20 abril 2017

¿Qué viento es este?*







David Monthiel






Estoy seguro que el edil ese del norte, ese que vino el otro día, es el culpable de que haya saltado este levante de seis palos. No es normá. La verdad. ¿Digo mentira? Así como estoy seguro, uno, de que en las últimas décadas la música indie se llenó de pijos, dos, las reliquias sin paragón salen a la calle y con pancarta, tres, la ciudad de Cádiz (en su genealogía y nomenclatura más profunda) es un recinto amurallado, tengo la pretensión de verdad de que este viento da para escribir dos comedias humanas y sai artículos polémicos, de esos que dan para reflexionar sobre la incidencia de la meteorología en la psique humana, o lo que es lo mismo: cómo afecta al coco este levantazo gordo.

            —Yo me voy a cagá en tó-tus-muerto.

            Las cosas: la levantera invita al lenguaje de los malhablados. Pero también a hacer chistes y hasta cuartetos enteros sobre la alerta kas naranja. Se escucha por los patios espolvoreados de calichas, como si fuera un plato grande o performance culinaria para El Peña (según contaba de sus años del hambre), que es como un novio pesao que no deja a la follamiga del aire en paz, que se tiene el peinado de Goku.

            —¿Qué viento es este? —dice Paco Mesa.

            Apestan los bajantes y váteres a garganta llena de basura de los bajos de Cádiz. Tiemblan las ventanitas de los cierros, da manotazos a las puertas distraídas, se caen las ramas de los árboles, se descascarillan las fachadas, tira a trozos las cornisas. Rompe y desgarra las banderitas oficiales. Hace movible el mobiliario urbano. Arrastra los macetones, las papeleras, como si el levante jugara una partida de ajedrez contra sí mismo en las calles. El viento que agita los sauces, las palmeras, descarga de ramitas a las araucarias cual peluquero antiguo. Pone borreguito en las olas de la bahía. Traslada las vallas de obra como si quisiera ampliar y levantar el adoquinao como en épocas pasadas de obras y obras y obras.

            Hasta los contenedores colaboran con la entelequia mental del levantazo y se acercan unos metros para que, al tirar la basura y el reciclaje, no tengas que andar tanto. Ni como si estuvieras en un video a cámara lenta de zombis. Nuestra ropa sequerona, apergaminada (olvidada en la azotea) aparece en Rota, en un vuelo que los radares de la base detectan ante la perplejidad del radarista, que está acostumbrado a los vuelos en sentido contrario y que no tienen como objetivo vestir al desnudo, como el viejo adagio del Libro de los muertos egipcio, sino bombardear al pobre. A los colgaos los deja serenos y a los serenos los vuelve loquitos. Sólo hay que pensar en los ventiladores que plantaron cerca de Tarifa. Eso sí que es energía, picha, y darle vueltas a las cosas.

            Está claro que el Kichi, como líder supremo de las masas bajo el levante, debe entender la guasa general y "cerrar la ventanita, la puerta, apagar el ventilador, recordarnos, en la radio municipal, el pasodoble de los novios y el viento". Y debe advertirnos, desde su vaticano virtual, que tengamos cuidaíto:

            —Mira a tu alrededor y estate atento cuando estés en la calle y, cuando estés en casa, cuida de tus puertas, ventanas, persianas, macetas, bidones y elementos que puedan ser vulnerables al fuerte viento. Para que no se caigan.           

            Hoy (jueves 20 de abril) va a superar los cien kilómetros por hora. Y estoy conmocionada y esperando información, como la Condesa sobre las imputaciones, a ver si los desastres y accidentes del viento se pueden relacionar con la apocalíptica percepción de ciudad que describen algunos en sus crónicas y noticias-opinión. Pero el alcalde sabe que los vientos de cambio son así. Furibundos o no. Las brisas nunca fueron buenas para navegar en los procelosos estanques de la política: en los que algunos botan sus barquitos para Arabia Saudí, sus yates de eslora oro, muchos ahogarían a las voces discordantes y otros hacen la mezcla de unos zapatitos de cemento para algún juez que lo imputa por los volquetes de imputados. La mayoría se solaza en sus albercas, charquitas o piscinitas mientras un grupo de siervos respira bajo el agua para que parezca un jacuzzi.

            —Haz pompitas, hijo.

            Muchos esperan que el levante trastorne a Martín y al Kichi y se mosqueen de verdá, en público, así, perdiendo los papeles, en esas típicas llamaradas de mal genio que proporciona el estado mental del levante. Porque ¿no están mosqueados como han aventado algunos? La grietita en la fachada está: rellenémosla con el pegolán de la insidia, del malrollo. Que pegue fuerte el viento para que se tiren las macetas del cierro entre ellos. Que se griten en los despachos mientras algunos se frotan las manos. Y así tenemos un verano lleno de declaraciones, de dimes y diretes, de "yo no dije eso", de "eso no es así". Mientras, un redactor saca por la ventana un demonio y pide un deseo de desencuentros patentes en los ediles de la ciudad.

            Pero la locura, el cansancio, el dolor de ojos y cuerpo, el malestar de vivir bajo el viento fuerte no lo es para todo el mundo. Porque hay algunos que es como si tuvieran climalit en su vida cotidiana, en sus relaciones personales, en sus actos políticos, en su cosmovisión. Ya de por sí alterada por una realidad que  sólo ven ellos. No se enteran de nada desde que cierran la puertecita y giran el manguito. Ea. Y no les consta, no los conozco, cómo está Venezuela, se está quedando una tarde de protestas en Caracas que-qué. O se olvidan de quitar un peaje desde 1996. O plantean una política cultural sin contar con la gente de a pie y sentá. Qué cosas, ¿verdad? Eso sí aprovechan cualquier oportunidad para reclamar información que nunca dieron/dan/darán o que publicitaron en panfletos en tu buzón, vecina. Exigen transparencia, documentos, datos. A cascoporro. Cada cinco minutos. 
 —El alcalde está soplando frente al viento de las evidencias de que esta ciudad está al borde del apocalipsis.
Esos mismos que aportaron en toneladas de los discos duros, en palés cuando lo del agua, lo del canal, lo de los púnicos, lo de las correas. Y que una cuadrilla de estibadores esquiroles tuvo que descargar.

            Por eso digo y termino: deja de soplar, levante, hijo, que la gente se pone loquita y dice muchas pamplinas. No soples cuando llegue el tramabús a Cádi-Cádi y aparque en San Juan de Dios. Porque va a ser un festín de tonterías y declaraciones. Pero como no hay árbol que el viento no le haya dao un meneo, tampoco se puede impedir que el viento (más fuerte o flojo) sople. Sino hacer molinos. Tiquitiqui.

           

           





*Estado de facebook de Paco Mesa.

15 abril 2017

LA GENTUZA





David Monthiel



            No solo no se duchan, no respetan el noble arte de los toreros, sino que además son unos incívicos, con un falta grave de educación ciudadana: dejan todo sucio, tiran pipas en el suelo, acotan y se apropian del espacio público con sus sillitas, molestan con su cháchara la espera de los pasos, el recogimiento, la serenidad. Molestan con un parloteo, trufado de gritos ordinarios y risotadas. Interrumpen el recuerdo sobre un imaginero, la glosa sobre la calidad de la banda que triunfa en la ciudad magna de la semana grande o el consenso sobre los hechos tan lamentables que han acabado con unas pintadas en una institución.


            —Lamentable, la gentuza.


            Son tan lerdos, tan incultos, tan ignorantes que nunca han leído esos libros que afirman que sus creencias o su entelequia de esperanzas y miedos es sólo antropología cultural, rito de primavera. Ay, el rebaño descarriado de las buenas formas y de la Cultura, ese rebaño al que le entra un sarpullío cuando ve una biblioteca. Son esos: los que atesoran esa religiosidad ridícula que proyecta sobre un trozo de madera sus anhelos, sus esperanzas, sus fatiguitas. Son esos que no se afeitan por una promesa. Son esos, de los que la asociación de ilustrados ateos, se ríen llamándolos tontos o pobres creyentes. ¡Qué coño creyentes! Si pierden el tiempo y la vida charlando con los amigotes del Madrí o del Barsa, del Cádiz. ¡Y no de Voltaire, ni de Dickens!, mientras se toman dos vasos —hasta fuman porritos, los degenerados— mientras pasa por delante la grandeza de las procesiones de Cádiz. Se ponen ciegos.


            —La gentuza.


            Son esos. Los que permitieron que un grupo de indocumentados estén llevando a Cádiz cuesta abajo votando lo que no deben. Un Cádiz sucio. Que da pena. Esos que votaron a la mala gente que les llenó las cabezas de pajaritos. Esos que meten tantos patazos y que, con razón, los ponen de vuelta y media en la prensa y en las columnas de opinión seria. No esos jueguecitos de juntaletras con ínfulas de intelectuales. Patéticos. Son los que votaron a una ralea de hippies que pretenden que yo vaya a los sitios a patita. Si andar es de tiesos. Esos noveleros que creen que quitando los coches se va a vivir mejor. Y luego no te dejan pasar con una mala educación bajuna. Porque se apropian del espacio público. Por la cara. Y del Liceo.

            Menos mal que también son los que no votan, los que se quedan en su casa y prefieren pasar la tarde del sábado paseando sus burdas humanidades por un centro comercial. Ahí es donde rellenan su vacío existencial con plasmas, dulces, pamplinas. Menos mal que también son los se quedan siempre detrás, descolgados de la larga marcha de lemas y gestos revolucionarios impuesta por la peligrosa y antidemocrática vanguardia de siempre. Los pancartistas esos.


            —Un pie en las instituciones y mil con chancletas en la calle.


            Eso sí. Si los mosqueas, porque envidian el saber estar y tener la razón, te amenazan en público. Y te amedrentan en un pleno. Sí, son los que te aconsejan con maneras de navajero que no tienes derecho a opinar sobre asuntos de los que ellos ni tienen ni idea. Ni criterio. Ni potestad. Y nunca la han tenido. Son esos que un día se ponen una camisetita verde y al día siguiente el disfraz de mamarracho para cantar no sé qué de la pública, esa que da cobijo a los moritos e impiden la libertad religiosa de celebrar la semana santa. O están de acuerdo con la banderita esa cuando vino el autobús de los penes y las vulvas. Son esos que, gracias a Dios, nunca están en los fastuosos planes que manejan los que ahora se dicen expertos, los todólogos esos. Porque desde el principio nunca contaron con ellos para trazar esos planes. Claro, normal: es que nunca hay que contar con la ignorancia supina de la masa.

            —Borregos.

            Son esos que se dejan envenenar por revanchistas pasados de moda, los revisionistas que no entendieron lo que había que entender: que son unos acomplejados que no saben valorar el arte y la sensibilidad de cantar a voz en grito "soy el novio de la muerte" a unos niños al borde de la muerte que lo que necesitan es valor, hombría, pundonor. Son esos mismos que sólo se interesan por lo que ellos llaman memoria cuando colocan una banderita en un palo en las Puertas de Tierra. O una placa. Los que se interesan por unos huesos que dicen todavía quedan en las cunetas cuando dan subvenciones. Son a los que quieren arreglarlo todo con la llamada "Tercera". ¡Arreglar! Y lo único que ganan es una denuncia bien puesta.


            —Hay cosas más importantes que la banderita de marras.


            Hubo, hay y habrá que pararlos. Porque ya se asustan. Están crecidos. Y me advierten, los que saben, que nos va a caer otra vez la negra. Porque vaticinan otra victoria del Kichi. ¡Otra! Qué cruz.

            Yo lo advierto. Hay que detener esta bajundad que toma la calle. las playas, las plazas, las fiestas. Y lo ensucia todo. Hay que reliarlos, comprarlos, hasta hacerlos oposición. Pero de la buena. De la venezolana. Esa que dice cosas tan interesantes y tanto lucha por la libertad y la democracia. O convencerlos de que sólo hay que repartir hidratos de carbono a los españoles.


            —Que para eso lo son.


            Hay que achucharles el airbnb para que dejen sus casuchas en el centro y desaparezcan de los barrios hasta arrejuntarse en pisos del extrarradio. Para que así venga el turismo a salvar nuestra economía. Y no les molesten.

            Qué coño se han creído.

12 marzo 2017

Una buena cashetá a tiempo

¡Qué afán tienen de crear problemas donde no los hay! Cuántas veces lo habré repetido este año y medio de infortunio y despropósitos, de desgobierno y de lío: antes del Kichi esto no pasaba.
     —No pasaba: te lo digo yo.
    Y pobre exalcaldesa. Ahora tiene que enmendarle la plana a una de esas niñatas respondonas de un sindicato de estudiantes. A una que tiene la poca vergüenza de afirmar, en una comisión, que los parlamentarios se enriquecen gracias a la política. Los suyos no, los otros. Una de esas que seguro se ha criado en los valores de "la ideología de género" y progresías variadas que se inoculan en los colegios públicos.
         —Que no te engañen...
  ¿Tú te crees que antes te iban a mandar una carta como la de los colegios públicos? Antes, desde el ayuntamiento, te mandaban información veraz y a todo color para dar respuesta y acallar a los pamplinosos con lo del agua contaminada de Loreto. Todo bien explicadito. A todo color con la Verdad.
   —¿Digo mentira?
   —Y programaciones culturales con la fotito de la regidora sonriendo.
    ¿Por qué ahora nos sermonean con estas pamplinas de elegir un colegio que no da prestigio social? ¿A qué viene a mandarle a mi cuñao una carta diciéndole que lo que tiene que hacer es llevar a su niño al colegio que ellos digan?
      —¡Vamos hombre!
     A mí que no me vengan con adoctrinamientos, con cartitas bolivarianas. Es que es como si estuviéramos en Venezuela. Y ya sabemos que ya están empezando a amenazar a periodistas, ¿eh? A esas hienas. Y encima se indignan cuando alguien les dice a verdad a la cara.
    —Porque son unos sectarios contrarios a la libertad que piden de comer pero luego tienen Twiter.
   Mira. Los niños no sólo deben llevar brazaletes para distinguirse, sino también uniformes diferentes. Los del colegio público, claro. Porque los otros ya los llevan. Y bien que hacen. Unos uniformes de tela de saco o sambenitos. Para que cuando haya dos colegios cercanos se sepa diferenciar a simple vista cuál es la gente de bien, la que va a aportar al país, esa gente que sabe lo que votar para el progreso, la que va a emprender, la que va progresar. Que sabe elegir bien. Y la que no.
      —Y raparlos.
    Los colegios públicos: esos centros de adoctrinamiento humano en los que apenas se respetan los derechos de las creencias de toda la vida, donde se impide que se canten villancicos, donde no hay clases de religión y hay niños que no han hecho la comunión.
    —Nuestras tradiciones.
   Donde se le ponen pegas a los comedores desde AMPAS levantiscas, hay absentismo de los maestros, donde se cuestiona todo, donde se ensucia las cabezas de la pobre gente con ideas de igualdad, esa que ha nacido para ser fontaneros, camareras de piso, barrenderos, camareros.
 Lo que yo te diga: no sólo brazaletes para los niños. También para los padres. Porque hay que diferenciarlos bien a la vista. Porque seamos claros: los niños de esos colegios, pobrecitos míos, pronto dejarán de estudiar debido a su alto fracaso escolar. Y tendrán que irse acostumbrando a esos trabajos a los que están destinados porque así lo quiso dios. Porque, te lo digo yo, cada uno nació para ser una cosa en la vida, y no se puede envenenar con ideas miserables de igualdad de oportunidades a la pobre gente, a esa gente trabajadora que sólo quiere vivir tranquila. Porque de esos colegios es de donde salen niñas como la pobre que se escapó de un centro de menores embarazada para casarse con un delincuente. Te lo digo yo.
      —Que no te engañen.

  Que luego pasa lo que pasa y los colegios públicos se convierten en madrasas en los que no se respeta lo de las peras son peras y las manzanas, manzanas. Acaban siendo refugios de esa gente que ni maneja la lengua castellana y viene a robar. O a estar todo el día metío en su tienda. Y que saben nadar y no acabaron como el niño de Barbate. Qué pena, sí, pero es que a quién se le ocurre emigrar con un niño pequeño pudiéndolo dejar morir de hambre en su país tercermundista. Para qué están las misiones.
    ¡Y los que siguen estudiando! Esos tienen papeletas para convertirse en radicales antisistema que acaban trabajando en la estiba, ese sector tan privilegiado. O siendo feministas y criticando cositas tan apañás para el día de la mujer con muestras de peinados, el cuidado de los pies y los trajes de flamenca. Son los que estudian en esos colegios los que luego te quieren cambiar el nombre de las calles, poner banderas anticonstitucionales o del lobby gay, esos que quieren buscar subvenciones para escarbar en las cunetas, esa gente que sólo quiere remover el pasado para ser revanchistas.
     —Que todo fue una confrontación social.
     Son los que se educan en un colegio público los no tienen miedo a disfraces de mamarracho. Claro, luego pasa lo que pasa. Y es indignante verlos ahí como sarasas. Y la gente pierde los papeles ante tanto lobby gay y tanto mariconeo. Porque un corista es un corista no una maricona que canta con plataformas.
     —Eso es así.
    Porque es la misma guantá de La Carpa la que la exalcaldesa le debería haber dado a la del sindicato de estudiantes. Que así aprendí yo el respeto a la gente de bien. Así te lo digo: donde se ponga un buen cosqui a tiempo ante una falta de respeto no hay pedagogía que la supere. Mano de santo para la gente como yo, personas humildes que pagan sus impuestos, que no se cree mentiras, que quiere llevar a su hijo a donde le da la gana, bueno, ahí donde pueda codearse con los que van a mandar y no a colegios de pobres.
     —Que no nos engañen.

20 febrero 2017

Antonio



David Monthiel






           Recuerdo imágenes deslavazadas. La expectación, los repertorios-trámite, el ambigú de los comeorejas y de las huídas frente a repertorios apolillados, las miradas desde el palco, los de arriba mirando a los de abajo, la platea atenta a los tornavoces, las autoridades mirando el móvil, los reporteros charlando entre ellos, el paraíso con su maquinaria de diversión, peticiones de saltos de masai para famosetes o presentadores de los palcos. Y luego invitaciones:


          —Que se tire, que se tire.

          Algo me va a pasar, cantaba el grupo Flamenco de los hermanos Garrido. Y pasó.

          La voz atombolada anuncia la comparsa. Hay hambre de repertorio. Se trufan palmas a seis por ocho con un ole en el acento. Las luces de sala se apagan. Sólo se ve la delgada línea de portátiles del foso. El telón se alza. Una luz desde el fondo del escenario, esa luz que aseguran que se ve cuando llega la muerte, el último aliento. Pero es una muerte que, en su tránsito, va a cruzar la puerta de la Caleta, una de las entradas a ese paraíso metafórico llamado Cádiz. El comienzo se demora hasta que el chorreo escalonado de frases de ánimo, motes y nombres de conocidos, gritos y pamplinas se apaga con paciencia de siseos e imperativos.

           —Callarse ya, carajo.

     En cuanto los guitarristas encuentra un hueco de tres segundos, suenan los golpes del compás. Las guitarras, la caja y el bombo se ponen en marcha con el afán introductor de una máquina comparsista. Las voces truenan.

      Tacita, Cádiz tenemos toda la eternidad.

     El verso posee esa capacidad de continuar un discurso, como si no sólo se debieran engarzar los cuplés sino que hay que enchampelar las comparsas, las músicas en un todo que desciende en espiral. El carnaval no es una rueda que gira, no es el eterno retorno. Porque lo que se canta se repite, pero de otra manera, en otro plano. Lo que se canta está en la memoria pero también en el aquí-ahora, sucediendo. El teatro encaja el golpe y parece impulsado por una fuerza telúrica, un guiño, unos pasos atrás en la espiral del concurso. Es el final del año pasado. Y ruge, aplaude, se emociona con un final que es un principio.

     Sobreviene un silencio de cinco segundos. Cinco segundos. La vida es eterna en cinco segundos. No pasa nada y pasa la muerte, la muerte en cinco segundos La armonía vocal mece al público, que ya se ve en la barca entre las olas, que ya está entrando en esta eternidad que los Carontes presentan. Se atropella la letra en la percepción, una acumulación digna del estilo de Ares. Cambia la tonalidad, las voces que empiezan a tañer con una fuerza desoladora y exacta. Abre tu puerta al barquero. El bombo llamando a la puerta. Ya se acerca al final de la presentación.

            Cada vez que te canto, me resucito.

        Tras la primera ola, empezamos a asimilar toda la información, el tipo, el Caronte, el sombrero, el maquillaje, el forillo bajo el sino de los jaleos, los ánimos. Y los ojos siguen enumerando: las monedas, los collares. El Falla, que es el mundo ahora, espera ansioso el primer pasodoble. Aguarda a que la vieja música de Cádiz regrese, vuelva a sonar una vez más, vuelva a espolvorearse sobre los recuerdos y las melodías conocidas. Las guitarras comienzan a sonar y es un murmullo, una melodía sin letra. No hay pitos. El punteao se dobla, adquiere compás de metrónomo del tiempo que pasa, de la carne que se ahoga en el tiempo.

          La procesión que va por dentro, la memoria de los pasos, los vivos y los muertos. Es el martillo del levante. Primera parada, y una bajada que es pianto. El trío, en mayores. Una lunita cambemba arañando la bahía. La comparsa parece cantar al límite del tono. Cambio a menores. Aparecen los coros que acompañan los severos versos de los ojitos desahuciados. El público se aturrulla con la multitarea. La comparsa toma aire, fuerza. Y suenan los pitos, al final, en tres voces. Y la orquesta canta. Una fuerza inusitada, la pena y la alegría, el cante que viene del dolor. Aplausos. Gritos. Vellodepuntódromo defcon 2.

            —Dio, colega.

            Muchos han perdido la letra, asimilan la música que es compleja, pero saben de las tres partes del pasodoble, que los pitos están al final, como la muerte. Primeros oles y palmas. El Falla anhela que el segundo crezca dentro de sí para asimilar, para degustar otra vez esa música que acaban de conocer.

         El segundo se pasea por caminitos hollados. El empaque de lo conocido, de lo visto. Pero aún inaprensible. Aunque  se puede apreciar mejor la aspiración de reloj de la caja y el punteao. El barquero nos cuenta una historia. Un muchacho, un regreso. Se reconoce el estilo, las formas, los recovecos de la música que describe la derrota. La historia se va terminando, un drama, vuelvo pero derrotado.

         Aplausos. La comparsa respira hondo. Se les ve tensos, extenuados. Pero bebe, se refresca la garganta. Sonríe.

         Pitos de cuplé. La solemnidad de la derrota, de la crisis, de la muerte, da paso al cachondeito. Curiosidades, derrotismos sobre el regreso del autor. Metacarnaval. El forillo, el coreao. Diálogos y epítetos en la forma. Un remate y al estribillo. Sencillo. Una nota al pie del trabalengüismo. Una moneda en el aire. Cara o cruz. Muy dentro del estilo Ares, en el que hay una acción, tirar una moneda y la determinación de un trabalenguas que acaba en la tierra de la luz, en la luz del principio y del final. El segundo cuplé, para Trump.

        Cambio de luces. El popurrí es aún una masa de letra y música por deshacer. Una melodía nos va llevando. La construcción armónica de la primera cuarteta posee esa densidad del teclado, de un uso consciente de lo coral, del colectivo, de una comunidad que canta, y bien. Es una constante en todo el popurrí: los coros de la orquesta. Con destellos uruguayos. Sígueme.

        Presentación del personaje para el que todavía no se haya dado cuenta de que son Carontes, para aquellos a los que aún no se han percatado de lo de la luz, de las monedas, de los collares, de las calaveras y un largo etcétera. Cruza, si tienes dudas, siempre a la izquierda. La metáfora del carnaval como paraíso y fiesta. Aquí la música es más accesible, más amable a los oídos. Y cuando uno está disfrutando llega la cuarteta en la que se canta BAJITO. Como un matiz de elegancia que siempre se olvida en los repertorios chillones o aparentemente enérgicos. Y recordamos qué significa ese matiz, ese pianísimo, ese susurro. Su fuerza frente a los que pisotean por nada la publicidad de un banco. Y es el vals que se baila con un Cádiz personificado, que se inventa, que se pierde, que se busca, que se canta, que se encuentra. Para qué sepas quién eres tú. El múltiplo de la arena. La piedra que se verá horadada por los vientos de la vida. Y se hace lista de los que fueron, de aquellos que nos dejaron su nombre. Y las mujeres. Ese eres tú, en una esquinita del sur. No lo olvides.

            La cuarteta de despedida no es una despedida. Es una invitación a la Cádiz eterna. Un recitado (con lemas o mitos del teatro) sostiene un canto a cerrar las heridas. Regresa la memoria, y la consciencia de estar en la gloria. El carnaval, ese que tira los muros de Jericó, que troca las penas en alegría, que hace revivir, resucitar al que pena y nos hace inmortales durante media hora, unos minutos, una madrugada frente a dos personajazos que cantan un cuplé. Una inmortalidad que canta sus fatigas y las amedrenta. Que invoca aquello que se quedó en los estratos de la historia para llegar a la roja tierra de aquellos dos islotes que por tercera vez visitaron los semitas. Ese que habita bajo el adoquinado.

      Te quiero.

      El pase se acaba. Puntúan los del tornavoz. Comentan los que salen del teatro.

    Pocas veces me he acostado con esa sensación de viaje, pero en su acepción inglesa de tripping. Como si la foto estuviera movida, el eje de la tierra estuviera impregnado de un alucinógeno y las cosas tuvieran una capa de irrealidad. Si tiro de recuerdos: Carmen Linares en los Jueves Flamencos, The Posies en el Campus Rock, Galiana en el Festival de Música Española, Caetano en el Castillo de San Sebastián, Rocío Molina en el Falla y un puñado de experiencias psicotrópicas. Conmociones que se quedan como las pisadas en el fango de un brazo de mar entrando en la tierra.

            Y llegan los comentarios, la glosa, el jurado eterno que dicen diario. Aparecen los señaladores, los que esgrimen su "abajo la inteligencia" cuando alguien se atreve a analizar con herramientas no habituales, los que intentamos ir más allá del "pellizco", "el tresporcuatro", "la octavillita", "letra de pelo" de los comentadores del Concurso. Recurren a la acusación de pedantería cuando una decide investigar una obra carnavalesca. Pero a la vez, purita contradicción, le otorgan a la comparsa el premio del "otro nivel", del "síndrome de Sthendal", de "la otra liga". Acusan de que es de una complejidad que la aleja del acervo popular. Que no se puede cantar en la ducha.Ni en la barbacoas, que ya no existen. Como las ninfas.

            —Paridas.

            Quizá para no saber, por no querer ver qué hay detrás de la propuesta escénica y musical milimétrica. Todos coinciden en la necesidad de la revisión para poder disfrutar todos los matices. Como se leen textos trufados de detalles o de referencias. Escuchan el pase tres, cuatro, cinco veces. El youtube contabiliza la investigación.

            —Esto está a otro nivel.

            Luego vendrá la receta del carpe diem del barquero en esa competición secreta de letras que "hablan desde el sentimentalismo": la madre, la niña que da sus primeros pasos, la vida que se va y mañana el barquero puede venir a por ti.  Pero es la alusión directa a un nosotros grande, ese "pueblo" (metonimia de "participantes de un concurso") que no se calla cuando canta las verdades, cuando critica con arte y compás, cuando se lanza a la calle (esta vez del escenario-pantalla) para señalar a los ladrones, a los explotadores, a los que quieren que la eternidad de una ciudad empobrecida continúe, es ese pasodoble el que da un paso hacia lo que pudieramos intuir. A ese sunami que ninguna vírgen podrá parar. Eso sí: es una variación del tema, en clave política, del mismo que cantó la comparsa Los Millonarios, con respecto a la responsabilidad ética de los músicos locales mainstreaming con el estado de cosas que sufrimos.

            Y yo me pongo a escribir. "Que lo mismo es mañana tu último día, tu último día".

            No sé qué va a pasar este viernes.

            Pero muchas gracias Antonio.

            Arsa.