19 septiembre 2016

Sopla, sopla fuerte, levante




David Monthiel

            —Qué levantazo, illo.
            Mucho se ha hablado de los estragos del viento de levante en este verano del estrés. De sus inconvenientes, de sus rachas de ochenta kilómetros, de lo que ha afectado a la psicología, a la pesca y a la sacrosanta hostelería. Salvadora de la balanza de pagos provincial.
            —Qué ruinazo.
            Nos ha obligado a construir una ética del sufrimiento ventoso. A filosofar sobre el cansancio al que somete al cuerpo, a analizar su hedor por los bajantes, a calcular la cantidad de arena que deja en la saliva, a estudiar el grado de acartonamiento de la ropa tendida. Ha inspirado novelas peores que su soplo inclemente. Incluso algunos lo han visto como una maniobra de distracción ante los cambios en la corporación municipal de nuestro amado líder, tan criticados de la punta del Boquerón padentro.
            —Esto no es normá.
            Pero este año, dicen, la cosa ha sido dura. Ha obligado a cerrar el puerto de Tarifa, ha echado a la gente de la playa sin tregua, ha cancelado el catamarán de la Bahía, ha despeinado y mosqueado a los turistas, ha provocado pérdidas económicas en los lateros y en los chiringuitos, ha invitado a la búsqueda en internet de "playas donde no pegue el levante", ha dejado encerrada a la gente en el piso por el que ha pagado una talegada, ha provocado discusiones tontas agravadas por esa suerte de mosqueo infinito de sufrir la levantera.
            —¿Ha tenido algo que ver el levante con la de mierda que tiene mi Kichi en Cádi-Cádi?
             Y, sobre todo, ha sido—según la prensa— un agente del mal que ha afectado al "motor" económico de la provincia. El turismo.
            —Eso ni tocarlo, ¿eh?
            El turismo. Esa actividad económica de la que nació la burbuja inmobiliaria, que tapizó de cemento las costas, que ha transformado y destruido el paisaje costero, que ha quebrantado la ley de costas para beneficio privado, que ha enriquecido la corrupción sistémica de los ayuntamientos, que ha maquillado las altas en las seguridad social con licenciados y ha convertido a Andalucía en un "paraíso", en el que comprar una segunda vivienda, llena de gente graciosa, amable y floja.
            —¿Ya empezamos?
            El turismo: ese que obliga a los licenciados con dos masters a trabajar por 5 euros la hora sirviendo raciones de sardinas sequeronas, tonino por caballa, pota por choco frito y tortillitas de camarones congelás. Ese que forma colas kilométricas de turismos a la entrada de la playa de Bolonia. Ese que peta los aparcamientos de El Palmar. Ese que está creando su propia burbuja, que pronto explotará.
            —Tú estás mu equivocao.
            Ese que peta los sitios, aumenta los precios, baja la calidad de los servicios, paga mal, es desconsiderado, sucio, poco cívico, que exige siempre buen tiempo, que demanda que TODO esté veinticuatro horas abierto. Ese Cayo Coco mental en el que todos los indígenas somos servidores, informadores, animadores socioculturales, camellos, cantaores, que formamos parte del decorado de la historia.
            —¿El rincón gastronómico? Ni idea.
            Ese que es la pesadilla para el futuro de la Coordinadora de Profesionales del Metal de Cádiz. Ese que convierte a la ciudad en un parque temático de la historia. En el que los cruceristas la consumen como el que pasea por Disneyland París. Pero ¿qué historia? ¿La mía? ¿La tuya?
            —¿La de las camareras de piso?
            —¿La de los chicucos malajes?
            —¿La de la gente de la calle Pasquín?
            —¿La de los negros del callejón?
            —¿Las de las niñas que venían a trabajar de internas desde Chiclana, Medina o Conil?
            No, señora. Se vende aquella tan aclamada y estudiada por los historiadores que identifican "Cádiz" con los señores que llamaron a Haydn para que les hiciera el pasodoble de medida de ese año. Aquellos que, gracias al pecado de explotar a los iguales, se construyeron palacios donde todavía no puedes entrar, querido turista. Porque son propiedad privada. Patrimonio privado. El Hola de la historia. Esos que se enriquecieron con la invasión de un continente y con la sangre de los pueblos originarios de lo que ahora llamamos América.
            —Ya estamos con el derrotismo.
            Aquellos a los que ni el levante de la historia, ni la humedad, ni los baños comunes, ni las rajas en los tabiques (como sonrisas de un promotor inmobiliario) de los barrios de los pobres antes del festín de FITUR, molestó.
            —A lo que vamos. Que se te va el coco.
            El levante y su insistencia es el que nos salva de la Gran Transformación Definitiva de esta provincia en un destino turístico irreversible poblado de ingleses borrachos, alemanes jubilados y españoles conquistadores. Es un arma contra la colonización definitiva de las costas. Una defensa ante la posibilidad de que muchos repitan, se vengan arriba y se compren una casa a pie de playa. Es una muralla contra la gentrificación y el ladrillazo. Una defensa para que la jet set playera no se instale definitivamente y seamos una Costa del Sol II, o decorados aún más dramáticos.
            —Sopla, sopla fuerte, levante.
            Sé que sonará duro para muchos y muchas. Pero Cádiz no es una mujer. Nunca lo fue. Ni mucho menos la pretenden dos novios, el levante y el poniente. Siento contradecir el pasodoble y al maestro. Pero me suena demasiado a poesía heteropatriarcal en la que la mujer es un objeto que piropear, que seducir. Un objeto mensurable. Como ninfas, diosas, reinas, damas de honor y coquineras al uso.
            Dió, tustá chalao.
            Cádiz no es una mujer, ni es la "señorita del mar", ni "la novia del aire". Como mucho es la follamiga de los cruceros, la salada caridad de los hidratos de carbono de las colas frente a la parroquia. La criadita del mar. La parienta de las crisis históricas. La sosia del levante.
            —¡Pero si ya es suroeste!
            —Y ha llovío.
            Cádiz es una ciudad que necesita el levante. Necesita a la gente que trabaja en el metal, en los astilleros, en la cultura. Para salvarse. Para seguir.
            No sólo camareros.
            Sopla. Sopla fuerte, levante.

15 agosto 2016

KICHI: ME TIENES ESTROSÁ




David Monthiel

            Qué estrés de verano. Esto con Teófila no pasaba. ¡Con Teófila! Los veranos eran una meseta de tiempo en el que sólo se hablaba de las mismas cosas: lo bonitos que eran los "conciertos de la libertad", del buen criterio del cine familiar, del levante, de las barbacoas del trofeo, de Bisbal, de lo distraíos que teníamos a los de la Báscula, de los pesados de los carnavaleros de calle que se iban a Puerto Real. Todo en orden. Era todo más tranquilo, más relajado. Era todo más de Benidorm con esa mentalidad para programar actividades IMSERSistas.
            ¿Qué es eso de tener cada día tres eventos? Una falta de previsión ¿Cómo es posible que la gente prefiera música en directo que quedarse a la fresquita metío en su barrio? Populismo. ¿Cómo es eso de que los bares abran más horas? Es un peloteo a los hosteleros. ¿Cómo es que La Regata ha ido bien y se ha tenido en cuenta a los niños y niñas más desfavorecidos? Porque se copiaron de las anteriores y caridad populista. ¿Que ha ido más gente y el impacto económico es mayor? Populismo. ¿Que hubo colas? Culpa de la gente que llevaba muchas mochilas para registrar. ¿Que había mucho tráfico? Culpa de la gente. Esa a la que un concejal del Teofilato le dijo que viniera en coche, siempre que quisiera, por el puente nuevo y aparcara en un aparcamiento vacío a día de hoy. Sin poblema ninguno.
            La falta de consideración llega a extremos inconcebibles. ¿Es que el Kichi y su gente no piensa en el estrés veraniego de ir a ver cortos al Baluarte, ir de plaza en plaza para escuchar al Cabajazz Colective y a Más Madera, visitar la exposición de Hércules, comerse un plato de arroz con placton, ir al Festival de Jazz y a ver a Kurt Rosenwinkel, pasar por El Pelícano para escuchar afrobeat de Burdeos, acercarse un ratito a ver lo del Palomar y Lizana en la Regata, luego empalmar con la jam del Baluarte, para acabar en el Medussa con los deyais más pesaos en kilómetros a la redonda y luego acostarse destrozado por el empacho de actividad, músicas y cachondeito? ¿La Velada de los Ángeles otra vez? ¿Rutas del Cádiz de la Posguerra?
            ¿No es demasiado para el ciudadano medio gaditano?
            —Indignante.
            Y sobre todo la gente. ¿De dónde carajo ha salido tanta gente? ¿Era la misma que se quedaba en su casa cuando hacían los Conciertos de la libertad? ¿Era la misma gente que aplaudía a Pablo Alborán como estrella del Castillo San Sebastián? ¿Son las mismas que acudían al concurso de coplas antiguas? ¿Es la misma que antes se la calificaba de inexistente para los conciertos, para el flamenco, para el jazz, para el rá en andalú?¿Ya no hay música "joven"?¿Es el rock una música para todos los públicos? ¿Habían pisado el ECCO alguna vez? ¿No estábamos y estamos en emergencia social? ¿Entonces por qué se ríe y disfruta la gente en la calle?
            —Indignante.
            ¿Dónde están esas procesiones en veranito? ¿Dónde los eventos benéficos para dejarse ver con una guayabera, que te hagan una foto en grupo para el diario y ser caritativos con los pobres? ¿Dónde los turistas de bien que criticaban y se reían de las usanzas populares de las caleteras? ¿A dónde fueron las veladas de los coristas y sus carruseles? ¿Dónde quedaron las Regatas con Elcano?¿Dónde están los caballos andaluces bailando?¿Dónde las recepciones de la bandera española? ¿Dónde los problemas con los socorristas, el éxito eterno del Rastrillo, la malaje de la gente del carnaval de verano callejero? ¿Esos fueron los que se fueron a Puerto Real a cantar porque se enfadaron con el ayuntamiento? ¿Dónde está aquella luz tan hermosa que iluminaba la playa y que tanto celebraban los turistas y que los desagradecidos de siempre llamaban "contaminación lumínica"?
            —Indignante.
            ¡Y aún estamos en agosto! Esto es un no parar infernal: conciertos gratis en la Catedral, los miércoles del ECCO, el ciclo de música y mujeres y cientos de cosas más. Qué estrés. Maga en la azotea del Parador, el carnaval de verano, Goran Bregovic, The Skatalites, Tomasito, El Javier Galiana eclectictrio (eso qué será) en el Medussa...
            —Toda la noche en la calle.
            —Molestando a la gente.
            —Sin dejarla dormir.
            —Esto parece una feria de pueblo.
            Menos mal que siempre hay alguien velando por la moralidad y el saber estar y no permite que la cosa se desmadre. Como ese turista que obliga a cerrar al Nautilus a las diez de la noche. Como aquel que denunció al Pelícano. A rezar y a dormir. Como es de orden. Menos mal que aún sigue habiendo turistas que tiran colillas a la arena, dejan basura en la orilla, gente que se come toninos por caballas caleteras, que pagan pastizales por una semana de Cayo Coco, que te pregunta como si fueras un canaco o un criado dónde está la calle Cervantes y ni te da las gracias, que se hacen miles de fotos delante de la Catedral con la misma sonrisa que en el Taj Majal. Menos mal que los cruceristas compran recuerdos y comen paelladores. Menos mal que las camareras de piso cobran euro y medio por habitación, a lo sumo, dos; y tienen que dejar listas en torno a 25-30 estancias en tan sólo cuatro horas. Menos mal que hay unos cientos de licenciados contratados como camareros.
            Menos mal.
            —¡Kichi: me tienes estrosá!

30 julio 2016

Fernando Quiñones en el Parisien




David Monthiel

            Como cuentan algunos escritores en sus memorias, o en conversaciones recogidas al final de su vida, el que suscribe también se encontró en esas extrañas situaciones en las que uno se topa con alguien que admira por su trabajo, por su escritura. Parece que se solapan los unos con los otros. García Márquez contó que se encontró a Hemingway por París. Pero no quiso acercarse por aquello de no molestar, de no parecer un baboso snob que administraba mal su lista de adjetivos sobre la obra del escritor estadounidense. Lo llamó desde lejos y el otro le respondió: “Adiós, amigo”. Lo mismo le pasó a Fernando Quiñones con Papá Hem en Madrid. Lo vio cerca de su mesa en un restaurante. Y también decidió dejar la ocasión de charlar un rato por mor de que el barbudo no lo confundiera con un devoto que adula gratuitamente en las tres frases que va a compartir con el genio. Y se quedó sentado.
            El azar te trae un día a Rancapino para que le eches el cable con el móvil y le guardes un número de teléfono después de estar rondándolo durante varias semanas: Rancapino se baja de un taxi frente a ti, te lo cruzas de camino a quién sabe donde, mientras tú piensas que estaría bien hablar con él, pararte un rato, preguntarle por cómo le van las cosas y saber que lo haces con un mito del flamenco (al que tienes que invitar sí o sí). Contarle los encuentros a mi colega Daddy C y decirle que es como ver a Ronnie Wood andando por la calle Solano. También te regala, tras días nefastos, conversaciones con Mad Professor o Jorge Drexler, como si los conocieras de toda la vida.
            A mí me pasó con Fernando. 1998. Regresaba de la facultad en el Comes. Eran las tres y media de la tarde. Otoño. Iba imbuido en un runrún sobre la ciudad en la que vivía, aquella Ciudad con mayúsculas de su cuento “El Arquitecto” recogido en “El viejo País”. En el cuento, el arquitecto soñaba con una escena de su infancia y se despertaba. En la vigilia calurosa de Mordor, Mandril para algunos (Madrid para el resto), el arquitecto reflexionaba sobre el amor y el odio hacia La ciudad, sobre su atracción ingestionable para el del exilio interior y el del exilio exterior. Con mucha menos precisión poética y razones para remedar las imágenes y reflexiones como las del cuento, me bajé del Comes que me traía del Campus de Puerto Real. Venía pensando en que viví y crecí en una azotea rodeado de otras azoteas blancas, comidas por los hongos y la humedad; criarse mirando la copa de la araucaria de la Alameda, el trasunto de azoteas y torres, la ropa tendida como farolillos de una fiesta del viento, los patinillos, las paredes desconchadas, aquella llave de hierro, grande como de puerta muy antigua, que se enterraba en una maceta para subir a la azotea, el traqueteo de la llave en la cerradura ya holgada de siglos de uso, la puerta hinchada y vieja bajo una capa de pintura marrón que no tapaba las heridas del tiempo, los petriles, el bosque de madera podrida de los palos de los tendederos, el descubrimiento del mar como un acontecimiento que forma parte de la infancia y crea su propio mito y melancolía, la playa vacía en invierno y los paseos sin pensar, solo, colmado por esa cosa que puede ser la Historia o el silencio frente a las olas de un temporal que se avecina, aprender a caminar por la laja tapizada de verdín, sortear las pozas con aquella agua estancada por la marea donde coger camarones y quisquillas y poner en funcionamiento el arpón hecho con alfileres de la ropa y una aguja para dispararle a los sapitos, el cubo lleno de lapas y algún cangrejo zapatero, sólo para enseñarlo cuando llegáramos a la playa, el baño entre las piedras con más nombre que las calles, ese camino de vida que es la murallita, el puentehierro, el caná, la leyenda de las morenas escondidas en la poza más profunda donde había agua tapá, la piedra del diablo, el aculaero, la piedra sofá, el horizonte largo, inconmensurable, la tarde cayendo y la marea que sube y hay que volver. Los jardines, subirse a los árboles grandes, el árbol gordo de la Alameda, a aquellas ramas como brazo de Hércules, las guerrilla de pelotes, partidazo en la segunda plazoleta. Entrar en un patio tras golpear una vez aquella mano gastada del portón. Escuchar cómo la cadena oxidada se tensaba y abría el pestillo. Luego hablar mirando para arriba, las preguntas de niños. O entrar en un patio y gritar el nombre de tu amigo, llamarlo para que bajara. Hacer los aparejos para ir a pescar a la Punta, preparar el queso, la masa, el anguao, los avíos, pasar la mañana del sábado pescando, coger una mojarrita, un sapo.
            A modo de psicogeógrafo aficionado y cutrón, cambié mi ruta habitual. En vez de subir por Beato Diego lo hice por Rafael de La Viesca. Seguía con aquel runrún mientras alzaba la vista a los cierros y a las fachadas. Giraba la cabeza para contemplar un instante la oscuridad de las casapuertas. Aquel fondo de escalera con columna blanca y arco. A la podredumbre que cubría aquellas casonas, la mayoría vacías, que son el legado del genocidio y la acumulación originaria. El Hola arquitectónico de la primera burguesía mercantil de la Modernidad, esa que nació al mismo tiempo que el colonialismo y la esclavitud y se gastaba una pasta en contratar a Goya y a Haydn. Esa que tiene su repetición en farsa en la casta repeinada y carca que personaliza la decadencia milenaria de la ciudad en el alcalde y sus concejales.
            Desemboqué en la plaza de San Francisco y pensé en Fernando. No fue casualidad ya que llevaba varios días rondándole. Como a Rancapino. Siempre lo recuerdo cuando visitó a mi instituto, uno que empezó siendo el Nº 4 y acabó siendo "El Caleta", en la que leyó un cuento sobre el río grande que aún mantengo en la memoria. La forma de hablar, de mover las manos. Y aquella vez en el Club Caleta. Amaba aquella playa en la que me crié, el club, la explanada de las mezquitas de los socios, su paisanaje del que formé parte muy desapercibidamente. Lo recuerdo entrando en las taquillas de la sección de pesca después de un bañito, con aquel cuerpo mal hecho, con su cordón de plata con los huesos de corvina engastados, aquel bañador naranja arrugado. Los pelánganos empapados en el caldo que era la mar aquella tarde, le circundaban la calva brillante. Aquella vez quise decirle que me proponía asumir toda aquella luz, aquella miseria y grandeza, aquel moscardoneo de la historia que nos rodeaba y escribirlo. Pero no le dije nada. No quise parecer un pesado, ni un tonto, ni nadie que pudiera parecer lo que no es.
             Cuando llegué a la esquina del estanco de San Francisco y cruzaba frente a las mesas vacías de la sobremesa del Parisien, allí estaba Fernando. No fue una sorpresa, sino una especie de respuesta al runrún. Calado con una gorra de marinero. Sin pelo. Con mala cara. Enfermo. A punto de morirse. Sentado en un velador mirando hacia la puerta del Francia-París como si quiera ver salir a Antonio el Chaqueta, pero quizá pensando en que le estaba llegando la hora. Había dos tazas en la mesa. Supuse que Nadia estaba dentro del bar. Aminoré el paso. Lo miré. El no me echó cuentas.
            Me acerqué como el que tiene intención de entrar en el bar y tomarse un cafelito para seguir la tarde con ánimo. Cuando estaba a un metro de su mesa, le dije:
            —Don Fernando, sé que quizá le molesto y quiera usted estar tranquilo con su café.
            Don Fernando me miró esperando al propósito de aquella visita.
            —Sólo era para darle las gracias por sus libros, por su forma de estar en el mundo, por ese Cádiz que usted y yo sabemos que no nos salvará de nada ni de nadie. Pero que es nuestro para nuestro amor y nuestra tierra. Muchas gracias.
            Asintió y esbozó una sonrisa cansada.
            —Gracias, hijo, a uno le gusta que le digan esas cosas.
            Pero cuando llegué a la esquina del irlandés supe que no me había parado, ni había hablado con él. Quizá fuera porque no quise ser un pesado, ni un baboso, ni un admirador que le dorara la píldora. No me paré. Seguí. Y, ahora, tantos años después, no sé si lamentarme o no.

19 julio 2016

El zarpajazo




David Monthiel

            Me gustaría escribir, sí, señora, desde mi "intrusismo laboral y opinador", sobre el resultado de las elecciones. Dar con la clave sociológica, la explicación antropológica, la descripción psicológica para explicar cómo se puede votar, con miedo, a los que están saqueando el país, espiando y encarcelando a enemigos políticos, fabricando causas con ayuda de jueces. Explicar por qué no se votó en masa para acabar con el Régimen.
            Me gustaría hacer una lista de causas, un inventario de errores, un repertorio de razones para conocer por qué afirman que se perdieron 40.000 votos en la provincia y que el análisis político sea que los votos "juegan al escondite y que configuran el paisaje de un batacazo". Quiero escribir un artículo serio, duro, profundo, que analice a fondo el optimismo de los datos de las encuestas previas, la bajada del recuento de votos de INDRA, el porqué de las acusaciones de pucherazo, las raíces de la campaña del miedo. Conocer por qué no han permeado ni desgastado los escándalos de las grabaciones al ministro de Interior, razonar por qué se haya puesto en duda la limpieza del proceso electoral. Un artículo en el que se analice, sintácticamente y con fiera ironía, el discurso del presidente en funciones desde el escenario de una sede pagada con dinero negro para encontrar las razones de su victoria.
            —Buenas noches, buenas noches. Bueno, buenas noches a todos. Bueno, buenas noches.
            Quiero descifrar por qué se asegura que el líder de Unidos Podemos (uno de los políticos más preparados académicamente) es prepotente, violento, soberbio, que cae mal y cuáles las consecuencias de la táctica del perfil bajo de Pablo. Un artículo en el que se comparen las caras en la comparecencia al conocer los resultados de Pablo y Errejón con las de Martin Hart y Rust Cohle de True detective. Quiero escribir un artículo que investigue el supuesto miedo al populismo, su relación con la salida de Inglaterra de la Unión Europea (Escocia votó a favor de seguir). Quiero escribir un artículo que arroje conclusiones tácticas sobre alabar a Zapatero y a la socialdemocracia, para rebatir las noticias de opinión en la que, supuestamente, se analiza, paso a paso, como en un coleccionable, los males, errores, gestos vanos de la Confluencia. Y no los malísimos resultados del "spanish PASOK". Quiero explicar porqué no sabemos nada de Venezuela a día de hoy, perdidos en el apagón informativo que sufrimos.
            —Qué intriga.
            Quiero escribir un artículo que avale seguir siendo optimistas, que evite que nos contagiemos de la guerra sucia que sólo lleva a la frustración y al desencanto, que defienda seguir unidos en coalición, que ayude a pensar que hay que continuar y que el proceso está en marcha. Un texto para seguir pensando que todas aquellas que, estando en nuestro bando y a pesar de sus críticas y argumentos antielectoralistas, en el fondo, no se alegran del zarpajazo. Para seguir creyendo que no son grupúsculos que apenas si tiene los pies puestos en la realidad y se creen que son la vanguardia de la vanguardia de una clase obrera que hace mucho tiempo que ni siquiera les sigue, sino que huye de ellos.
            —A la calle, a la calle.
            Me gustaría escribir un largo artículo que equilibre opinión e información con todas las claves para analizar los resultados, las posibilidades de futuro, los retos que vienen. Uno en el que se reivindique la alegría de seguir, la peripecia de caminar, de continuar, de no cejar, de apagar críticas tóxicas y guerras intestinas. Que diga que hay que seguir en la calle y en las instituciones. Uno en el que se mantenga viva la llamita de la fe.
            —Sí, querido ateo, fe, una palabra que nada te gusta, pero es la exacta.
            Uno en el que diera las claves, en la supuesta derrota de cinco millones de votos, para seguir viviendo, los que puedan, con el salario mínimo interprofesional, seguir viviendo sin la ayuda familiar, con un trabajo precario por horas, siendo mujer y refugiada, camarera de piso a sueldos míseros. Que diera sencillos consejos evitar el desgaste de la precariedad, para vivir en el país en el que se ha expoliado la hucha de la Seguridad Social, en el que un ministro que maneja cloacas se niega a dimitir. Que ayudara a vivir en el país de la ley Mordaza en el que llevar una camiseta de Al Canal A Bañarse puede ser un delito de cárcel, en el que falta personal en los Hospitales, en el que no se va a derogar una ley de educación retrógrada y resultadista.
            Un artículo que ayude a vivir en un país en el que el robo, la malversación, la falta de ética, los sobornos, las cuentas en Suiza y Panamá, las empresas offshore, la falta de función pública, son la normalidad. En el que exigir la dimisión de un seleccionador de futbol es más importante que la de un ministro. Un texto que ayude a vivir en la provincia del paro que vota a los que más han creado paro. Ayudar a vivir en una ciudad de la que se exiliaron cuarenta mil personas gracias a las políticas de empleo de antiguos regidores y ahora se lavan las manos manchadas, en la que la oposición hace pinza y bloquea a un equipo de gobierno, que se reúne en terrazas para conjurarse, vota lo mismo, miente en común, se siente amenazada en cuanto le tosen o le llevan la contraria. O simplemente patalean cada día cuando descubren que no gobiernan la vieja ciudad amurallada.
            Un país en el que mis amigos y amigas perpetran chistes sobre emigrar. Tristes chistes.
            —Está la cosa para irse de cabeza a Pernambuco.
            Quiero escribir un artículo hermoso y vibrante, quiero escribir, pero me sale espuma, quiero decir muchísimo y me atollo.