
marcho a meditar a la bodega.
Gracias dios por otra tarde
de domingo en un parque de Moratalaz.


La Cabra mecánica, "Cuando me suenan las tripas"

02 abril 2005

Foto en la luna.

Manuel J. Ruiz Torres.
Calembé, F.M.C./ Algaida Cádiz 2003


En “Mi vida” (1930) León Trostky evoca las semanas que pasó en Cádiz deteniéndose en la familiar y pacífica vigilancia policial a la que fue sometido. El apunte surge del quehacer escurridizo del prófugo, habituado a la terca escolta de espías y secretas de París o Madrid, siempre a la caza de sus astucias cuando se escamoteaba en un taxi o se escondía en un cine sombrío. Despacha Trostky sus avatares en Cádiz con la concisión de un biógrafo cansado, recordando en pinceladas exiguas, quizá porque su paso por la ciudad fue tan sólo una posta más del camino. Con tan escaso material, breves semanas, Manolo Ruiz reconstruye un Cádiz por el que pasea un vívido revolucionario al que le acompaña un cómplice conserje de la biblioteca, un Cádiz con olor a humedad de las paredes, impregnadas de esa salinidad de siglos. Este ejercicio de historicidad de lo cotidiano irradia en varios cuentos de los nueve que conforman “Foto en la luna”, desde la tramoya familiar de un astronauta del Apolo 16 hasta las cocinas de tercera clase de un buque a finales del XIX de “Río Negro”, cuento que cierra el volumen y que es extraordinario ejercicio de léxico, gastronomía y aventura.
Pero es quizá el afán de la supervivencia el rasgo que caracteriza y marca la pauta del libro; una supervivencia que habita en los personajes que se enfrentan al exilio, a la muerte o al abandono desde la resistencia al desánimo; personajes que anhelan un lugar de descanso, una tregua de tiempo, ya sea en la cóncava patera justo antes de ser enfocados o entre carretas en círculo donde encender los fogones y cantar bajo la luna justo antes de la ofensiva. Manuel J. Ruiz Torres nos regala una colección de relatos que confirman su madurez como escritor, que lo convierten en un cuentista dotado de la destreza y versatilidad para enriquecer sus relatos con la precisión del cocinero que adereza sus ingredientes con lúcido criterio, ya sean el lenguaje argentino, la capacidad vitalista de la oralidad –el libro fue presentado por un etnógrafo-, o el tono coloquial de evocación Quiñonística. Sin olvidar el humor, que como arroyo sardónico, fluye subterráneo y pausado, quizá con el matiz de la distancia que produce el abandono de autobiografía. Se trata, al fin, de un creativo trabajo con la realidad, aunque sea adversa, porque a pesar de todo, de los derrumbes, de afiladas calles, de los premios vendidos, la vida vale la pena seguir viviéndola. Celebrémosla, a pesar de tantos pasajeros de primera clase, con estos cuentos vivos maquinando esperanzas desde las bodegas.
Publicado en "La Ronda del libro"

01 abril 2005

III

no disparo no calor no moneda
rocío y cenáculo apuntando
el bolsillo o el cuello, no rocío
ni lengua desatada, caminantes: no luz
atrás dejada, no piedra con la yesca,
un ángel traspasado por la aguja,
el primer caído de la marcha
fue luz, no espejo, silabario de la sangre
Habrá que dejarlo desangrando tierra.
Habremos de seguir y dejar la cruz:
cruz al rezagado. Te haremos sitio, que hay la prisa,
que el sueño de la hulla rellene cada ojo
y abandone repletas
la arena y la sandalia, caminante:
no parada no hielo no peaje
—El primer caído avanza con nosotros
con la tarde retenida de las jaras.
Avanza con nosotros la memoria de los lagos
eternamente ebrios y sudados,
la mala cuchillada en las salinas,
la lanza, la pintura, la estrofa negra
de los últimos aullidos.
Puño de Bolivia, terradal tremendo:
avanza con nosotros
Litoral recortado de Birmania en punta de clavícula:
avanza con nosotros
Roca de las despedidas, Hatu-mata:
avanza con nosotros
Montes de Hotte, tierras de Satán,
Litoral re cortado. Así son
las costas de Birmania.
Roca de las despedidas ,
avanzad con nosotros
Maltratada aritmética de galenas, amazonia:
avanza con nosotros
Tajumulco y Motagua,
avanzan con nosotros
Llanura y sierra del Cibao, cruz y rosas vuestras frentes:
avanza con nosotros
Cardenal anciano de Río Escondido:
avanza con nosotros
Uñas del desierto, región de Thar:
avanzad con nosotros
Youbas, piaroas, chippewas, cercenados,
avanzan con nosotros
Enorme Desierto Salado, primogénitos de Elburz,
avanzan con nosotros
Danza oscura del peyotl, tarahumaras:
avanzad con nosotros
Tendón nevado del Huïla:
avanza con nosotros
Cumbre del Dormido, hecatombe eterna de los fusilamientos:
avanza con nosotros
Aeronautas de Khulna, mujeres-tiburón,
avanzan con nosotros
Pueblos como venas de América perdida
avanzad con nosotros
Iquitos, llanura en el costado, herida d’agua,
avanza con nosotros
Aureola del helio castigada en el yamán:
avanza con nosotros
Estepa torrencial de Volta acuchillada:
avanza con nosotros
Flores negras, Kalahari, cien mil vocablos rojos
avanzan con nosotros
Raíles de Eldoret, cementales:
avanzad con nosotros
Fracaso y Nicaragua, genital sandino:
avanza con nosotros
Voz y astilla de Marruecos irredento:
avanza con nosotros
Rabia libia, esperma de Kinshasa:
avanza con nosotros
Mesetas de mi frente, mansamente volcanes,
avanzad con nosotros
Bamako seca y pluma:
avanza con nosotros
Filo de la hambruna, tierra caliente impenetrable:
avanza con nosotros
Noche cenital de Nilo, atolondrada:
avanza con nosotros
Azote de Sowetto, rabia mineral del siglo negro:
avanza con nosotros
Presentimiento de la acacia, muro de Dakar:
avanza con nosotros
Salmista con el chile y con la jara:
avanza con nosotros
Hijos de Yaundée, toros y pantano, selva
avanzan con nosotros
Cera mauritana, lobo, arcano, hebra de In-Salah:
avanza con nosotros
Estepa herbosa del recodo, nigeriana:
avanza con nosotros
Balas de Emi Koussi, cuencas sedentarias, ríos
avanzan con nosotros
Cenáculo de las rabias, y rabia-roquedal, sedientos de Uele,
despeñados
de Toubkal,
antracita y lianas de Adén, hijos
y varones de la rabia:
avanzad
tristísimos, conmigo,
sucios de arrozales, con nosotros.

Quique Falcón, La marcha de los 150.000.000, El saqueo