06 agosto 2014

Recordando a Silverio



Uno de estos días, acabábamos de tomar café en el Pasaje Eritaña; nos salimos allí a la puerta y llega una criada: 
—Oiga ustá, don Antonio, de parte de Antonio Fuentes que haga usté el favor de venir. 
—Pues dígle usted a Antonio fuentes, de mi parte, que no voy porque no me da la gana. 
(Era una época en que Antonio Fuentes estaba en to su apogeo; hacía unos años que había muerto Espartero y en esos momentos era él y Mazantini y Guerrita os que mandaban) 
Y yo, claro, me quedé…

—Hombre, Antonio, perdone usté, ¿pero Antonio Fuentes?

—Si eso es un mascapuros, si no interesa nada, nada; y usted, señora, le dice todo esto que yo he dicho, y tenga usted cuidado de decírselo todo tal y como yo lo he dicho.

Se va esta señora y a cabo de un rato vuelve otra vez.

—Oiga usté, don Antonio, de parte de don José García el Argabeño —por el padre, el viejo—, que haga usté el favor de venir.

—Ahora sí, diga usted que voy para allá inmediatamente.


Me quedé así, mirándole…, y me dice:

—¿Qué miras? Ahora voy porque este señor lo merece, pero el otro no, el otro no paga nada, es un mascapuros, no hace más que decir que se llama Fuentes, pero cuando él va a torear siempre pone la mano y pide lo suyo, y luego hay que pagarle el vino que se bebe; y cuando llama a un artista…; en fin, Joselito, anda vente.

—Yo no, ¿cómo voy a ir?, mire usté, Antonio…

—Que te vengas he dicho. ¿Quién está allí señora?

—Pues allí están Fernando el Herrero y Carne Membrillo tocando la guitarra, porque como no se le encontraba a usté, pues mientras a usté se le encontraba han llamao a estos señores.

Llegamos a la casa donde estaban, en la calle Abades; se sentó y empezaron a pedirse explicaciones.

—Tocayo, le he mandao llamar…

—No me hable usté de eso; ya sabe que usted que entre nosotros no cabe el que yo tenga que cantarle a usted, fuera aparte de las juergas en que estemos como amigos; ¿pero mandarme cantar ¡A mí, cuando se me manda cantar hay que pagarme y como me merezco!

—Bueno, hombre …—le dice a Chacón el Argabeño—, pelillos a la mar; vamos a dejar eso Antonio, su tocayo de usté es buen amigo y le quiere mucho a usté mucho.

—Sí, sí, y yo a él, pero en otro sentido del ambiente de juerga.

—Ea, pues vamos a tomar una copa de vino.

Empezamos a beber; mandaron por la cena al Pasaje del Duque y ya luego estuvimos cantando Fernando el Herrero y yo bastante rato. Fernando cantaba mejor que yo, en aquella época, porque me llevaba años y tenía más conocimientos, de manera que yo hacía las cosas de muchacho.

Y allá a las tres de la noche, porque tó este tiempo Chacón no estuvo más que en conversación, bebiendo y alternando, pues va y dice:

—Bueno, pues voy a cantar.

Y a esa hora, y como era verano, no había un balcón en la calle Abades que no estuviera abierto, y la gente escuchando, como si estuvieran escuchando a los ángeles. Era entonces cuando Chacón estaba en tó su apogeo. Y se le ocurrió al Argabeño decir:

—Oiga usté, Antonio, ¿por qué no canta usté un cante de Silverio?

—Con mucho gusto.

Y me acuerdo que cantó un cante de Silverio que tó el mundo llorando por la cara abajo. Se levantó Fernando el Herrero y le dijo:

—Oiga usté, Antonio, le voy a pedir un favor, dígamelo usté de corazón, ¿es que ese hombre podía cantar eso mejor que usté acaba de hacerlo?

Y tenía Chacón el sombrero en una percha, se levantó y cogió el sombrero, se cuadró, se puso los pies firmes y dijo:

—Señores: para hablar de ese señor hay que descubrirse ¡mucho mejor que yo!

Y claro, tos nos quedamos asombraos del respeto que le tenía Chacón a Silverio, y de quién sería ese hombre en su época.

Aquí, en esta fiesta, tendría yo de dieciséis a diecisiete años, que a raíz de esto fue cuando yo estuve de juerga con un torero de Córdoba…

Pepe el de la Matrona, Recuerdos de un cantao sevillano, recogidos y ordenados por José Luis Ortiz Nuevo. Ediciones Demófilo, 1975.

13 mayo 2014

Reivindicar a Plinio









David Monthiel





La modernidad, o su último giro ensimismado que los listos llaman posmodernidad, sigue a lo suyo con su timo mundial: dar por hecho que el conocimiento producido por hombres blancos de cinco países (EEUU, Inglaterra, Alemania, Italia y Francia) posee un incontestable criterio de universalidad. Todo lo demás es worldmusic, estudios postcoloniales o folklorismo. No sólo hay que leer a Ramón Grosfoguel para darse cuenta de que el eurocentrismo también deja fuera —empezando por arriba— a la “Europa que fue”, es decir, la del sur. Aquella que Kant y sus coleguitas consideraron, con ingenuidad racista, África. Si seguimos por abajo —dentro de la plurinacionalidad de la península ibérica— se repiten las mismas cuestiones epistemológicas sobre qué es “lo que importa” en el mundo de la cultura y el conocimiento, qué es folklore, qué es costumbrismo, qué es ser chacha y qué es ser señorita. No es de extrañar que los potentes signos culturales del sur del territorio fueran vampirizados culturalmente (atuendos, bailes y música universal) para representar a todo un estado allende las fronteras, a partir de las cuáles sí se podía inventar. Ya fuera un microscopio o una identidad nacional. Hacia dentro, la comunidad depositaria de aquellas joyas culturales, fruto de la mezcla de culturas, razas y siglos (de purezas estamos hasta el coño, la verdad), fue banalizada por los tópicos que un sueco puede reconocer, en pelotas, en una playa virgen de Cádiz (¡“Flamencow”!) y es considerada comunidad de segunda y culturalmente atrasada, vaga, cateta y demás comentarios racistas.

            La modernidad y sus epígonos nos brindaron el colonialismo cultural estadounidense. El imperio de los sentidos que abrazamos. En el sur tuvimos las radios de las bases y todo lo que de “moderno” tuvo en la escena del rock de la Baja Andalucía. Eso está estupendo. Lo nuevo, la imaginería beatle, los jipis y muchos etcéteras. Pero al paso de los años todo quedó en nada, en salas vacías con grupos locales de rock. En mi caso, en un imaginario, algo trastornado, poblado de institutos de Chicago con chulitos, animadoras y nerds, suburbios en los que se cuece una pamplina y SU música (desde la Motown hasta Subpop); imaginario en el que Santiago Donday o Terremoto de Jerez no eran nadie hasta que cogí por el camino de Damasco.

Pero esto no responde a por qué para los intelectuales siempre han sido mejores y más guays, con más flow, los autores como Bret Easton Ellis o David Foster Wallace que Manolo Vázquez Montalbán, Francisco García Pavón o el mismísimo Fernando Quiñones. ¿Por qué? Porque aquellos trataban temas candentes (me da la risa) en la modernidad, paridas y angustias de sujetos aplastados por la metrópoli que siempre dejó fuera, no entendió o consideró tercermundista, el sentir y la materialidad de gente como La Legionaria y su saber milenario, a Biscuter y su cosmopolitismo catalán y a Plinio, el local de Tomelloso que resuelve crímenes.

García Pavón siempre estuvo ahí. Escondido, como referencia de la novela policial, olvidado por el canon, denostado por los listos y gafapastas hasta que un gafapasta lo reivindicó (como esos malditos cazatendencias que regresaron a los absurdos teclados ochenteros que ya creía destruidos para siempre jamás). Sus libros son baratos, se encuentran en las bibliotecas o en librerías de viejo. Y cuando se lee las solapas se descubre que el tomellosero ganó un Nadal y tiene otros escritos más “decentes” para los anales que se sientan en las pesadas sillas de la academia. La “cruzada”, qué palabra más estadoespañolista, de Lorenzo/Amat para reivindicar a Plinio y sus cosas es correcta. Quizá fue esta idea de que no hace falta ser de Kentucky o Birminghan para escribir bien sobre cosas que todos conocemos más que nadie, que existe una realidad en Tomelloso o en Tarifa que puede ser entendida al cien por cien por los que vivimos cerca. Las usanzas y expresiones de los personajes de García Pavón son lo que son. Reales y muy diferentes a la cosmovisión colonizada de un joven que aspira cocaína en antros con música tecno y luego siente miedo a la muerte o a la agonía en una habitación de hotel donde la intermitencia de un neón pone luces tristes a la epifanía del suicidio colectivo de las sociedades occidentales.

Olvidaos del costumbrismo. El costumbrismo es un adjetivo malévolo. Es costumbrista un garito de Manhattan repleto de gilipollas con barbas puestos de heroína, y no otro tranquilizante, porque volvió a estar de moda desde que Seymour lo petó con nosecuántas papelinas. Y porque en MSN noticias viste una foto de un yonki chic metiéndose un pico. Y no es mejor que el costumbrismo de la cola del Dia, sus cajeras, sus vidas, su humor, su rabia. Sus historias.

Hay que leer a Plinio por los ambientes tomelloseros (las calles, los patios, la plaza, la cueva, el casino, el cementerio), por el lenguaje exquisito y su castellano de regomello, mamellas, al contao, revinar, por el calor humano de los bares y la posibilidad comunitaria al comer y al beber, por la churrería de la Rocío, por parar el tiempo e invitar a pensar mientras se lía un caldo compartiendo la petaca, por la manera entrañable con la que García Pavón describe a sus personajes y coloca su cuerpo en la historia o en el largo eco del alzamiento militar, porque el caso es factible y negro, a veces, triste y descorazonador —como el de las hermanas coloradas— o fruto de una gran broma, como el Witiza. Otras, se trata de un lío de familia. O de un hombre sólo. Porque Pavón sabe quiénes son los que importan frente a los importantes y es capaz de mostrar con elegancia y hechos, a veces entre líneas, la mezquindad de un régimen que permite que una señora supuestamente muy importante se quiera aprovechar de la coyuntura de un cadáver y la dignidad de dos homosexuales de pueblo. Todo está en “El reinado de Witiza”.

Porque uno está cómodo, a gusto, sin hablar en la cueva de Braulio el filósofo, se hubiera reído mucho con lo del baño en la cuba de vino, va de lujo en el coche de Don Lotario a pesar de ser un Ford T o un seiscientos. Porque uno sabe que El Faraón volverá a alegrar las largas tardes del Casino de San Fernando con una historia suculenta repleta de giros y gestos de chirigota. Porque en sus libros (reeditados en Rey Lear) se habla de las cosas de la vida con naturalidad, sin aspavientos de película o negritud heredada de la novela estadounidense o con el rollazo de un intelectual mamón de colonialismos.

Olvídense un poco de Conolly, Black, Winslow, Lehane, Pelecanos, de Nesbo, de la falsa publicidad de la novela negra sueca. No digo que no los lean, ni se diviertan con sus tramas. Pero reconozcan que ellos siempre hablan de lo mismo y de los mismos. Recuperen y lean a García Pavón porque habla cara a cara (panim el panim) de cosas importantes. Léanlo porque escribía sus novelas en un verano. Y estoy seguro que se lo pasaba estupendamente. Porque aquí el “hardboiled” es el hervido de un cocido que te sabe a gloria. Y sobre todo porque el trabajo policial de Plinio es de autoridad servicial y no de poder ensimismado. Una maravilla.

12 mayo 2014

Chelsea Wolfe, la antiutopía es bella

David Monthiel 


 Afirma Trent Reztnor que todo es una copia de una copia en un disco (antiguo, del 2013) catalogado por Nacho Canut de “dance hecho por hombres blancos con una cierta edad”. 49, en concreto. Estoy de acuerdo, con los dos. Referencias: las hay a porrillo en el disco de Chelsea Wolfe. Pain is beauty está continuamente haciendo notas al pie a la electrónica que da yuyu, a los ambientes de desesperación sónica y a letras crípticas, algo que siempre me ha sonado a que las autoras no se ocupan mucho del discurso y sus repercusiones. 

La descubrí en un canal folk de Somafm. Gran cantera de músicos y músicas como Stephen Steinbrik, Other lives, la islandesa Olof Arnalds, los muy interesantes y worldmusiqueros Round Mountain. La atmósfera doom de las oscura canciones flokies de Chelsea siempre destacan entre tanta tónica-dominante-tónica de los barbotas del Indie-americana que desfilan por el canal. Las fronteras de la propuesta de Wolfe, curiosamente, no lindan con el ponzoñoso aire del cutrerío de la América profunda. Ese manantial colonizador del miedo actual recargado de cementerios, pantanos, pederastas, white trash y barroquismo del profundo sur. Pensad en The handsome family y en su exitazo gracias a True detective.

En Chelsea hay una fuerte corriente del golfo que oscurece sus aguas y las acerca al antiutopismo del Black metal y sus manufacturas. Ya hay alguien en la red que estará pensando que la chica de Sacramento es una Burzum para las masas globalizadas. Pues sí. Yo también lo creo desde que versionó Black spell of destruction del asesino nazi de Euronymous y está de gira con QOTSA. En el hilo continuo de folkforward, las melodías y acompañamientos a la guitarra de Wolfe son un bálsamo y un pinchacito. Es como si aquella pequeña maquina de odiar del abuelo Trent hubiera escogido rasguear una acústica, evitar sonreír y mirar de frente al público, entrar y salir como una fantasma del escenario de un tugurio repleto de góticos irredentos. De las canciones dark-folkies a destacar: Gold y Cousin of the antichrist. 
Pain is beauty es la excusa perfecta para que el crítico de discos use el sintagma “apuesta por el revestimiento electrónico de su primigenio sonido acústico con electrónica cercana a las propuestas del Drone”. Lo que yo escucho en el disco es una elaborada propuesta de antiutopismo musical para amas de casa. El antiutopismo es uno de los mitos de la sociedad occidental. La esperanza es sustituida por la esperanza de la antiutopía: la esperanza de que ya nadie tenga esperanza. Es la esperanza de clausurar el futuro. De aquel lejano no future se pasó sin dilación al no present del sentido común occidental. Nada más nietzscheano que las declaraciones de la cantante, a propósito del título del disco: “Cuando superamos los momentos difíciles, nos volvemos más fuertes.” No hay que olvidar que los paisajes de horror y desesperación de una música compuesta para glorificar la muerte y la agonía, las puestas en escena con cabezas de cerdo y muchachas desnudas crucificadas, son un género del entretenimiento. Y que si fueran rentables, produciría Disney. Preguntadle a los organizadores de Wacken y a sus beneficios. En las canciones de la caterva de blackmetaleros (dignos, reales o paripés) se destila esa idea de que quien quiere el cielo en la tierra produce el infierno. 


El antiutopismo, traducido por “esto es lo que hay”, es una pesadilla de juguete para mentes solas sin comunidad, un individualismo de cereales con leche cortada. Un hastío que nace de la comodidad, el reverso del estado del bienestar que se acaba y cinco siglos de capitalismo y modernidad. Lo curioso es que el antiutopismo es una utopía en sí misma y que los miembros de este club de muerte, para tocarle los huevos a Locke, también se pueden considerar una comunidad. Aunque sea para cometer la adoración del suicidio colectivo. Por eso no puedo dejar de pensar en lo estúpido y mezquino que era el mítico cantante de Mayhem. Si que quieres quitar de en medio, hazlo, pero no de más por culo cortándote hasta el hueso y convirtiendo tu mísera vida en un espectáculo de culto. Porque en cada corte de Dead se escribía “no hay alternativa al capitalismo”. 

Cuando explico la teoría de los músicos del sí y del no siempre recuerdo las palabras de Lennon cuando fue a una exposición de Yoko en 1966. John esperaba una orgía arty y se encontró con la calma del timo artístico. Pero se acercó a una de las obras. Una escalera y una lupa colgada del techo. John ascendió, agarró la lupa y observó. Allí vio escrito un Sí. Lennon se agarró a ese Sí para hablar con la artista y decirle que le había encantado la exposición. La mierda negativa de siempre se rompía con una sola palabra. Los músicos del no son los que acabarán editando en el protools del futuro los lamentos de los torturados en Guantánamo para disfrute personal y en vinilo. Chelsea es una música del no, del no a la alegría de vivir, del no a la vida, de exponer su negativa mierda al mundo para confortarlo en su propio no a la justicia, la vida y el futuro. Pero su sonido es como una casa del terror decorada de forma arty. Escuchable en momentos de hastío cotidiano. Un drama para barbuditos. 



Por eso, la contradicción. El placer de dejarse llevar, en un gesto de modernismo obsoleto, en el antiutopismo de las canciones negras de una chica que quiere dar miedo y ser inquietante por medio de planos rápidos con figuras, máscaras. El Marilyn Manson que todos llevamos dentro, otro razonamiento antiutópico, se las sabe todas y afirma que ya hemos visto tanta muerte en la tele que nada humano destrozado me es ajeno. Y considera que le da más miedo Lana del Rey. O que era mejor con la guitarra acústica. Y lo es. Pero merece la pena adentrarse en el disco de Chelsea Wolfe por tres razones. La propuesta me parece mucho más inteligente que el lugar común de la distorsión continua, los manidos riffs que casi tenemos marcados a fuego. Segunda, caer en el no a una sociedad medicalizada por Roche en la que el dolor es una sensación inédita para muchos. Y hasta puede ser considerado “hermoso”. Y tercera, pensar por un momento que no hay alternativa. Para después pensar que sí. 
Sí. 




15 enero 2014

El Balneario

De Von Trotta se decía que la dirección no sabía cómo sacárselo de encima. Su parsimonia tenística no era voluntad de elegancia, sino vejez, y habían abundado las quejas de los clientes poco estimulados por el peloteo elegante del viejo. Carvalho escuchaba los comentarios críticos que la selecta clientela dedicaba al personal a su servicio y esos comentarios pasarían por escrito a la dirección, con el propósito de que los incompetentes fueran expulsados. Fruto de la selección de las especies los fuertes dedicaban buena parte de sus energías a la búsqueda de débiles con el afán de exterminarlos, aterrorizados quizá ante la posible solidaridad de los débiles o de los incapaces o ante cualquier elemento de reflexión que pudiera cuestionar las capacidades que les habían convertido en fuertes y elegidos. Carvalho conservaba el pudor proletario de no juzgar demasiado duramente a los perdedores, pero vivía en un mundo de señoritos que practicaban varias veces a lo largo del día el juego de pedirle al cesar que no tuviera piedad con los gladiadores caídos. En cualquier caso, por muchas críticas que hubiera provocado el viejo profesor o por muchos deseos que tuviera la dirección de sacárselo de encima, no parecían motivos suficientes para que bien los clientes, especialmente los ejecutivos de Dusseldorf y Colonia, o la dirección le hubieran estrangulado. Habida cuenta, además, de las mayores facilidades para despedir que la gerencia había conseguido en el último convenio colectivo, pactado en el clima psicológico de una situación límite, según la cual gravitaba sobre los trabajadores de El Balneario la amenaza de un reajuste de plantilla. La dificultad de despedir a Von Trotta, le había revelado el vasco, veterano cliente, a Carvalho, derivaba de haber estado vinculado a la empresa desde sus orígenes, hasta el punto de que se le suponía un lejano parentesco bien con los Faber, bien con la dirección ejecutiva o técnica.


El Balneario, Manuel Vázquez Montalbán.

04 noviembre 2013

Cerdán



-No es por azar que a pronto de entrar en la sicosis del fin del milenio se ponga de moda un libro como 1984 de Orwell y renazca el interés por las otras dos propuestas de literatura utópica más consistentes del siglo XX: Un mundo feliz, de Huxley, y Nosotros, de Zamiatin. No es que el fin del siglo confirme las premoniciones utopistas de estos tres autores, pero en una época de crisis, los sectores más críticos de la cultura viven la pesadilla del hundimiento de todos los modelos y cuando no hay modelos avalados ni avalables no queda otra salida que la utopía o el cinismo, a veces disfrazado de un pragmatismo disfrazado de eficacia histórica disfrazada de la virtud de la prudencia. No quisiera hacer sarcasmos en presencia del cuerpo sin vida de un hombre que me mereció todos los respetos y que hoy me merece sólo el respeto de los que creyeron en él como portavoz del proyecto revolucionario. Pero en presencia del cuerpo sin vida de Fernando Garrido me planteo qué se hizo de la prudencia revolucionaria que tanto reclamó en sus últimos tiempos para disimular que había perdido toda posibilidad de imprudencia. He dudado entre respetar la convocatoria de este acto, planteada previamente al asesinato, o anularla y sumarme al dolor que todo buen revolucionario debe sentir, aunque no considere a Fernando Garrido un revolucionario. Yo tampoco le considero un revolucionario y, sin embargo, quisiera que me creyerais cuando os digo que estoy triste, como sólo se puede estar triste cuando se pierde algo que afecta a la propia identidad. Y si he aceptado finalmente venir es porque este asesinato es por sí mismo un aparente aval de la utopía negativista. Sometidos a la pesadilla, los críticos de la realidad pueden reaccionar apostando por una utopía positiva o negativa. Una apuesta por la utopía positiva conlleva obedecer el mandato de Lenin formulado en un momento en que la crisis se cernía sobre el movimiento socialista ruso y europeo y, carente de todo modelo que no fuera un fracaso, Lenin hizo suya la propuesta de Liebknecht: estudiar, hacer propaganda, organizarse para mejor aprehender una realidad ya no aprehensible por una mecánica política progresivamente devaluada por su obcecación con su propia lógica y por su renuncia a entrar en un forcejeo dialéctico con la realidad. Una apuesta por la utopía negativa, en cambio, conlleva precisamente en estos momentos ver en el asesinato de Fernando Garrido una prueba de que el Mundo Feliz de Huxley está cerca, o que está cerca la Oceanía de Orwell o ese cosmos deshumanizado de Zamiatin. Y que ese mundo no es otra cosa que el sistema mundial de dominación que se traga a sus hijos, los integra en la fatalidad de las reglas del juego de la supervivencia y del equilibrio. Bajo este prisma, el teléfono rojo ni siquiera une. Ata. El asesinato de Garrido es una peripecia engullible que no va a desenterrar las picas de los sans-culottes ni va a sacar los tanques a la calle. Es un pedazo de carne ofrecido a la lógica del sistema y cuestionar este hecho significa cuestionar el sistema y poner en peligro la celebración de actos como éste o que se pueda reunir el Comité Central en la legalidad o que haya cursos universitarios para mayores de veinticinco años o que escritores como Vázquez Montalbán puedan ganar el Planeta. Ni Orwell, ni Huxley, ni Zamiatin pudieron prever que la confabulación para conseguir el mundo horroroso que profetizan pudiera resultar de un pacto implícito y explícito entre los dos sistemas antagónicos. Zamiatin era un narozni, un populista ruso que creía en una revolución campesina y en la implantación de un modo de producción asiático, frente al sistema de acumulación capitalista de estado que significó la NEP impulsada por Lenin y acuñada por Stalin. Huxley frivolizaba irónicamente sobre los excesos a que podía llevar el comunismo ruso, no comprendido en directo, sino interpretado a partir de la apasionada chachara de los jóvenes comunistas ingleses de entreguerras, entre regata de Oxford y regata de Oxford. De hecho la obra de Huxley es un chiste que trata de alertar, mínima y liberalmente, a la supuesta conciencia liberal británica. Y en cuanto a Orwell, como muy bien dice Deutscher en Herejes y renegados: «Aunque su sátira está más claramente dirigida contra la Unión Soviética que la de Zamiatin, Orwell veía también elementos de su Oceanía en Inglaterra de su propio tiempo, para no hablar de los Estados Unidos. En realidad, la sociedad de 1984 encarna todo lo que él odiaba, todo lo que le disgustaba en su propia circunstancia: la gris monotonía del suburbio industrial inglés, la mugrienta, tiznada y hedionda fealdad de lo que trataba de recoger en su estilo naturalista, reiterativo, opresivo: el racionamiento de la comida y los controles gubernativos que conoció en la Gran Bretaña en guerra…»

Manuel Vázquez Montalbán, Asesinato en el Comité Central. 

29 septiembre 2013

Albóndigas

En el bar Egipto de la plaza de la Gardunya solían tener ya tres o cuatro excelentes cazuelas de buena mañana y tortillas frescas y españolas, sin nada que ver con las momificaciones tortilleras que suelen servirse en los bares de España antes del mediodía. Carvalho huía de las albóndigas de bar y restaurante porque las amaba y era conocedor de las peores carnes que suelen utilizarse en este plato ibérico, sin las redecillas de grasa de cerdo que utilizan los franceses, harina y huevo, una película de sinceridad para que la bolita sea lo que tiene que ser, bolita, y no sea, como no lo es la Tierra, redonda. Casi todas las buenas albóndigas están achatadas por los polos. Las albóndigas del Egipto eran exactas en la textura, porque exacta era la proporción de carne y miga de pan. Si la albóndiga tiene demasiada carne semeja un oscuro tumor de bestia, y si es el pan el excesivo, uno tiene la sensación de que mastica algo previamente masticado. Requisito indispensable para la albóndiga es el buen uso que se haga del tomate en su salsa. Aunque Carvalho era partidario del tomate porque era partidario de los mes-tizajes culturales, no podía tolerar la solución tomate aplicada como recurso de color y sabor para que en él naufragaran los restantes sabores del cuerpo y el alma de los seres vivos. Y cuando un guiso tiene el tomate justo entonces, y sobre todo de mañana, el consumidor puede pedir esa leche fresca que es el pan con tomate, acompañante exacto de una buena tortilla de patatas y cebolla e incluso de un guiso de albóndigas como las del Egipto, levísimamente atomatadas. Notables también las cazuelas de sardinas en escabeche, las de pies de cerdo o las de tripa, problemática entonces la selección, que Carvalho solía resolver por la albóndiga y la tortilla, porque para escabeches ya tenía los suyos y en cambio difícil era encontrar la materia exacta del microcosmos de la albóndiga. Bar de mercado, para desayunadores copiosos y felices, restaurante económico para artistas, gente de teatro y jóvenes de precaria emancipación, el Egipto estaba situado junto al bar Jerusalem en un barrio que se iba convirtiendo en el Harlem barcelonés a la espalda del mercado de la Boquería. Los negros salían al anochecer y se reunían en bares monocolor de las callejas que unían el laberinto de la Boquería con las calles del Carmen y del Hospital, nacidos los negros para caminar bien y predicar la exactitud del cuerpo. Pero a estas horas de la mañana, la plaza de la Gardunya era el culo de la Boquería. Muelle de camionetas, escaparate de contenedores de basura que iniciaban la putrefacción nada más salir del templo, gatos ariscos consentidos por su lucha a muerte con los ratones que esperaban el menor descuido para apoderarse del mercado, del viejo barrio, de la ciudad entera. Aquellos gatos municipales rendían una primera batalla decisiva contra los subterráneos enemigos del hombre y en sus pieles quedaban los costurones, cicatrices de sórdidos encuentros con la horda roedora, mis-teriosos encuentros a espaldas de los hombres, como si guardaespaldas y asesinos fue-ran dueños de un espacio, un tiempo, una convención vida muerte que sólo a ellos les pertenecía. Sinfonía de bocinas en la cola de coches que esperaban entrar en el parking de la Gardunya y el optimismo inocente del estómago bien lleno de buena mañana convencen a Carvalho del uso de las piernas, cruza el pasillo central del mercado lleno de pesados cuerpos compradores agredidos por el tráfico de los carretones manuales que van reponiendo las mercancías. Por el pasillo de frutas con toda la geografía del mundo, pero sin la historia tradicional de las frutas, sin conciencia de verano ni invierno, el melocotón chileno o la cereza de invernadero, desemboca Carvalho en el esplendor de las Ramblas de las Flores y retiene el descenso hacia su despacho. Repasa las notas que ha tomado sobre el caso de la botella de champán. Detiene su andar. Arranca la hoja. Hace una bola con ella y busca una papelera entre quiosco y quiosco floral, pero finalmente se la guarda en un bolsillo del pantalón y alarga las zancadas para llegar cuanto antes.

Manuel Vázque Montalbán, Los pájaros de Bangkok.

21 septiembre 2013

Localismos



—Cuando éramos más pequeños, la cultura del flamenco la veíamos más extraña y la influencia era anglosajona, pero con los años la música se enriquece mucho si cada uno trabaja con sus localismos. No puedes lograr matices ni buscar precisión si escribes sobre Michigan. Cuando un tío de allí te escuche, se reirá. Y es muy curioso, porque estamos acostumbrados a escuchar los localismos guiris, con Manchester o Brooklyn, con Bowie cuando se fue a Berlín y le dedicó canciones, y luego tenemos muchos complejos para hacer una sobre el Pumarejo.


Daniel Alonso de Pony Bravo.

10 septiembre 2013

ESTA MÁQUINA DE GUERRA




Aquí 
es donde se desbaratan los miedos, 
donde se esfuman 
los dueños de las palabras.

Venid. 

Aquí es donde se hunden  
las vocales del grito, 
el pálpito que dijo  
mío,  
tuyo,  
vuestro.

Mirad.  

Ya se apaga la linterna de muerte 
que en la noche nos alumbra.

Venid. 

Aquí donde los pecios del ahíto 
serán hambre grande de todo, 
donde la cadena de seda, 
los frigoríficos llenos, 
las batas, las arias,
los vetos, los restos, los gozantes,
desaparecen
se esfuman,
se van,
en este momento,  
ahora,
aquí,
en la voz,  
la boca,  
la tráquea,  
los pulmones. 

La respiración. 
  
Justo antes  
de que todo  
siga  
igual.