11 agosto 2010

Desde Tower Radio, julio de 1934

Por las puertas giratorias se cuelan los acordes de una orquesta que lleva mi nombre (Perlman’s Playboys). Una radio en la pared vocifera la grabación de mi famoso serial “Las aventuras de Amos Marx y Andy Marx”. En la sauna, el público canta el estribillo de mi canción que está en boca de todos: “Sólo soy un masajista vagabundo”.
Y sin embargo, parece que fue ayer —bueno, anteayer; de acuerdo, como quieran… parece que el martes hizo tres semanas que yo no era más que un humilde tejedor de sueños trabajando en mi telar y para mi un micrófono sólo era un instrumento musical que se tocaba con palillos de batería.
El anticuado caballo acababa de ser suplantado por el teléfono (llamado más tarde ‘Folie Marx’ —ver cualquier información mercantil del momento). La guerra Hispano-Americana se había representado tres semanas en las Filipinas y fue un fracaso de taquilla. Robert Hudson iba a toda máquina por el Fulton y yo echaba humo en la radio.
En aquel entonces la radio era un juguete de niños. (Yo solía sacar los tubos y tirarlos contra la pared para oírlos estallar.) ¡Y fíjate ahora! ¡Oh tempora! ¡Oh Morris! (Morris era el ascensorista de la emisora GWAW en la que yo empecé.) Bueno, casi no sé por dónde empezar. Y tampoco sé cuándo parar. Denme sólo un par de copas y ustedes mismos lo comprenderán.
Supongo que debería empezar con Marconi. Aunque casi nunca empiezo con Marconi. Prefiero empezar con entremeses para continuar con un plato de Minestrone y avanzar gradualmente hasta llegar a Marconi. Lo que me recuerda que tengo que desempolvar mi italiano. Bien sabe Dios que Penelli me ha desempolvado muy a menudo y es justo pagar con la misma moneda.
Marconi, DeForest y yo estudiamos juntos segundo durante seis años en el viejo Gorgonzola. Yo estaba siempre inventándome cosas para que ellos sacaran buenas notas. Ahora lo paso mejor. Doy la nota en todos los sitios.
Trabajábamos como un solo hombre. (Dos de nosotros siempre estábamos ganduleando.) Pero teníamos un problema con DeForest. En cada actuación metía un numerito romántico. Al final, la cosa estaba tan mal que DeFuera no podían oír al trío.
Pero volvamos a lo de antes. En una ocasión, Marconi estuvo levantado toda la noche dándole al tarro (era un gran ceramista) y por la mañana anunció orgullosamente:
“¡La noche pasada tomé Chile!”
“¡Marconi, estás borracho!”, le chillé. “Por qué no has tomado otra cosa.”
Eso hirió su orgullo y continuó hasta que tomó Siam, el Estrecho de Penang, el norte de Mongolia, Nagasaki, Kankakee, Kamchatka y una porción de Sarampión alemán. Después, todo fue coser y cantar.
Al dejar la universidad, probé suerte en el teatro sosteniendo a mis tres hermanos en un número acrobático. Pero todo el peso recaía sobre mis hombros. Así que lo dejé. Los chicos estaban perdidos sin mi apoyo. De hecho, han sido incapaces de ganar un centavo por sí mismos desde entonces.
En aquel momento sentía que no había lugar en el mundo para ellos. Yo era un inadaptado trajeado, un tornillo pasado de rosca en la maquinaria de la vida. No podía siquiera mirarme a la cara. No tenía suficiente dinero para comprarme un espejo.
Un día iba yo con mi organillo, deambulando ocioso e incómodo —sustituía a un organillero italiano. De repente, un cartel me llamó la atención —un comentario desagradable. Retrocedí y leí: “BOLERAS GINSBERG, se necesita colocador de bolos”. Dudé si entrar y pedir el trabajo, porque no había comido desde hacía tres días y me temblaban las piernas.
Finalmente me armé de valor y me colé por la puerta giratoria que daba a una emisora de radio. Todavía atontado por la sorpresa, o atontado simplemente, me dirigí al matón de la puerta: “¿Dónde puedo encontrar la bolera de Ginsberg?”. Y me contestó: “Esto es un estudio de radio, amigo. Lo de ahí fuera es un anuncio publicitario. Lo que nosotros buscamos es un cantante romántico”.
Yo salté rápidamente: “Acabo de ver uno que doblaba la esquina cuando yo entraba”.
Eso le dejó por los suelos y, antes de que se levantara a la cuenta de nueve, yo ya me había instalado como director y echado a la calle a todo el personal.
No quería que mi gente supiera que me había metido en la radio. Siempre les había prometido que me ganaría la vida honestamente. Así que oculté mi identidad bajo el seudónimo de Roxy. Con el nombre de Roxy me convertí en un productor famoso y me hice un brillante nombre con las bombillas fundidas.
Pero aún no estaba satisfecho.
Había visto cómo, bajo mi dirección, Kate Smith, Crosby y Morton Downey alcanzaban la gloria. ¿Y qué había sacado yo de eso? ¡Un miserable ochenta por ciento!
Quería salir en las ondas. El propietario de la emisora a la que yo sacaba mis cuatro grandes a la semana, y que aún estaba situada en la Bolera de Ginsberg, me prometía una y otra vez que saldría al aire. Por lo menos tres veces al día me decía: “¡Groucho, besugo integral, como vuelvas a hacer eso otra vez te mando a tomar aire!”.
Pero al fin llegó mi oportunidad. Nuestro principal cantante romántico también limpiaba el hueco de la escalera y un día se cayó por él. No había nadie que le pudiera sustituir, por lo que llené el hueco. En vez de interpretar Hamlet, como cualquiera hubiera esperado, hice una interpretación hamletiana de esos cuatro hawaianos, los Hermanos Marx.
Estaba haciendo de rumbero después de terminar mi número cuando Ginsberg salió disparado y gritó: “¡Válgame Groucho! ¡Ha hecho usted una pantomima!”.
Me sacudí el abrigo, me enrollé las mangas de la camisa y le espeté muy digno (él acababa de entrar): “¿Está intentando enseñarme mi oficio?”.
Pero la posteridad (que entonces estaba a la vuelta de la esquina) me dio la razón. Las cartas llovieron —de hecho aún llueven— declarando que la hora silenciosa de los Marx había sido lo mejor que habían oído jamás en la emisora GWAW.
Por todos los lados se me conocía como el hermano silencioso de los Marx. Luego le vendí el título a mi hermano Harpo —un famoso arpista del que es posible que hayan oído hablar y que en ese entonces estaba como un flan persiguiendo un plan con una belleza explosiva. Como nadie me había visto ni oído aún, las cosas resultaban bastante fáciles, excepto lograr que Harpo se contentara con cobrar la mitad.
Así que allí estaba yo, a mi tierna edad y ya en la radio, con un nombre que las madres usaban para asustar a sus niños, libre de compromisos y montando el número (en realidad, un treinta y seis.)
Un día, rebuscando en Azar, mi residencia de verano junto al Hudson, decidí convertirme en un maestro. Me hubiera podido convertir en un maestro de ceremonias, pero jamás he soportado las ceremonias.
Reuní un fagot, un tipo que tocaba la viola como si fuera un caballo, y tres que tocaban el bombo. Entonces me dispuse a salir en antena como Maestro Marx y sus Musculosos Locos de la Melodía.
¿Podré olvidar algún día la noche del estreno? Espero que sí. Llevo años intentándolo. La verdad es que fue una noche de gala. ¡Las rosas, los tulipanes, el confetti! Todos los críticos estaban allí. Pensándolo después, a mi me pareció que todos los que estaban allí eran críticos. Intenté dirigir con el saxofón. Ese fue mi primer error. El profesor McGinsberg, mi instructor de boxeo, me decía siempre que dirigiera directos de derecha. Durante aquella primera emisión, cometí un pequeño error. El aplauso se me subió a la cabeza. Quedé confundido y en lugar de tocar el saxofón frente al micrófono, toqué el micrófono frente al saxofón.
Poco después, por motivos que no vienen al caso, me cambié el nombre a Rudy Vallee y, sin pecar de inmodesto, puedo decir que, bajo ese nombre, mis trabajos con la orquesta se vieron coronados por cierto éxito.
Nunca me hubiera convertido en un cantante romántico de no haber sido por un ligerísimo accidente. Una tarde estaba tomando el té con Madame Alto-Contralto, la distinguida cantante de ópera, cuando se me ocurrió mirar por la ventana y observar una cabra en un cartel que anunciaba cerveza; por un momento pensé que estaba en el Chalet Marx, en mi vieja y querida Suiza, y me arranqué con una canción tirolesa.
Madame Alto-Contralto dejó su cuchillo y me clavó sus penetrantes ojos negros. “Mi querido muchacho… macho… acho…”, gorjeó, viniendo a mi encuentro, “no tenía ni idea de que tuviese esa voz de o… o… ro, eees unn don.”
“¡Y una mierda!”, le espeté. “¡Me costó diez mensualidades en una escuela por correspondencia!”
Madame Alto-Contralto fue disparada al teléfono para llamar ni más ni menos que al renombrado Professor Ginsbergsky. Parecía que el profesor estaba ahora en su casa de la parte alta de la ciudad. La emisora GWAW se había convertido en la emisora GWOW. El profesor estaba forrado. Ella le dijo al profesor, en términos muy claros (los términos, para ser exactos, eran un dólar para empezar y un dólar a la semana), que tenía un nuevo descubrimiento para él, un cantante romántico.
“Envíemelo inmediatamente”, oí contestar al profesor, “¡pego envíelo pgepagadó!” ¡Querido y viejo profesor! ¡No había cambiado!
Para acabar con esta larga historia, diré que cogí el trabajo. Firmé un contrato con el profesor comprometiéndome a hacer todo el trabajo de canto de su emisora. Yo era un cuarteto, tres tríos, un flautín y los Four Eton Boys.
Pensaba que todo el monte era orégano. Pero una mañana desperté y descubrí algo terrible. Me había cambiado la voz. No podía subir del bajo.
Desde aquel día, se me cerraron todas las puertas en la radio. Las que no estaban cerradas estaban protegidas por matones con órdenes de echarme a la calle.
No me quedaba otro remedio que entrar en la Gran Opera. Creí oportuno volver a cambiarme de nombre. Poca gente se da cuenta de que Chaliapin, el nombre que uso cuando malinterpreto noticias ante La Herradura Dorada (por no hablar de las muchas oxidadas), es simplemente Groucho Marx deletreado al revés.
La ambición ardía todavía en mi interior, aunque durante mucho tiempo tuve la impresión de que era mi vieja acidez.
Como resultado, los cinco comentaristas de radio más importantes del momento soy yo. Me oyen como Edwin C. Hil, Boake Carter y Lowell Thomas, así como también H.V. Kaltenborn y Frederic William Wile.
Por fin soy feliz. Siento que he encontrado mi metier, que es el de interpretar las noticias de modo que nadie pueda entenderlas. Siempre soy el último en llegar a la escena en la que las noticias se están produciendo, por eso me encargo de las últimas noticias.
Pienso que hay demasiadas cosas en el mundo que la gente puede comprender. Si les das las noticias de manera que no las entiendan, tendrán algo en lo que pensar.
Y si el pensar les mantiene fuera de los billares, ya me doy por satisfecho. Es lo que tenía en la cabeza la primera vez que le expliqué lo que era la radio a Marconi.

Groucho Marx en "Groucho y chico, abogados", Tusquets Editores