27 mayo 2007

Vendrá la realidad y nos encontrará dormidos- Santiago Alba Rico


UN niño que se lanza por la ventana después de ver Supermán no lo hace creyendo que todo lo que ocurre en el cine es real sino porque, a fuerza de ver cine, acaba por creer que todo lo que ocurre en la realidad es mentira. Los hombres estamos naturalmente inmunizados contra la experiencia y sobre todo contra la experiencia de lo peor; lo estamos también artificialmente por mediación del espectáculo. La infinita sucesión de imágenes de la que en cada uno de los instantes es heredera nuestra percepción nos inscribe en un mundo en el que todo lo hemos visto ya antes. El cine nos impide pensar lo nuevo porque toda novedad ha sido ya, antes de vivirla, cinematográfica. Lo dejá vu -todas esas imágenes amañadas de catástrofes, explosiones, guerras y apocalipsis, retoños de un repertorio que de antemano ha cubierto todas las combinaciones y todas las peripecias- lo dejá vu, porque ha sido visto en la pantalla, nos impide representarnos las verdaderas dimensiones de lo que ha acaecido. La irrealidad es siempre soberana: teníamos miedo de acabar creyendo real una mentira y hemos acabado, al contrario, nihilizando, de cabo a rabo, todo lo real.(...)
¿Hemos vivido siquiera la tragedia? Las víctimas del atentado han sido, al parecer, las más civiles, las más inocentes de la historia. Ideológicamente eso funciona. Somos tan hombres como todos los que nos han precedido y sucumbimos como ellos a las ilusiones de la identificación aristotélica, tan sujeta a manipulaciones: cada uno de esas personas enterradas entre los escombros podría haber sido yo (bebían la misma marca de café, vestían de la misma forma, oían la misma música y compraban en los mismos supermercados). Para el recorrido inverso, mucho más vasto, mucho más ambicioso, mucho más puro, el que nos permitiría reconocer que cada uno de nosotros podría ser un afgano (o un palestino o un iraquí) hace falta ampliar mucho el campo visual, descontaminar rádicalmente la mirada; desembarazarse de la ideología, donde todo es orden, claridad, destino, elección, y situarse en la realidad, donde nuestra vida de pronto aparece vapuleada por el azar, la fortuna, los ciclos de unas leyes ciegas que deciden si podemos o no comprar café independientemente de la idea más o menos grandiosa que nos hayamos hecho de nosotros mismos. Pero antes de la ideología, lo decisivo nada tiene que ver ni con la inocencia ni con la civilidad; tampoco con la compasión. Seamos sinceros: nadie ha sentido nada tampoco por estas víctimas. De derechas o de izquierdas, patriotas o disidentes, el placer de ver volar las torres era demasiado grande como para medir sus consecuencias. Como el niño que ve a su tío sacarse un bombón de las orejas o una carta de la manga, implorábamos excitadísimos en silencio: "Que vuelva a hacerlo", "que vuelva a ocurrir". Y entonces, sin necesidad de utilizar más aviones ni de multiplicar los muertos, la televisión nos brindaba la repetición. Lo malo es que la repetición misma anulaba, anula, el acontecimiento: la primera vez era ya, no una catástrofe cierta, sino una repetición. Todo en nuestro mundo es la repetición de algo que no ha ocurrido nunca.(...)
Si el capitalismo es compatible con alguna forma de civilización, esa civilización está loca, demente, perdida, podrida. Dejaremos que hagan saltar en pedazos nuestro mundo con la misma terrible ligereza con que el niño salta sin alas desde la ventana, convencido de que en las malas películas nadie se estrella contra el suelo.

Del prólogo "Capitalismo y Civilización"

4 comentarios:

la luisa dijo...

elaín, grande. nos vemos prontico prontico ya. que no? besos, l.

David Franco Monthiel dijo...

inmenso, radical (de la raíz) tremendo libro este.

ofcourse ke nos vemo en breve, malandrína.

muchos ezos y ezas

inwit dijo...

Aún digo más: es que NOS VEMOS PRONTO!!!!

Que ya eran horas, noverdá?

:-)

Anónimo dijo...

este autor es un estupido