15 enero 2014

El Balneario

De Von Trotta se decía que la dirección no sabía cómo sacárselo de encima. Su parsimonia tenística no era voluntad de elegancia, sino vejez, y habían abundado las quejas de los clientes poco estimulados por el peloteo elegante del viejo. Carvalho escuchaba los comentarios críticos que la selecta clientela dedicaba al personal a su servicio y esos comentarios pasarían por escrito a la dirección, con el propósito de que los incompetentes fueran expulsados. Fruto de la selección de las especies los fuertes dedicaban buena parte de sus energías a la búsqueda de débiles con el afán de exterminarlos, aterrorizados quizá ante la posible solidaridad de los débiles o de los incapaces o ante cualquier elemento de reflexión que pudiera cuestionar las capacidades que les habían convertido en fuertes y elegidos. Carvalho conservaba el pudor proletario de no juzgar demasiado duramente a los perdedores, pero vivía en un mundo de señoritos que practicaban varias veces a lo largo del día el juego de pedirle al cesar que no tuviera piedad con los gladiadores caídos. En cualquier caso, por muchas críticas que hubiera provocado el viejo profesor o por muchos deseos que tuviera la dirección de sacárselo de encima, no parecían motivos suficientes para que bien los clientes, especialmente los ejecutivos de Dusseldorf y Colonia, o la dirección le hubieran estrangulado. Habida cuenta, además, de las mayores facilidades para despedir que la gerencia había conseguido en el último convenio colectivo, pactado en el clima psicológico de una situación límite, según la cual gravitaba sobre los trabajadores de El Balneario la amenaza de un reajuste de plantilla. La dificultad de despedir a Von Trotta, le había revelado el vasco, veterano cliente, a Carvalho, derivaba de haber estado vinculado a la empresa desde sus orígenes, hasta el punto de que se le suponía un lejano parentesco bien con los Faber, bien con la dirección ejecutiva o técnica.


El Balneario, Manuel Vázquez Montalbán.

04 noviembre 2013

Cerdán



-No es por azar que a pronto de entrar en la sicosis del fin del milenio se ponga de moda un libro como 1984 de Orwell y renazca el interés por las otras dos propuestas de literatura utópica más consistentes del siglo XX: Un mundo feliz, de Huxley, y Nosotros, de Zamiatin. No es que el fin del siglo confirme las premoniciones utopistas de estos tres autores, pero en una época de crisis, los sectores más críticos de la cultura viven la pesadilla del hundimiento de todos los modelos y cuando no hay modelos avalados ni avalables no queda otra salida que la utopía o el cinismo, a veces disfrazado de un pragmatismo disfrazado de eficacia histórica disfrazada de la virtud de la prudencia. No quisiera hacer sarcasmos en presencia del cuerpo sin vida de un hombre que me mereció todos los respetos y que hoy me merece sólo el respeto de los que creyeron en él como portavoz del proyecto revolucionario. Pero en presencia del cuerpo sin vida de Fernando Garrido me planteo qué se hizo de la prudencia revolucionaria que tanto reclamó en sus últimos tiempos para disimular que había perdido toda posibilidad de imprudencia. He dudado entre respetar la convocatoria de este acto, planteada previamente al asesinato, o anularla y sumarme al dolor que todo buen revolucionario debe sentir, aunque no considere a Fernando Garrido un revolucionario. Yo tampoco le considero un revolucionario y, sin embargo, quisiera que me creyerais cuando os digo que estoy triste, como sólo se puede estar triste cuando se pierde algo que afecta a la propia identidad. Y si he aceptado finalmente venir es porque este asesinato es por sí mismo un aparente aval de la utopía negativista. Sometidos a la pesadilla, los críticos de la realidad pueden reaccionar apostando por una utopía positiva o negativa. Una apuesta por la utopía positiva conlleva obedecer el mandato de Lenin formulado en un momento en que la crisis se cernía sobre el movimiento socialista ruso y europeo y, carente de todo modelo que no fuera un fracaso, Lenin hizo suya la propuesta de Liebknecht: estudiar, hacer propaganda, organizarse para mejor aprehender una realidad ya no aprehensible por una mecánica política progresivamente devaluada por su obcecación con su propia lógica y por su renuncia a entrar en un forcejeo dialéctico con la realidad. Una apuesta por la utopía negativa, en cambio, conlleva precisamente en estos momentos ver en el asesinato de Fernando Garrido una prueba de que el Mundo Feliz de Huxley está cerca, o que está cerca la Oceanía de Orwell o ese cosmos deshumanizado de Zamiatin. Y que ese mundo no es otra cosa que el sistema mundial de dominación que se traga a sus hijos, los integra en la fatalidad de las reglas del juego de la supervivencia y del equilibrio. Bajo este prisma, el teléfono rojo ni siquiera une. Ata. El asesinato de Garrido es una peripecia engullible que no va a desenterrar las picas de los sans-culottes ni va a sacar los tanques a la calle. Es un pedazo de carne ofrecido a la lógica del sistema y cuestionar este hecho significa cuestionar el sistema y poner en peligro la celebración de actos como éste o que se pueda reunir el Comité Central en la legalidad o que haya cursos universitarios para mayores de veinticinco años o que escritores como Vázquez Montalbán puedan ganar el Planeta. Ni Orwell, ni Huxley, ni Zamiatin pudieron prever que la confabulación para conseguir el mundo horroroso que profetizan pudiera resultar de un pacto implícito y explícito entre los dos sistemas antagónicos. Zamiatin era un narozni, un populista ruso que creía en una revolución campesina y en la implantación de un modo de producción asiático, frente al sistema de acumulación capitalista de estado que significó la NEP impulsada por Lenin y acuñada por Stalin. Huxley frivolizaba irónicamente sobre los excesos a que podía llevar el comunismo ruso, no comprendido en directo, sino interpretado a partir de la apasionada chachara de los jóvenes comunistas ingleses de entreguerras, entre regata de Oxford y regata de Oxford. De hecho la obra de Huxley es un chiste que trata de alertar, mínima y liberalmente, a la supuesta conciencia liberal británica. Y en cuanto a Orwell, como muy bien dice Deutscher en Herejes y renegados: «Aunque su sátira está más claramente dirigida contra la Unión Soviética que la de Zamiatin, Orwell veía también elementos de su Oceanía en Inglaterra de su propio tiempo, para no hablar de los Estados Unidos. En realidad, la sociedad de 1984 encarna todo lo que él odiaba, todo lo que le disgustaba en su propia circunstancia: la gris monotonía del suburbio industrial inglés, la mugrienta, tiznada y hedionda fealdad de lo que trataba de recoger en su estilo naturalista, reiterativo, opresivo: el racionamiento de la comida y los controles gubernativos que conoció en la Gran Bretaña en guerra…»

Manuel Vázquez Montalbán, Asesinato en el Comité Central. 

29 septiembre 2013

Albóndigas

En el bar Egipto de la plaza de la Gardunya solían tener ya tres o cuatro excelentes cazuelas de buena mañana y tortillas frescas y españolas, sin nada que ver con las momificaciones tortilleras que suelen servirse en los bares de España antes del mediodía. Carvalho huía de las albóndigas de bar y restaurante porque las amaba y era conocedor de las peores carnes que suelen utilizarse en este plato ibérico, sin las redecillas de grasa de cerdo que utilizan los franceses, harina y huevo, una película de sinceridad para que la bolita sea lo que tiene que ser, bolita, y no sea, como no lo es la Tierra, redonda. Casi todas las buenas albóndigas están achatadas por los polos. Las albóndigas del Egipto eran exactas en la textura, porque exacta era la proporción de carne y miga de pan. Si la albóndiga tiene demasiada carne semeja un oscuro tumor de bestia, y si es el pan el excesivo, uno tiene la sensación de que mastica algo previamente masticado. Requisito indispensable para la albóndiga es el buen uso que se haga del tomate en su salsa. Aunque Carvalho era partidario del tomate porque era partidario de los mes-tizajes culturales, no podía tolerar la solución tomate aplicada como recurso de color y sabor para que en él naufragaran los restantes sabores del cuerpo y el alma de los seres vivos. Y cuando un guiso tiene el tomate justo entonces, y sobre todo de mañana, el consumidor puede pedir esa leche fresca que es el pan con tomate, acompañante exacto de una buena tortilla de patatas y cebolla e incluso de un guiso de albóndigas como las del Egipto, levísimamente atomatadas. Notables también las cazuelas de sardinas en escabeche, las de pies de cerdo o las de tripa, problemática entonces la selección, que Carvalho solía resolver por la albóndiga y la tortilla, porque para escabeches ya tenía los suyos y en cambio difícil era encontrar la materia exacta del microcosmos de la albóndiga. Bar de mercado, para desayunadores copiosos y felices, restaurante económico para artistas, gente de teatro y jóvenes de precaria emancipación, el Egipto estaba situado junto al bar Jerusalem en un barrio que se iba convirtiendo en el Harlem barcelonés a la espalda del mercado de la Boquería. Los negros salían al anochecer y se reunían en bares monocolor de las callejas que unían el laberinto de la Boquería con las calles del Carmen y del Hospital, nacidos los negros para caminar bien y predicar la exactitud del cuerpo. Pero a estas horas de la mañana, la plaza de la Gardunya era el culo de la Boquería. Muelle de camionetas, escaparate de contenedores de basura que iniciaban la putrefacción nada más salir del templo, gatos ariscos consentidos por su lucha a muerte con los ratones que esperaban el menor descuido para apoderarse del mercado, del viejo barrio, de la ciudad entera. Aquellos gatos municipales rendían una primera batalla decisiva contra los subterráneos enemigos del hombre y en sus pieles quedaban los costurones, cicatrices de sórdidos encuentros con la horda roedora, mis-teriosos encuentros a espaldas de los hombres, como si guardaespaldas y asesinos fue-ran dueños de un espacio, un tiempo, una convención vida muerte que sólo a ellos les pertenecía. Sinfonía de bocinas en la cola de coches que esperaban entrar en el parking de la Gardunya y el optimismo inocente del estómago bien lleno de buena mañana convencen a Carvalho del uso de las piernas, cruza el pasillo central del mercado lleno de pesados cuerpos compradores agredidos por el tráfico de los carretones manuales que van reponiendo las mercancías. Por el pasillo de frutas con toda la geografía del mundo, pero sin la historia tradicional de las frutas, sin conciencia de verano ni invierno, el melocotón chileno o la cereza de invernadero, desemboca Carvalho en el esplendor de las Ramblas de las Flores y retiene el descenso hacia su despacho. Repasa las notas que ha tomado sobre el caso de la botella de champán. Detiene su andar. Arranca la hoja. Hace una bola con ella y busca una papelera entre quiosco y quiosco floral, pero finalmente se la guarda en un bolsillo del pantalón y alarga las zancadas para llegar cuanto antes.

Manuel Vázque Montalbán, Los pájaros de Bangkok.

21 septiembre 2013

Localismos



—Cuando éramos más pequeños, la cultura del flamenco la veíamos más extraña y la influencia era anglosajona, pero con los años la música se enriquece mucho si cada uno trabaja con sus localismos. No puedes lograr matices ni buscar precisión si escribes sobre Michigan. Cuando un tío de allí te escuche, se reirá. Y es muy curioso, porque estamos acostumbrados a escuchar los localismos guiris, con Manchester o Brooklyn, con Bowie cuando se fue a Berlín y le dedicó canciones, y luego tenemos muchos complejos para hacer una sobre el Pumarejo.


Daniel Alonso de Pony Bravo.

10 septiembre 2013

ESTA MÁQUINA DE GUERRA




Aquí 
es donde se desbaratan los miedos, 
donde se esfuman 
los dueños de las palabras.

Venid. 

Aquí es donde se hunden  
las vocales del grito, 
el pálpito que dijo  
mío,  
tuyo,  
vuestro.

Mirad.  

Ya se apaga la linterna de muerte 
que en la noche nos alumbra.

Venid. 

Aquí donde los pecios del ahíto 
serán hambre grande de todo, 
donde la cadena de seda, 
los frigoríficos llenos, 
las batas, las arias,
los vetos, los restos, los gozantes,
desaparecen
se esfuman,
se van,
en este momento,  
ahora,
aquí,
en la voz,  
la boca,  
la tráquea,  
los pulmones. 

La respiración. 
  
Justo antes  
de que todo  
siga  
igual.


SERVIDUMBRE DE PASO (Borrador, I)


Heredamos la máscara más útil.
La del respeto.
Y un furor enquistado en la entraña más oculta
para el asentimiento.

Heredamos un orgullo acechado
por el hambre, el pan del hambriento, el pan negro
y un puñado de latidos
con el sabor del cimarrón.

Heredamos la sombra repetida
de las cárceles
y el abrazo más frío de las fosas sin nombre.
Un dolor que se bebió las dudas, 
la sangre 
de los que la pusieron sobre las fechas.

Heredamos los fantasmas 
que recorren las manos agrietadas, 
las manos muertas, los dedos perdidos, 
las listas negras y  los folletos 
que la lluvia deslía en los talleres.

Heredamos las barriadas de la muerte 
y los traidores 
que aquilataron la renuncia. 
Los hijos en las zanjas de un apellido, 
las madres que se rinden vendiéndolos 
al saber. 


Heredamos una sonrisa
acechada de sudores y lobos,
el coraje de lo suficiente, el vestido del desnudo.
Aquellas canciones que compartían
tantas pérdidas.

Heredamos la barca del peregrino,
un hogar en ninguna parte.
La servidumbre del paso,
los caminos vedados,
el consuelo de andar juntos.

Heredamos una pregunta
jaspeada de cansancio,
una respuesta desvalida
ante la furtiva verdad 
de la historia. 
Una vejez 
que  hallamos un día cualquiera 
en el espejo.


09 septiembre 2013

JONÁS CUMPLE TREINTA Y DOS AÑOS



Si lames
las botas,
los chanclos,
los zapatos italianos,
los mocasines,
las deportivas,
los pies descalzos,
con pedicura o no,
del que manda
o casi manda
o cumple órdenes
o es lo que hay
lo siento
pero
debes comprender
que las cosas son así
cumplo con mi deber
yo sólo hago mi trabajo
y lamo las botas,
los chanclos,
los zapatos italianos,
los mocasines,
las deportivas,
los pies descalzos,
con pedicura o no,
del que manda
y nunca, nunca,
a veces, de vez
en cuando,
restalla el látigo
sobre mi espalda.

01 septiembre 2013

Casi siempre



No eran muchos los años de la alcaldesa narradora de entusiasmos del trabajo que su marido y ella habían hecho para despertar aquellos rincones de sueño de siglos de franquismo.
—Aquí había franquismo siglos antes de que Franco mandara.
—En España ha habido franquismo casi siempre –comentó Carvalho, ganado por la entusiasmada politización de la señora alcaldesa.




La rosa de Alejandría, Manuel Vázquez Montalbán.