15 febrero 2019

¡Qué bien estamos aquí!

 Memoria de cádiz

"Me acuerdo de los locos de Capuchinos, y de que no estaban tan locos"

 

  • David Monthiel recoge en '¡Qué bien se está aquí!' los testimonios recogidos en el taller Las herramientas de la memoria, desarrollado por el Plan Lector
  • La edad media de los participantes ha sido de 85 años

Pilar Vera



Me acuerdo de cuando en La Central Lechera se vendía leche (aguada). Me acuerdo de cuando nevó en Cádiz. Me acuerdo de cuando el Talgo era nuevo. Me acuerdo de cuando el convite de comunión era chocolate con churros. Me acuerdo de los locos de Capuchinos, y de que no estaban tan locos. Me acuerdo de cuando el cine costaba una peseta. Me acuerdo de una tía que era monja de clausura y dormía en una piedra; se salió y se murió de la humedad. Me acuerdo de las casas de sala y alcoba. Me acuerdo de las cartillas de racionamiento. Me acuerdo de que las mujeres no podíamos ir por detrás del Cómico. Me acuerdo de que el chalé del sarcófago me daba miedo.
Todos esos “me acuerdo” a lo Georges Perec, pero en gaditano –y otros muchos más– los ha ido recogiendo el escritor David Monthiel en ¡Qué bien se está aquí!: el volumen en el que plasma las vivencias de los participantes en el taller Las herramientas y la memoria. Un proyecto enmarcado dentro del Plan Lector del Ayuntamiento de Cádiz, y financiado por La Caixa y Cajasol, que nació como taller de escritura autobiográfica, pero sin la pretensión de dejar un relato hilvanado por escrito. “De hecho, parte de los ejercicios tenían corte cognitivo: juegos de palabras y demás. Ocurre que, cuando Yolanda Vallejo se enteró de lo que estábamos haciendo, pensó que sería buena idea dejar un testimonio”, explica Monthiel.
Las herramientas y la memoria convocó a diez participantes, todos ellos residentes de Adema, durante veinte sesiones en la biblioteca Celestino Mutis. La edad media de los alumnos era de 85 años:la mayor, Carmen, tiene 97. Sus historias, la trayectoria de sus vidas, están llenas de ejemplos prácticos de “la corta distancia que existe entre la historia oficial de la prensa y la vida privada”.
Monthiel no esperaba, y se encontró con, la guasa – “Los años míos están en el Diario de Cádiz”–. Lecciones de “las sabias de la tribu”, puesto que la mayoría eran mujeres:“La María normalmente dura más que el José”, le decían. La vida podía haber sido distinta, sí.La vida ha sido mucho trabajar y deslomarse y, en general, aprender las letras tan con alfileres que ahora apenas queda nada. “Ese es uno de los motivos –explica David Monthiel– por los que, a la hora de recopilar de forma ‘oficial’ lo que me contaban, tenía que ser oral”. No haber ido al colegio era, en efecto, una de las quejas más comunes del grupo.
¡Qué bien se está aquí! es, por tanto, una tercera vía entre ambas fórmulas: una oralidad escrita, que recoge exactamente lo que sus protagonistas cuentan, pero con la línea marcada del coordinador. Toda la experiencia, además, se ha desarrollado desde la retroalimentación:“A la vez que los alumnos iban contando sus vivencias, yo iba aportando cosas. Anécdotas de Las 1001 historias de Pericón, les hablaba de la Morilla de Falla y su relación con el flamenco, de los sarcófagos fenicios...” Y en el ejercicio de memoria, se ha echado mano también de recursos:de imágenes, de titulares, de canciones, hasta de frases de Confucio.
Lo que todos recuerdan muchísimo, sin necesidad de atajos, es la explosión del 47. Que estaban en el cine y el suelo se movió. Que no sabían dónde estaba su familia. Que fueron a la playa pero tenían mucho miedo, porque les dijeron que podía estallar otra bomba. Que la explosión se vio y escuchó desde Sanlúcar. Que el suelo de la ciudad quedó completamente cubierto por una alfombra de cristales.
“Abunda la memoria de los notables. Pero a mí me gustan todas esas memorias secretas que tienen que ver con la vida cotidiana, y que te las da la gente, digamos, normal: la rutina de las casas, los bares, las canciones... De cómo vivían los carnavales, de cuando llegaron las canciones en inglés, ‘de los modernos’ : recuerdan el Cortijo de los Rosales, pero los había que no podían ir, y se ponían a escuchar en la verja del parque”, comenta.
Ah, lo agridulce. “Y hay recuerdos –continúa Monthiel– en los que es más complicado entrar: para algunos, resulta difícil explicar que se ha pasado hambre. Porque se pasó hambre”. “Vivía yo sola con mis hermanos. Éramos nueve. Pues yo los llevaba tos palante”, dicen tan normales, tan terribles, sin sensiblería.
En gran parte de lo que hace David Monthiel –en sus novelas, en sus artículos–, es posible atisbar un compromiso con la puesta en valor del pasado, o con el patrimonio que aún tenemos pero que damos por hecho, que invisibilizamos.
“Absolutamente –acota–. Yo doy otro taller de memoria en extramuros, aunque los participantes no son tan mayores. Este taller se ha ido convirtiendo, más allá de las cosas que sabía o de las que tenía una idea de fondo, en una puerta de entrada al pasado. Todos los testimonios que salen aquí lo son de gente trabajadores:en consignatarias, en astilleros, ferroviarios, maestras, sirviendo de “medios días...”
¿La mejor anécdota? Es difícil, pero sin duda esta es muy buena:“El Lapero era el lugar en el que se tiraba la basura en el Campo del Sur –cuenta David Monthiel–. Por lo visto, ahí se echaba de todo. Un día tiraron el colchón de una mujer mayor y, al caer, salieron volando un montón de billetes, y la gente, los basureros, tras ellos como locos, claro”.


https://www.diariodecadiz.es/ocio/acuerdo-locos-Capuchinos_0_1327367561.html

04 enero 2019

Lista 2018

1. El cazador de historias, Eduardo Galeano. 
2. El estilo Höltz, Paco Ignacio Taibo II 
3. Inquilinos, Paco Ignacio Taibo II. 
4. López Obrador, los inicios, Paco Ignacio Taibo II. 
 5. Víctima sin rostro, Janwillen Van de Wetering 
6. Tea rooms, Luisa Carnés.
7. Con los ojos cerrados, Gianrico Carofiglio 
8. Nosotros, Y. Zamiatin. 
9. Guapa de Cara, Rafael Reig. 
10. Hegemonías, crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos, Xavier Domenech. 
11. Joy, Daniel Chavarría 
12. Marilyn la Fiera, Jerome Charyn. 
13. Todo Modo, Leonardo Sciascia. 
14. Los apuñaladores, Leonardo Sciascia. 
15. El caballero y la muerte, Leonardo Sciascia. 
16. El teatro de la memoria, Leonardo Sciascia. 
17. La vida misma, Paco Ignacio Taibo II 
18. La soledad del manager, Manuel Vázquez Montalbán. 
19. La verdad del Caimán, Massimo Carlotto 
20. Masacre en Maine, Janwillen Van de Wetering 
21. Carta Blanca, Carlo Lucarelli. 
22. Disparen sobre el pianista, David Goodis. 
23. Que de lejos parecen moscas, Kike Ferrari. 
24. El asesinato de los marqueses de Urbina, Mariano Sánchez Soler.
25. Hasta el último aliento, José Giovanni 
26. Todo está bien, Daniel Ruiz García 
27. Offshore, Petros Markaris 
28. Ojos de agua, Domingo Villar 
29. La literatura en la construcción de la ciudad democrática, Manuel Vázquez Montalbán. 
30. La gran ola, Daniel Ruiz 
31. Galería del crimen, Pedro Ingelmo. 
32. El demonio vestido de azul, Walter Mosley. 
33. Belleza sin ley, Juan Goytisolo. 
34. El libro tachado, Patricio Pron. 
35. El coro a dos voces, Fernando Quiñones. 
36. Dudas razonables, Gianrico Carofiglio. 
37. No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, Patricio Pron 
38. Los mares del sur, Manuel Vázquez Montalbán. 
39. La vida interior de las plantas de interior, Patricio Pron. 
40. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, Emmanuel Carrére. 
41. El informe de la minoría, Philip k. Dick. 
42. El secreto del mal, Roberto Bolaño. 
43. Cartas a un joven novelista, Mario Vargas Llosa. 
44. El orden del día, Eric Vuillard. 
45. El núcleo del disturbio, Samanta Scheweblin. 
46. Pájaros en la boca, Samanta Scheweblin. 
47. Siete casas vacías, Samanta Scheweblin. 
48. Distancia de rescate, Samanta Scheweblin.
49. La dimensión desconocida, Nona Fernández 
50. Allá ellos, Daniel Chavarría 
51. El Cádiz de las Cortes, Ramón Solís. 
52. El diccionario del diablo, Ambrose Bierce. 
53. Calibán y la Bruja, Silvia Federici. 
54. 50 consejos para ser escritor, Colum McCann. 
55. Arte y artistas flamencos, Fernando el de Triana. 
56. Los detectives salvajes, Roberto Bolaño. 
57. El misterio de Mangiabarche, Massimo Carlotto. 
58. El club de los suicidas, Robert Louis Stevenson. 
59. La nariz, Nikolai Gogol. 
60. El extraño caso del doctor Jekill y Mister Hyde, Robert L. Stevenson. 
61. Viaje a la semilla, Alejo Carpentier. 
62. El reino de este mundo, Alejo Carpentier. 
63. Concierto barroco, Alejo Carpentier. 
64. Zen en el arte de escribir, Ray Bradbury. 
65. Talco y bronce, Montero Glez. 
66. Curva, Aurora Delgado. 
67. Octubre, China Miéville 
68. La ley de Carter, Ted Lewis. 
69. El barrio, Gonçalo M. Tavares 
70. Cómo acabar con la contracultura, Jordi Costa. 
71. Los casos del Comisario Croce, Ricardo Piglia. 
72. La ciudad está triste, Ramón Diaz Eterovic. 
73. Los cachorros, Mario Vargas Llosa. 
74. Los premios, Julio Cortázar. 
75. La rabia de vivir, Mezz Mezzrow y Bernard Wolfe. 
76. La literatura nazi en América, Roberto Bolaño. 
77. La ciudad y la ciudad, China Miéville.

03 septiembre 2018

Vieja ciudad amurallada (III)




David Monthiel

            La cohorte de personajes siguen desfilando por el poema. Como Astarté, la diosa, o los insignes y omnipresentes Balbo. Y aquel que cogió y abrió los fardos que decía Pericón que llegaron a Cádiz y que contenían las partituras secas del flamenco. Personajes a patás. Músicos, pintores, poetas y locos de Cádiz: una especie humana que diagnostican como víctimas del levante y su ímpetu, chalaura siempre admirada en estas calles por su estar-en-el-mundo alucinado, lleno de verdad y su facilidad para la perorata o la genialidad. Como aquellos filósofos del rotulador que escribían tratados en las paredes y la gente leía deslumbrada.
            Y caben los motes. Los clásicos hijos de la diversidad gaditana: el negro, el chino, el moro, el gitano. Y los rebuscados: Antonio Rodríguez Martínez, El tío de la tiza, Enrico Spagnoletto, el celebrado pintor de marinas en Roma, Saturnino, el profesor que escribía con rotulador en las paredes, Antonio Jiménez, el del lunar, uno de los autores de Las viejas ricas.
            La memoria se llena de objetos y uno piensa en los vientos de las bandas de jazz que se las llamaba jambá, en las mesas de caoba en los despachos de las consignatarias y en la que dormía Fermín Salvochea y de la que se cayó o dio un pellejazo para la historia de los alcaldes de Cádiz. Piensa en la cara del cuñao de Pemán, en los romanos del Ecce Homo, en la calzada y el teatro que dejaron, en los trabajadores de Astilleros cortando el puente con tirachinas y en esos otros romanos, pero con otra vestimenta, tirándoles pelotas de goma. Piensa en la mezquita de Cádiz y en aquel poema de Fernando Quiñones en el que también se escuchan las olas en el templo.
            Si María Moco vio, según el mito, al moro que jugaba a las cartas en los túneles que existían bajo el glacis de defensa de la Puerta de Tierra (donde vivía en la miseria), yo vi, con hambre, las murallas de turrón de Cádiz tras el escaparate de las pastelerías, quizá fundadas por guiris. Porque Cádiz siempre fue muy de genoveses y de alemanes, y en sus apellidos queda ese lustre ligur que es síntoma de costumbrismo. Y si no lo saben, yo se lo digo, los gitanos de Cádiz nunca usaron la palabra payo y aquí siguen, como bien contaba Chano Lobato cuando recordaba su infancia en el Barrio de Santa María.
            Mientras los burgueses como Sebastián Martínez tenían la mejor biblioteca de Europa, los majos se ganaban la vida con la picaresca de siempre, o se las ingeniaban para no trabajar como los negros curros que en La Habana y en su teatro quedaron como andaluces, como elegantes vividores y músicos que vivían al día. Porque si vinieron armenios, franceses, griegos, árabes y un montón de guiris a vivir y a quedarse, el lema popular debería ser que uno "emigra a donde le da la gana" y si es a Cádiz mejor, porque es como una Habana metía en manteca para saber conservarla.
            A cualquier hora se silba un cuplecito, se fuman porros y se escucha las sirenas de los cruceros zarpar, se venden numeritos, se ríe uno de lo de la alergia a las espiochas mientras echa doce horas de camarero para servir a los turistas o a los veraneantes en un chiringuito. El camarero sabe que hubo santones en Gadir con un Ganges caletero que le contaban a los griegos que aquí había leyes en verso desde hacía seis mil años y que de seguro eran cuartetas de un romancero religioso para adorar a Moloch o a Astarté. O a una diosa desconocida que ayuda en la pena con alegría. Porque entre las cuadrillas de estibadores que fueron cargaores con manigueta de vírgenes y diosas, florecía el pícaro, como aquel secreta que le pusieron a Leon Trotski para vigilarlo mientras iba a la biblioteca y que le consiguió un precio justo en la compra de camarones.
            En nuestro piano cabe de nuevo otra genialidad de Ignacio Ezpeleta cuando le dijo a Lorca que él no trabajaba porque era de Cádiz, y quizá ya Ignacio sabía que Hércules tuvo sus dos últimos trabajos en Cádiz por aquello de jubilarse en el paraíso miserable donde se comía carne de bragueta (carne del matadero que los matarifes flamencos se sacaban metida de tapadillo en los pantalones) mientras los prebostes franquistas discutían qué hija de ministro iba a ser la reina de las Fiestas Típicas y partían los billetes de veinte duros por la mitad para que los verdaderos héroes mitológicos de esa época cantaran un popurrí.
            Porque aquí en dos calles paralelas te encuentras con Morillas con tatuajes en los empeines del pie y a Fallas que escuchan su flow a la hora de contar lo que les ha pasado en la plaza de abastos. Pero la Morilla real, la sirvienta de la familia Falla, cogió por banda a Manolito de chico y le cantó esa música que nació en estas calles, pero en las más míseras, en aquellos cafés del camino del Arrecife, en aquellas ventas entre huertas, lechuguinos (los voluntarios contra el fanfarrón de 1812 que trabajaban en las huertas) y mucho campo. ¿Que cuáles son los cuernos de la abundancia de los que no tienen ? La alegría de estar juntos, la juerga, el cometario improvisado, la palabra justa, las risas, el cachondeo en las casas de vecinos, ese materialista y comunitario "donde come uno comen seis".          
            Y mujeres valientes como Teletusa, la Pepa, la Perla, La tía Norica, La Larrea o La Cienfuegos, La Mejorana, Mariana Cornejo, aquellas que volvieron locos a los viajeros románticos y que no existen, son mito falso. Esas de la que no hay ni una sola placa con su nombre en el Oratorio de 1812. Y también caben las cositas que le dedicaban a la personificación de Cádiz como mujer, esos que morían y mueren por la ciudad: Herodoto, el ya citado Richard Ford o Fray Jerónimo.
            En nuestro piano cabe la explicación de que el garum era una salsa de pescao muy famosa en la antigüedad, el topolino es un helado del Salón Italiano, el piojito es el mercadillo de ropa de los lunes sito en la Barriada, los anillos con atunes son piezas únicas fenicias, la paniza es una especialidad de la cocina ligur, de la ciudad de Savona, pero clásica de Cádiz, tener cacaruca es tener guasa picaresca, el aguatapá es donde te cubre el agua del mar y no haces pie, la maruca es un pescao de huevas riquísimas, cambembo es un adjetivo para la forma anormal o irregular de un objeto, cosa o persona, chiguato es la manera de llamar a un cangrejo con el caparazón blando por estar mudándolo, guannío, estar muy cansado y, por último, caben también las diferentes acepciones de empetao: que van desde el lugar lleno, la inflación corporal de un sujeto o una caña doblada por el peso de la pieza pescada. Y los topónimos que han sido y son, hasta en caló, desde aquel año del 1100 antes de la era común.
            Dentro de un viejo piano caben las gracias, el lavativazzo y el agradecimiento al Galiana por reliarme para acompañar su música y poder escribir sobre un Cádiz mío, complejo y sencillo, moderno y cateto a la vez, una descripción propia que se une a esa lista de piropos y metáforas de un Cádiz que alterna el esplendor y la miseria. Porque esto es la costa de la luz pero también de la oscuridad. Y lo llaman Cadifornia pero no lo es.
            Es un pueblo viejo con murallas. Pero lleno de vida. Y de alegría.
            Nada más.
            Y nada menos.




31 agosto 2018

Vieja ciudad amurallada (II)


David Monthiel


En nuestro piano también caben las penas y fatigas, la saudade, de estar fuera del radio de acción magnético de las dos islitas en las que los tirios (como dijimos) fundaron una ciudad que aparece en la Divina Comedia, en Moby Dick y de refilón en la Biblia como Tharsis. Y la forraron de piedra para protegerse de lo chungo que estaba el mar por esos días de guerras púnicas. Qué mejor palabra para un viñero inspirado, mientras sueña con una berza gitana, que llamar a lo que le pasa en tierras germanas saudade. Y luego añada que suena a jabón de baño para pasmo de su compañero de tajo turco. Saudade o nostalgia. Algo de lo que sabían mucho aquellas familias judías que acabaron en Cádiz buscando el amparo del Marqués de Cádiz cuando tuvieron que marcharse, esconderse o convertirse y dejar las puertas abiertas de sus casas. Muchos de Medina también se exiliaron, se vinieron y se quedaron viviendo en partiditos, el troceo de las grandes fincas hechas casas de vecinos, que con el paso de los años, nadie rehabilitaba. Y se caían de pena con baños comunes y mucha humedá. Con palios de puntales que aguantan la miseria y los asustaviejas. Pero también mucho sentido de la comunidad.

            En el viejo piano también cabe el marisqueo sostenible de las lajas y la pesca, el arte de coger dos mojarritas a la vez, que se dice enchampelás, hacer un aparejo con plomá para la caña de carrete y enganchar en un lance un capitel de una columna de cualquiera sabe de qué templo y que los listos llamaron protoeólico, por acercarlo a los tres estilos griegos.

            —Qué pechá de griego.

            Porque, claro, no sabemos cómo los arquitectos fenicios llamaban a esos capiteles desde que Cartago delenda est. Como Balbo, de familia fenicia y canastera, sabía que los romanos flipaban con el garum, nosotros sabemos que los chinos ansían las holoturias —carajos de mar— para su gastronomía. Y se los llevan a espuertas.

            ¿Cuántos bares como hogares caben en el piano? ¿Cuántos baches (que así es como se llama en Cadi-Cadi) y tabernas cerraron? ¿Qué fue del Maletilla, de La privadilla, que era bar desde 1812? ¿Se han fijado que La Parra del Veedor es bar desde 1791? ¿Quién no se ha comido un lunes de coros una tortilla de papas con sabor a pescao?

            Caben también la cantidad de árboles que nos honran con su sombra. Desde los eucaliptos del Cementerio de los ingleses (una prueba de que si te morías en Cádiz como protestante te podían enterrar) hasta el ombú del parque Genovés o los viejos acebuches que dieron el nombre a otra la isla, la que no era la de la tierra roja. Y aquel gigantesco drago del que hablaremos después.

            En el piano cabe el gran cantaor Silverio Franconetti, que seguro se descojonó y contrató a la chirigota de Las viejas ricas para el Café del Burrero. Y me pregunta, desde el fondo de los tiempos como un disco rallao que no grabó, por qué no cito al músico más grande de Cádiz, al Mellizo.

            —Qué ojana, pisha.

            Tanto éxito tuvieron en la amistad Silverio y los de Cádiz que los chirigoteros cargaron el ataúd del cantaor sevillano cuando se murió. Y perdona Federico pero a mí también me sale eso de:

            —Entre carnaval y flamenco, ¡cómo cantaría aquella chirigota!

            Las viejas ricas cantaban que Cádiz era de plata pero también cáliz de la amargura. Y un tango en el que se señalaba la sempiterna queja de la falta de industrialización y la crisis del comercio. El ciclo de esplendor y mojón puede explicarse con la historia de la calle Plocia, anexa al muelle, que mantuvo hasta los años noventa algunos locales en los que había señoras que se prostituían. Y que nos recuerda a aquellas músicas y bailarinas ("hábiles para el canto y el baile") que Eudoxo de Cícico se llevó en su barco para "el entretenimiento" en su vuelta a África. Aún se escuchaba el rumor del recuerdo de las antiguas noches de juerga, de marineros, borracheras, cabaré y excesos de barrio chino. Y aquel tabaquito americano que ofrecía a los griegos de francachela un Gerión al que dejó sin trabajo el Hércules deslocalizador que se llevó los toros a otro lado.

            La riqueza del comercio de plata y esclavos produjo una calidad de vida que posibilitó que un grupo de gaditanos contratara al mejor músico de la época, Haydn, para que compusiera la música del pasodoble de un templo ostentoso y recogío a la vez. Visitaban Cádiz los románticos con sus cuadernos de notas llenos de impresiones sobre la luz, las torres miradores, sus paseos públicos, sus flamencos, sus filles de Cadix. Goya retrataba a los insignes, se llevaba sus talegos buenos y se recuperaba de sus males. Léo Delibes componía su canción sobre las gaditanas con letra de Alfred de Musset. Como si escribieran el pasodoble de piropo a la gaditana, pero en el rollo cultureta.

            En los salones, a modo de cachondeo de Juan Ignacio González del Castillo, sainetista de las cosas de ese Cádiz ampuloso de majos y petrimetres, de burgueses y protoflamencos, se leía de todo. La prensa internacional. Y se inventa el chiste de la Gaceta de Leiden y la de Lugano. Mención especial para aquella gaditana (¿por qué tiene que ser un nota?) que perdió un vaso en Vicarello con la ruta directa de Cádiz a Roma que tantas veces, imagino, hizo el Balbo para ser nombrado cónsul. Imaginar el vaso de Vicarello lleno de manteca colorá es algo necesario. Y determinante.

            Caben lágrimas. Como las de aquella noche en la que Paco Alba, el conileño que sorprendió a Pemán con su pluma, lloró en el teatro Falla. Y salidas y detalles como lo del zapatero en "Las calles de Cádiz", Ignacio Espeleta, cuando no se acordó de la letra y dijo, en sus alegrías, tirititrán. Para que luego digan "Viva París" cuando alguien canta moderno con la más gruesa ironía, jaleo a la altura de la explicación más basta para la palabra bastinazo.

            Lo explicó el profesor Paco Vázquez cuando aclaró lo de la fama de maricones aireada por un escritor fascista. En Cádiz había prostitución masculina reglada para pasmo de mesetarios, mojigatos que nada entendían y que insultaban, como Cela, a los que aquí nacieron. Pero la Petróleo y la Salvaora son dos exponentes del mariquita de Cádiz de verdad, gloria eterna del arte de vivir y de estar en el mundo, las artistas del hambre y la gracia, a las que llamaban para las fiestas de artistas, artistas de artistas, dando volteretas por el mundo. Dos grandes mujeres. ¿Cuántas hambres no habrán resuelto con esa variante dulce de las gachas que es la poleá?   

            La gracia no es patrimonio sólo de esta ciudad. Hay mil y una formas de exponerla, de compartirla, de considerarla. Pero la rapidez del comentario, su brevedad y su tempo son un arte difícil de superar para alguien que, como Macías Retes, dio en el clavo. Y sobre todo fue el descaro, el atrevimiento contra el poder de esos diez alcaldes franquistas atragantados en la memoria. La cosa es como sigue. José Macías Retes dirige el coro Alí Babá y los cuarenta ladrones en un invierno de 1953. Las Fiestas típicas son el consuelo franquista para los gaditanos. El coro canta en el Ventorrillo del Chato, ante las autoridades. El entonces alcalde de Cádiz, el franquista José León de Carranza, se acercó a su director, Macías Retes (siempre en líos por su militancia política comunista), y ordenó ser fotografiado con ellos. La respuesta: “¡Venga usted, Don José León, un ladrón más o menos no importa!”

            Lo contaba Agustín el Chimenea, autor de prodigiosos trabalenguas carnavalescos, pura jitanjáforas en los estribillos, en sus memorias y anécdotas del carnaval.

            Las neveras voladoras, dice el mito, cayeron sobre los antidisturbios en la batalla de la Barriada de la paz. ¿Qué hubieran hecho los trabajadores de Astilleros en guerra contra los despidos y la reconversión con los fusiles que Fermín Salvochea quiso comprar con la venta de la custodia del Corpus el día que se declaró el Cantón de Cádiz? Cualquiera sabe.

            Quizá muchos de los hijos de aquellos trabajadores fueron a trabajar a Castellón, a sus fábricas de azulejos y lloraron con las cuartetas finales del popurrí. Esas que siempre se van a la Viña. Puede que escondieran su acento o lo prodigaran para obtener los premios de las gracias por ser de Cádiz en el extranjero. Porque no es lo mismo decir yes, que sí, que ji, ni tener el arte para sacar un cuplé que se incrustó en la memoria popular sobre la reja del muelle y el cartel de carnaval que un Alberti "chocho" dibujó para el Carnaval de Cádiz de 1992.

            —¿Qué carajo es eso dios-mío-de-mi-arma?

            Nunca tuvieron sitio en las letras de pasodobles el bárcida Amílcar, la depurada técnica del perchaso de los clavadistas del Puente Canal o el centenario drago derrumbado de la Escuela de Arte del Callejón del Tinte, que se cayó ante la pasividad de las instituciones.

            —Qué pellejazo pegó, ojú-ojú.

            Lo decía el estribillo: ten cuidao con las esquinas, que te encuentras a cualquiera. Y así llegan los morazos inesperados, como sube la marea. Y se acaba pidiéndole al Nazareno que nos de pelazo y no pasemos las fatiguitas de Enrique el Mellizo para librar a sus hijos de la mili.