13 julio 2015

¿En Cádiz? Eso aquí no pasa





David Franco Monthiel


            En Cádiz no hay niños ni niñas que pasen hambre. Ni hay falta de viviendas dignas ni el precio de los alquileres es altísimo, no hay crisis en el comercio local y no hay ni un sólo local comercial abandonado con el cartel eterno de "se alquila", no hay crisis en el tejido industrial de la bahía, no, qué va, no hay, no hay un 40 % de paro, ni una economía sumergida, no hay miseria, ni menudeo, ni contrabando de tabaco, ni numeritos ilegales. No. ¿En Cádiz? Nada de eso.
            En Cádiz no hay una deuda millonaria que sitúa al ayuntamiento en el sexto lugar de todo el estado. No, aquí no hubo un turbio asunto con Cádiz Conecta ni con las pantallas LED, no hubo una tonelada de propaganda en su buzón, señora, de los triunfos del teofilato, no hubo ni hay problemas con el robo de cocaína de las dependencias policiales, no hemos tenido una televisión local radical, parcial, entregada al ideario político claro, no, no ha habido "caridad", sólo la de tirar del teléfono caciquil o la correcta de las instituciones afines y religiosas, no hubo nada en relación a los pisos del Matadero. No ha habido problemas ni dimisiones en masa en Asuntos Sociales, no. No desaparecieron "Los mohosos". Nunca se purgó a funcionarios municipales mandándolos a un palomar a reeducarse. No han dejado pasar el centenario del estreno de "El amor brujo" de Falla, no se ha levantado una estatua a un héroe multimutilado, lejano y sin nombre, y se hecho hijo adoptivo a El tío de la tiza, no han cortado árboles sanos en Candelaria, no se dejó morir a un drago, no se ha construido un mamotreto horrible y caro en Santa Bárbara y se ha terminado de construir el teatro Pemán, no se ha dejado abandonado gran parte del patrimonio de la ciudad y se ha afirmado que era la ciudad que funcionaba, no se le ha echado la culpa a otras instituciones de las penalidades que sufríamos. La anterior regidora, tan venerada, nunca se apuntó el tanto de que con sus propias manos colocó la última dovela de un puente innecesario, costoso, inacabable. No se dejaron atadas y bien atadas las empresas municipales para que pusieran piedras en el camino a los nuevos, nunca se tuvieron problemas con las empresas de amigos que se enriquecían a costa de la seguridad en las playas, no se han borrado los contactos de prensa, no se ha dejado de entregar la documentación que se pide, ni han funcionado las trituradores a tope, no, no se ha dejado el regalito de premiar a tres antidemócratas, nunca hubo gente que llevara treinta años cobrando sueldos grosos, de taco, y han dejado a cada ciudadano y ciudadana con 1700 euros de deuda. Qué va. Ni un sólo problema durante 20 años mientras que los que de verdad sí saben de qué va esto estuvieron gobernando.
            ¿En Cádiz?
            En Cádiz no hay profesionales a los que les importa más las chaquetas del pleno, las zapatillas deportivas, o el estilismo del alcalde, que las políticas que se tratan en el pleno. No, qué va. No, no hay gente que difame llamando John John o Ceaucescu a nadie, nunca han escrito "kichilato", no se han reído de cumplir con la ley de memoria histórica, no existen los que, si se les reprocha una opinión parcial, afirman que estamos jugando con sagradísima la libertad de expresión, esa que no existe en Venezuela, ni en cualquier otro lugar que no haya prensa comercial. No, en Cádiz no hay empresas que hayan esperado cien días para cargar a hierro, no han utilizado en contra del alcalde y sus concejales cada fotografía, cada titular, cada declaración. No, no hubo mala intención en la foto de portada de Kichi a propósito del "pleno de 15 minutos". No lo han puesto con cara de sorpresa, como si no lo viera venir. No, no hay periodistas sin ganas de informar.
            En Cádiz no leemos la misma cantinela de siempre, la misma retórica del miedo, no hay soflamas incendiarias a toda página de defensa del status quo como única forma de desarrollo y mejora de la vida de los mismos gaditanos de siempre. No hay empresas que aún se crean que el mito del progreso no esconde el reverso macabro de la crisis constante, no hay gente que piensa que lo racional es todo aquello que aumente la tasa de ganancia, no hay empresas que presentan un céntimo de pérdidas y piden ERES para despedir a trabajadores. En Cádiz no hay gente blindada para escribir pamplinas de la plaza de Mina, que empuñen las armas del pragmatismo neoliberal para criticar a un ayuntamiento que lleva en el cargo tres semanas, no hay opiniones al dictado de aquellos que han provocado la crisis, que han saqueado las cuentas públicas, que han aparecido en las contabilidades B, que defienden a poderes que nadie ha elegido. No hay iluminados que proponen soluciones al populismo barato como ponerse a "pedir cosas", mendigar planes de empleo o escribir cartitas a esos empresarios tan amables que atenderán, con caridad de la cristiandad, las peticiones del que dos artículos antes había defendido la robinsonada del ser emprendedor como la única salvación ante la flojera congénita del gaditaneo. En Cádiz el periodismo no hace política. No, no, qué va.
            En Cádiz nunca habrá represalias para el que escribe sin respaldos. De eso nada. Porque en Cádiz no hay niños que pasen hambre.

16 junio 2015

El principio de esperanza




David Franco Monthiel

            Fui a San Juan de Dios con nuestro humilde comité de bienvenida. Me emocioné. Los editorialistas dicen que le dimos un baño de masas al alcalde. Quizá fuera porque salió al balcón del ayuntamiento apestando al apulgarado sillón en el que se sentó. Luego, horas más tarde, escuché con detenimiento el discurso de investidura. Me gustó cuando citó a Ernst Bloch, un marxista de la línea cálida que estudió en tres tomazos los mitos de la humanidad, los liberadores y los opresores, El principio de esperanza. Los mitos, el sueño despierto de la humanidad. No sé si Kichi, o la redactora del discurso, ha leído a Bloch. Si la cita fue cita de manual de citas o de búsqueda en el argumentario mítico de la teoría marxista para darse rollo o tinte intelectual. Le quedó bien el detalle aunque pasó desapercibido. Pero a mí me da juego para pensar que un alcalde de Cádiz, viñero y comparsista, profesor de secundaria y sindicalista, citara a Bloch y luego hablara de resolver graves necesidades de la ciudad. Necesidades tan materialistas y viejas como el hambre, el techo, la cultura, el trabajo.
            —Inaudito, picha.
            Porque lo bueno nuevo no es tan nuevo como parece. El discurso de Kichi comenzó aprisionado en el nerviosismo, fue irregular en las propuestas, pero mantenido con pulso en el argumento de las personas corrientes. Entronca con uno de los mitos éticos más antiguos de la humanidad, más que el Cádiz que envejece en la cabeza de muchos y exige con prisa y con mucho editorialismo lo que nunca exigió a Teófila. Osiris le preguntaba al muerto qué hizo de bien. Y uno, para resucitar su carne, dijo: “Di pan al hambriento, di de beber al sediento, di vestido al desnudo y di una barca al peregrino”. Cuatro necesidades como criterio ético de la resurrección. Metáfora de lo que el zombismo gaditano necesita. Siglos después, el fundador del Cristianismo repitió lo mismo. Diecinueve siglos después, Marx –el fundador del socialismo– escribió "¿cuáles son las cuatro necesidades humanas? Comer, vestido, casa y calefacción”. El sábado, Kichi —y Martín—, nombró las mismas cuestiones en el salón de plenos del ayuntamiento de Cádiz. Dos discursos éticos cercados de pataleos sobre la falta de experiencia, las advertencias de salón de los "cheques en blanco" y la narrativa fantástica y de ciencia ficción que afirmó la "magnífica herencia" de desarrollo, progreso y demás vacuidades y publicidad.
            El alcalde también habló de gobernar obedeciendo, cita zapatista que, hace unos años, se coaguló de forma institucional cuando un indio boliviano, quinientos años después de la invasión de su tierra, fue investido presidente. "El que manda es el representante que debe cumplir una función de la potestas. Es elegido para ejercer delegadamente el poder de la comunidad; debe hacerlo en función de las exigencias, reivindicaciones, necesidades de la comunidad. Cuando desde Chiapas se nos enseña que "los que mandan deben mandar obedeciendo" se indica con extrema precisión esta función de servicio del funcionario (el que cumple una "función") político, que ejerce como delegado el poder obediencial". Dice Enrique Dussel en sus 20 tesis de política.
            El poder obediencial es una vieja-nueva forma de hacer política que a muchos, por miedos atávicos y falta de higiene democrática en los baños de masas, costumbres palaciegas y empacho de televisión, da miedo. O no se la creen. O esperan pacientemente a que los errores —necesarios e inevitables—, los tweets antiguos, las fotos de cargos electos borrachos, florezcan para decir:
            —¿Ves? Lo sabía. Iba a quitar la Semana Santa.
            Sólo hubo que leer las columnas de opinión de la prensa local para oler el miedo. La peste. Porque ellos, los del miedo, la exigencia, los cheques en blanco, los comentarios sobre la ropa del alcalde, no van a parar de intentar destruir simbólicamente y cerrarle la puerta al aire nuevo del ayuntamiento. Tanto que celebrarán el regalito de premiar a tres golpistas venezolanos, tres personas que nadie debería premiar.
            Como decía Bloch, necesitamos soñar despiertos. Soñar que el proceso está en marcha y creerlo. Verlo marchar y que responda a la defensa de los más y los más necesitados. A sus necesidades materiales. El mito del alcalde del pueblo para esta ciudad con alma de pueblo, liberal de boquilla, cateta y moderna a la vez, debe abrirse a la fe que crece en la gente que no le votó pero cree en lo que dice y piensa que puede ser útil desde sus posibilidades y tiempos. Porque el nuevo criterio que sustituirá a la injusta ley del bipartidismo y sus voceros a sueldo —ley que mata, silencia y representa intereses económicos de los privilegiados—, es la fe. ¿Qué fe? No se me asusten los jacobinos de salón ni los laicos de extremo centro. La fe es cuando el pueblo cree en el pueblo.
            Los mitos son narrativas racionales en base a símbolos. El mito de Kichi debe hacerse fuerte, enriquecerse con la convergencia a construir por todos y todas. Debe ir más allá de las vanguardias leninistas, de los cotos privados, de los mismos vientos del sur de siempre, de las dobles asambleas, de las direcciones políticas miopes, de la toxicidad, de las mismas rigideces presentadas de forma pública como principios éticos insobornables. Hay que plantear la cuestión del liderazgo para evitar el tradicional vanguardismo o las dictaduras carismáticas. Así como el espontaneismo populista.
            Por eso creo que debemos responder a la llamada como el muezín llama a rezar. Debemos participar, hablar, defender a los que nos deben obediencia. Debemos insistir en la participación ciudadana, en la creación y mantenimiento y resistencia de redes y movimientos, hacer real eso de los pies en la calle.
            Volvemos a aquello de que la crítica de la política es la crítica de la religión. Pero el enano debajo del tablero de ajedrez del que hablaba Walter Benjamin vuelve a ser feo, está rallao y enfadado por viejas rencillas de la izquierda local, es sabihondo y resabiao, con mala leche. Es San Pablo, o la teología, o la participación ciudadana. El  poder obediencial debe comenzar en el acompañamiento popular de dos listas que necesitan de la experiencia, de las ideas, de la gente que defienda este proceso que comienza. ¿Subrayar BOJAS y BOES? ¿Agendas de nombres de jefes de prensa? Lo que sea. La democracia real se liga a la organización efectiva de la participación político-popular.
           
            Porque si pierde él perdemos todos. No va a ser fácil es el adagio que se repite y se repetirá hasta la saciedad cuando aparezcan los fantasmas del cerrojazo patronal, las zancadillas del sentido común gaditano que pregunta si "está preparao" (algo que no se le preguntó a Romaní ni a Jorge Moreno), las dimisiones, el grupo Joly en bloque acechando desde su morenobonillismo de manual. El cálculo: gobiernos en minoría más basura de twitter y fotos del Kichi haciendo nudismo en las dunas de Cortadura más tocarle el bolsillo al clientelismo larvado de la ciudad. Resultado: un gran mojonazo de legislatura.
            Por eso. Tener cada mañana oído de discípulo. Ser guionistas de la realidad, recordando a Azcona, que se suben en el autobús. Ser como Quiñones poniendo la oreja en la plaza de abastos: "Aquí, trabajando", decía al que le preguntaba qué hacía allí.
            Porque comienza el tiempo del peligro, el kairós, y el tiempo del tós por iguá. O el vámono que nos vamo. El principio de esperanza.

19 abril 2015

RESUMEN DE NOTICIAS

El II Concurso de Relatos Cortos «Historias del Café», convocado por el Café de Levante, ha concluido su veredicto esta semana. El jurado ha emitido su fallo el jueves, 15 de abril en los salones del Bar Zapata de Cádiz. David Franco Monthiel ha sido el ganador del certamen y el segundo y tercer premio han sido los trabajos presentados por Victoria Trigo Bello y Susana Suárez Artidiello.
Un total de 75 relatos, han participado en la segunda edición del concurso de relatos cortos «Historias del Café». Los textos han llegado provenientes de distintos países: Colombia, México, Argentina, Cuba, Uruguay, Estados Unidos, Perú, Alemania, Reino Unido, Venezuela, así como de diversas provincias de España.
El jurado, presidido por Javier Osuna y compuesto por Luisa Pascual, Beatriz Estévez, Ángeles Peiteado, José Manuel García Gil y Paco Cano, ha valorado «el atrevimiento verbal y estilístico; su planteamiento y el desenlace del relato, así como su buen gusto narrativo, que ha conseguido construir una historia ?iniciada por Juan José Téllez? que nos conduce a un Cádiz pretérito».
Los trabajos premiados serán leídos y presentados por sus autores en el Café de Levante en un acto oficiado por Teresa Torres, responsable de la iniciativa, en el cual estará presente el escritor iniciador del relato, Juan José Téllez y se hará la entrega de premios.



Noticia 1

Noticia 2

Noticia 3

04 marzo 2015

Disidentes




Disidentes
Antología de poetas críticos españoles (1990-2014)
selección y edición de Alberto García-Teresa

Antología de poesía política y social de poetas actuales que han hecho de la disidencia y antagonismo los ejes centrales de su obra.

Esta antología reúne al conjunto de poetas del Estado español y en castellano que han empleado el poema como espacio de confrontación, denuncia o indagación impugnadora de la construcción de realidad que el capitalismo nos presenta. Nuestra pretensión ha sido componer un panorama exhaustivo de todas aquellas voces que han hecho del verso una expresión de disidencia y antagonismo de una forma constante o en amplios tramos de su trayectoria.
Se recogen así una diversidad de abordajes y una multiplicidad de registros que constatan que la perspectiva crítica sobre el presente no implica la adopción de una propuesta estética determinada. Muy al contrario, aquí conviven modos de denunciar, transmitir y provocar muy diferentes. Y de una firma a otra, de un poema a otro, Disidentes termina componiendo una panorámica privilegiada sobre la pluralidad de voces que luchan desde los conflictos sociales, políticos y ecológicos que hoy nos atraviesan. Nuestra antología se erige, de este modo, tanto en mapa como en jalón de ese camino siempre necesario y transitado de la resistencia política y de la disidencia.






«Este libro abarca un período que arranca en el albor de la disolución formal de la URSS, que dio paso a una nueva configuración política e ideológica del mundo que llega hasta la actualidad. De cada poeta incluido, que debía tener al menos un poemario publicado, se han escogido piezas editadas en estos años, a pesar de que en algunos casos contara con obra publicada con anterioridad, siguiendo un criterio de calidad en la elección de dichos poemas, atendiendo a su valor en sí, no como representación de cada una de sus trayectorias, y observando también este propio libro como unidad.»

http://laovejaroja.es/disidentes.htm





27 diciembre 2014

Lista de 2014



  1. Raúl Argemí, Siempre la misma música
  2. Nick Pizzolatto, Galveston
  3. Leonardo Padura, Vientos de cuaresma
  4. Leonardo Padura, Máscaras
  5. Leonardo Padura, Pasado Perfecto
  6. Leonardo Padura, Adiós Hemingway
  7. Leonardo Padura, Paisaje de otoño
  8. García Pavón, Nuevas historias de Plinio
  9. García Pavón, El reinado de Witiza
  10. García Pavón, Las hermanas coloradas
  11. García Pavón, Historias de Plinio
  12. Alejandro Gallo, Asesinato en el Kremlim
  13. Paco Ignacio Taibo, II, Amorosos Fantasmas
  14. Paco Ignacio Taibo, II, Días de combate
  15. Paco Ignacio Taibo, II, Desvanecidos difuntos
  16. Paco Ignacio Taibo, II, Sueños de frontera
  17. Paco Ignacio Taibo, II, Sombra de la sombra
  18. Paco Ignacio Taibo, II, Regreso a la misma ciudad y a la misma lluvia
  19. Paco Ignacio Taibo, II, Cosa fácil
  20. Paco Ignacio Taibo, II, Algunas nubes
  21. Vázquez Montalbán, Sabotaje olímpico
  22. Vázquez Montalbán, Historias de amor
  23. Vázquez Montalbán, Historias de política ficción
  24. Vázquez Montalbán, Historias de fantasmas
  25. Vázquez Montalbán, El hermano pequeño
  26. Vázquez Montalbán, El laberinto griego
  27. Vázquez Montalbán, El balneario
  28. Vázquez Montalbán, La soledad del manager
  29. Vázquez Montalbán, Los mares del sur
  30. Vázquez Montalbán, Asesinato en el comité central
  31. Vázquez Montalbán, Roldán, ni vivo ni muerto.
  32. Vázquez Montalbán, Asesinato en Prado del Rey…
  33. Vázquez Montalbán, Tatuaje
  34. Vázquez Montalbán, La rosa de Alejandría
  35. Vázquez Montalbán, Los pájaros de Bangkok
  36. Vázquez Montalbán, El delantero fue asesinado al atardecer
  37. Petros Markaris, Pan, educación, libertad
  38. Petros Markaris, Defensa cerrada
  39. Petros Markaris, Noticias de la noche
  40. Petros Markaris, Suicidio perfecto
  41. Petros Markaris, Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos
  42. Maj Sjöwal y Per Whäloo, El policía que ríe
  43. Maj Sjöwal y Per Whäloo, El hombre que se esfumó
  44. Maj Sjöwal y Per Whäloo, El coche de bomberos que desapareció
  45. Maj Sjöwal y Per Whäloo, El hombre del balcón
  46. George Pelecanos, Mejor que bien
  47. Osvaldo Soriano, No habrá penas ni olvido
  48. David Peace, Red Riding Quartet 01
  49. Jean-Claude Izzo, Chourmo
  50. Jean Patrick Manchette, Dejad que los cadáveres se bronceen
  51. Jean Patrick Manchette, Fatal
  52. James Sallis, Drive
  53. Silvia Adela Kohan, La trama del cuento y la novela
  54. Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata
  55. Andrea Camilleri, La voz del violín
  56. Franz Hinkelammert, La maldición que pesa sobre la ley
  57. Daniel Chavarría, Lo que dura dura
  58. Santiago Lorenzo, Los millones
  59. Juan Madrid, Los hombres mojados no temen a la lluvia
  60. Jorge Ibargüengoitia, Las Muertas

21 octubre 2014

PELECANOS

Tú sabías cuál era tu sitio, desde el principio tuviste claro (lo sentías en tus entrañas, según afirmaste) que ese sitio estaba tras del mostrador de la cafetería, no con los oficinistas encorbatados.

Exacto. Por eso escribo sobre lo que escribo. Todo se resume en eso. En esa división de clase y raza. Esa es la razón por la que mis libros suelen tratar sobre gente de clase trabajadora. El sur de Washington DC, la ciudad federal, los políticos, la gente con dinero… Yo no pertenezco a ese mundo, pero es que además tampoco me interesa. Me he ganado muy bien la vida, así que no puedo negar que de alguna manera [sonríe imperceptiblemente] ahora soy uno de ellos, pero no vivo mi vida como lo hacen ellos, sigo viviendo en el barrio donde crecí. 

12 septiembre 2014

Dos mundos

¿Te gustaba más estar en casa o en la calle?
Ahí está precisamente el motivo por el que era raro. Y eso nos lleva al motivo por el que he escrito The sex lives of siamese twins. Era como si tuviese un hermano siamés, y a uno le gustase el deporte y al otro el arte. Yo estaba dentro de los dos mundos. Me encantaba estar con mis compañeros de fútbol, ir a los billares y a clubes de boxeo, pero a la vez amaba la música y la literatura, escribía y pintaba. Me sentía a gusto entre la gente creativa, entre artistas. Me gustaba hablar con ellos y compartir de algún modo su angustia interior. Amaba ambos mundos por igual. Sin embargo, tras esto me topé con algo que odio. En el mundo del deporte parece que solo puedes ser el típico ceporro sin demasiadas inquietudes intelectuales, lleno de certezas y estrecho de miras. Y del otro lado, la imagen que se tiene de los artistas es de personas débiles y ñoñas, con muchos problemas imaginados en la cabeza. Así que no conseguía completarme en ninguno de los dos mundos, no encontraba un hogar feliz en ninguno de los dos. Detesto el modo en que la sociedad intenta imponernos estos estereotipos, cómo intenta especializarnos en vez de favorecer personas completas desde todos los ángulos.
¿En algún momento alguno de los dos lados de tu personalidad devoró al otro? En mi adolescencia, por ejemplo, alternaba mi afición por la literatura con el hecho de pertenecer a un grupo de mods y skinheads. Al final, el grupo acabo monopolizando mi vida y visión, y pasé cinco años sin leer. ¿Viviste algo parecido?
No, de hecho siempre estuve militantemente convencido de que ambos mundos podían ser compatibles. Y lo sigo estando. La mayoría de los amigos con los que crecí son matones ex-hooligans, y casi todos trabajan en la construcción; son unos monstruos enormes. Me ven como uno de ellos, pero la verdad es que yo siempre he sido el rarito. Ahora eso les encanta, de acuerdo, con el tiempo han acabado por apreciarlo. Podríamos decir que han vivido tanto tiempo con ello que han acabado por aceptar y celebrar mi lado excéntrico. Por otro lado, mis amigos del mundo del arte y la literatura me ven como un pirado violento y peligroso, con un pasado complicado pero valiente y aceptado en el mundo artístico. Es curioso cómo paso de ser un intelectual flácido a un tío duro que no teme decir lo que piensa, sin dejar de ser yo mismo [ríe]. A veces, durante el Festival de Edimburgo, mezclo a mis amigos de toda la vida con mis amigos de los círculos artísticos de Londres y nos vamos a beber. Nunca hay problemas, porque la gente se ha vuelto más generosa con los años, pero es casi como si alguien de Marte y alguien de Venus intentasen hablar. 

Irvine Welsh hablando con Amat AQUI

06 agosto 2014

Recordando a Silverio



Uno de estos días, acabábamos de tomar café en el Pasaje Eritaña; nos salimos allí a la puerta y llega una criada: 
—Oiga ustá, don Antonio, de parte de Antonio Fuentes que haga usté el favor de venir. 
—Pues dígle usted a Antonio fuentes, de mi parte, que no voy porque no me da la gana. 
(Era una época en que Antonio Fuentes estaba en to su apogeo; hacía unos años que había muerto Espartero y en esos momentos era él y Mazantini y Guerrita os que mandaban) 
Y yo, claro, me quedé…

—Hombre, Antonio, perdone usté, ¿pero Antonio Fuentes?

—Si eso es un mascapuros, si no interesa nada, nada; y usted, señora, le dice todo esto que yo he dicho, y tenga usted cuidado de decírselo todo tal y como yo lo he dicho.

Se va esta señora y a cabo de un rato vuelve otra vez.

—Oiga usté, don Antonio, de parte de don José García el Argabeño —por el padre, el viejo—, que haga usté el favor de venir.

—Ahora sí, diga usted que voy para allá inmediatamente.


Me quedé así, mirándole…, y me dice:

—¿Qué miras? Ahora voy porque este señor lo merece, pero el otro no, el otro no paga nada, es un mascapuros, no hace más que decir que se llama Fuentes, pero cuando él va a torear siempre pone la mano y pide lo suyo, y luego hay que pagarle el vino que se bebe; y cuando llama a un artista…; en fin, Joselito, anda vente.

—Yo no, ¿cómo voy a ir?, mire usté, Antonio…

—Que te vengas he dicho. ¿Quién está allí señora?

—Pues allí están Fernando el Herrero y Carne Membrillo tocando la guitarra, porque como no se le encontraba a usté, pues mientras a usté se le encontraba han llamao a estos señores.

Llegamos a la casa donde estaban, en la calle Abades; se sentó y empezaron a pedirse explicaciones.

—Tocayo, le he mandao llamar…

—No me hable usté de eso; ya sabe que usted que entre nosotros no cabe el que yo tenga que cantarle a usted, fuera aparte de las juergas en que estemos como amigos; ¿pero mandarme cantar ¡A mí, cuando se me manda cantar hay que pagarme y como me merezco!

—Bueno, hombre …—le dice a Chacón el Argabeño—, pelillos a la mar; vamos a dejar eso Antonio, su tocayo de usté es buen amigo y le quiere mucho a usté mucho.

—Sí, sí, y yo a él, pero en otro sentido del ambiente de juerga.

—Ea, pues vamos a tomar una copa de vino.

Empezamos a beber; mandaron por la cena al Pasaje del Duque y ya luego estuvimos cantando Fernando el Herrero y yo bastante rato. Fernando cantaba mejor que yo, en aquella época, porque me llevaba años y tenía más conocimientos, de manera que yo hacía las cosas de muchacho.

Y allá a las tres de la noche, porque tó este tiempo Chacón no estuvo más que en conversación, bebiendo y alternando, pues va y dice:

—Bueno, pues voy a cantar.

Y a esa hora, y como era verano, no había un balcón en la calle Abades que no estuviera abierto, y la gente escuchando, como si estuvieran escuchando a los ángeles. Era entonces cuando Chacón estaba en tó su apogeo. Y se le ocurrió al Argabeño decir:

—Oiga usté, Antonio, ¿por qué no canta usté un cante de Silverio?

—Con mucho gusto.

Y me acuerdo que cantó un cante de Silverio que tó el mundo llorando por la cara abajo. Se levantó Fernando el Herrero y le dijo:

—Oiga usté, Antonio, le voy a pedir un favor, dígamelo usté de corazón, ¿es que ese hombre podía cantar eso mejor que usté acaba de hacerlo?

Y tenía Chacón el sombrero en una percha, se levantó y cogió el sombrero, se cuadró, se puso los pies firmes y dijo:

—Señores: para hablar de ese señor hay que descubrirse ¡mucho mejor que yo!

Y claro, tos nos quedamos asombraos del respeto que le tenía Chacón a Silverio, y de quién sería ese hombre en su época.

Aquí, en esta fiesta, tendría yo de dieciséis a diecisiete años, que a raíz de esto fue cuando yo estuve de juerga con un torero de Córdoba…

Pepe el de la Matrona, Recuerdos de un cantao sevillano, recogidos y ordenados por José Luis Ortiz Nuevo. Ediciones Demófilo, 1975.

13 mayo 2014

Reivindicar a Plinio









David Monthiel





La modernidad, o su último giro ensimismado que los listos llaman posmodernidad, sigue a lo suyo con su timo mundial: dar por hecho que el conocimiento producido por hombres blancos de cinco países (EEUU, Inglaterra, Alemania, Italia y Francia) posee un incontestable criterio de universalidad. Todo lo demás es worldmusic, estudios postcoloniales o folklorismo. No sólo hay que leer a Ramón Grosfoguel para darse cuenta de que el eurocentrismo también deja fuera —empezando por arriba— a la “Europa que fue”, es decir, la del sur. Aquella que Kant y sus coleguitas consideraron, con ingenuidad racista, África. Si seguimos por abajo —dentro de la plurinacionalidad de la península ibérica— se repiten las mismas cuestiones epistemológicas sobre qué es “lo que importa” en el mundo de la cultura y el conocimiento, qué es folklore, qué es costumbrismo, qué es ser chacha y qué es ser señorita. No es de extrañar que los potentes signos culturales del sur del territorio fueran vampirizados culturalmente (atuendos, bailes y música universal) para representar a todo un estado allende las fronteras, a partir de las cuáles sí se podía inventar. Ya fuera un microscopio o una identidad nacional. Hacia dentro, la comunidad depositaria de aquellas joyas culturales, fruto de la mezcla de culturas, razas y siglos (de purezas estamos hasta el coño, la verdad), fue banalizada por los tópicos que un sueco puede reconocer, en pelotas, en una playa virgen de Cádiz (¡“Flamencow”!) y es considerada comunidad de segunda y culturalmente atrasada, vaga, cateta y demás comentarios racistas.

            La modernidad y sus epígonos nos brindaron el colonialismo cultural estadounidense. El imperio de los sentidos que abrazamos. En el sur tuvimos las radios de las bases y todo lo que de “moderno” tuvo en la escena del rock de la Baja Andalucía. Eso está estupendo. Lo nuevo, la imaginería beatle, los jipis y muchos etcéteras. Pero al paso de los años todo quedó en nada, en salas vacías con grupos locales de rock. En mi caso, en un imaginario, algo trastornado, poblado de institutos de Chicago con chulitos, animadoras y nerds, suburbios en los que se cuece una pamplina y SU música (desde la Motown hasta Subpop); imaginario en el que Santiago Donday o Terremoto de Jerez no eran nadie hasta que cogí por el camino de Damasco.

Pero esto no responde a por qué para los intelectuales siempre han sido mejores y más guays, con más flow, los autores como Bret Easton Ellis o David Foster Wallace que Manolo Vázquez Montalbán, Francisco García Pavón o el mismísimo Fernando Quiñones. ¿Por qué? Porque aquellos trataban temas candentes (me da la risa) en la modernidad, paridas y angustias de sujetos aplastados por la metrópoli que siempre dejó fuera, no entendió o consideró tercermundista, el sentir y la materialidad de gente como La Legionaria y su saber milenario, a Biscuter y su cosmopolitismo catalán y a Plinio, el local de Tomelloso que resuelve crímenes.

García Pavón siempre estuvo ahí. Escondido, como referencia de la novela policial, olvidado por el canon, denostado por los listos y gafapastas hasta que un gafapasta lo reivindicó (como esos malditos cazatendencias que regresaron a los absurdos teclados ochenteros que ya creía destruidos para siempre jamás). Sus libros son baratos, se encuentran en las bibliotecas o en librerías de viejo. Y cuando se lee las solapas se descubre que el tomellosero ganó un Nadal y tiene otros escritos más “decentes” para los anales que se sientan en las pesadas sillas de la academia. La “cruzada”, qué palabra más estadoespañolista, de Lorenzo/Amat para reivindicar a Plinio y sus cosas es correcta. Quizá fue esta idea de que no hace falta ser de Kentucky o Birminghan para escribir bien sobre cosas que todos conocemos más que nadie, que existe una realidad en Tomelloso o en Tarifa que puede ser entendida al cien por cien por los que vivimos cerca. Las usanzas y expresiones de los personajes de García Pavón son lo que son. Reales y muy diferentes a la cosmovisión colonizada de un joven que aspira cocaína en antros con música tecno y luego siente miedo a la muerte o a la agonía en una habitación de hotel donde la intermitencia de un neón pone luces tristes a la epifanía del suicidio colectivo de las sociedades occidentales.

Olvidaos del costumbrismo. El costumbrismo es un adjetivo malévolo. Es costumbrista un garito de Manhattan repleto de gilipollas con barbas puestos de heroína, y no otro tranquilizante, porque volvió a estar de moda desde que Seymour lo petó con nosecuántas papelinas. Y porque en MSN noticias viste una foto de un yonki chic metiéndose un pico. Y no es mejor que el costumbrismo de la cola del Dia, sus cajeras, sus vidas, su humor, su rabia. Sus historias.

Hay que leer a Plinio por los ambientes tomelloseros (las calles, los patios, la plaza, la cueva, el casino, el cementerio), por el lenguaje exquisito y su castellano de regomello, mamellas, al contao, revinar, por el calor humano de los bares y la posibilidad comunitaria al comer y al beber, por la churrería de la Rocío, por parar el tiempo e invitar a pensar mientras se lía un caldo compartiendo la petaca, por la manera entrañable con la que García Pavón describe a sus personajes y coloca su cuerpo en la historia o en el largo eco del alzamiento militar, porque el caso es factible y negro, a veces, triste y descorazonador —como el de las hermanas coloradas— o fruto de una gran broma, como el Witiza. Otras, se trata de un lío de familia. O de un hombre sólo. Porque Pavón sabe quiénes son los que importan frente a los importantes y es capaz de mostrar con elegancia y hechos, a veces entre líneas, la mezquindad de un régimen que permite que una señora supuestamente muy importante se quiera aprovechar de la coyuntura de un cadáver y la dignidad de dos homosexuales de pueblo. Todo está en “El reinado de Witiza”.

Porque uno está cómodo, a gusto, sin hablar en la cueva de Braulio el filósofo, se hubiera reído mucho con lo del baño en la cuba de vino, va de lujo en el coche de Don Lotario a pesar de ser un Ford T o un seiscientos. Porque uno sabe que El Faraón volverá a alegrar las largas tardes del Casino de San Fernando con una historia suculenta repleta de giros y gestos de chirigota. Porque en sus libros (reeditados en Rey Lear) se habla de las cosas de la vida con naturalidad, sin aspavientos de película o negritud heredada de la novela estadounidense o con el rollazo de un intelectual mamón de colonialismos.

Olvídense un poco de Conolly, Black, Winslow, Lehane, Pelecanos, de Nesbo, de la falsa publicidad de la novela negra sueca. No digo que no los lean, ni se diviertan con sus tramas. Pero reconozcan que ellos siempre hablan de lo mismo y de los mismos. Recuperen y lean a García Pavón porque habla cara a cara (panim el panim) de cosas importantes. Léanlo porque escribía sus novelas en un verano. Y estoy seguro que se lo pasaba estupendamente. Porque aquí el “hardboiled” es el hervido de un cocido que te sabe a gloria. Y sobre todo porque el trabajo policial de Plinio es de autoridad servicial y no de poder ensimismado. Una maravilla.