12 mayo 2014

Chelsea Wolfe, la antiutopía es bella

David Monthiel 


 Afirma Trent Reztnor que todo es una copia de una copia en un disco (antiguo, del 2013) catalogado por Nacho Canut de “dance hecho por hombres blancos con una cierta edad”. 49, en concreto. Estoy de acuerdo, con los dos. Referencias: las hay a porrillo en el disco de Chelsea Wolfe. Pain is beauty está continuamente haciendo notas al pie a la electrónica que da yuyu, a los ambientes de desesperación sónica y a letras crípticas, algo que siempre me ha sonado a que las autoras no se ocupan mucho del discurso y sus repercusiones. 

La descubrí en un canal folk de Somafm. Gran cantera de músicos y músicas como Stephen Steinbrik, Other lives, la islandesa Olof Arnalds, los muy interesantes y worldmusiqueros Round Mountain. La atmósfera doom de las oscura canciones flokies de Chelsea siempre destacan entre tanta tónica-dominante-tónica de los barbotas del Indie-americana que desfilan por el canal. Las fronteras de la propuesta de Wolfe, curiosamente, no lindan con el ponzoñoso aire del cutrerío de la América profunda. Ese manantial colonizador del miedo actual recargado de cementerios, pantanos, pederastas, white trash y barroquismo del profundo sur. Pensad en The handsome family y en su exitazo gracias a True detective.

En Chelsea hay una fuerte corriente del golfo que oscurece sus aguas y las acerca al antiutopismo del Black metal y sus manufacturas. Ya hay alguien en la red que estará pensando que la chica de Sacramento es una Burzum para las masas globalizadas. Pues sí. Yo también lo creo desde que versionó Black spell of destruction del asesino nazi de Euronymous y está de gira con QOTSA. En el hilo continuo de folkforward, las melodías y acompañamientos a la guitarra de Wolfe son un bálsamo y un pinchacito. Es como si aquella pequeña maquina de odiar del abuelo Trent hubiera escogido rasguear una acústica, evitar sonreír y mirar de frente al público, entrar y salir como una fantasma del escenario de un tugurio repleto de góticos irredentos. De las canciones dark-folkies a destacar: Gold y Cousin of the antichrist. 
Pain is beauty es la excusa perfecta para que el crítico de discos use el sintagma “apuesta por el revestimiento electrónico de su primigenio sonido acústico con electrónica cercana a las propuestas del Drone”. Lo que yo escucho en el disco es una elaborada propuesta de antiutopismo musical para amas de casa. El antiutopismo es uno de los mitos de la sociedad occidental. La esperanza es sustituida por la esperanza de la antiutopía: la esperanza de que ya nadie tenga esperanza. Es la esperanza de clausurar el futuro. De aquel lejano no future se pasó sin dilación al no present del sentido común occidental. Nada más nietzscheano que las declaraciones de la cantante, a propósito del título del disco: “Cuando superamos los momentos difíciles, nos volvemos más fuertes.” No hay que olvidar que los paisajes de horror y desesperación de una música compuesta para glorificar la muerte y la agonía, las puestas en escena con cabezas de cerdo y muchachas desnudas crucificadas, son un género del entretenimiento. Y que si fueran rentables, produciría Disney. Preguntadle a los organizadores de Wacken y a sus beneficios. En las canciones de la caterva de blackmetaleros (dignos, reales o paripés) se destila esa idea de que quien quiere el cielo en la tierra produce el infierno. 


El antiutopismo, traducido por “esto es lo que hay”, es una pesadilla de juguete para mentes solas sin comunidad, un individualismo de cereales con leche cortada. Un hastío que nace de la comodidad, el reverso del estado del bienestar que se acaba y cinco siglos de capitalismo y modernidad. Lo curioso es que el antiutopismo es una utopía en sí misma y que los miembros de este club de muerte, para tocarle los huevos a Locke, también se pueden considerar una comunidad. Aunque sea para cometer la adoración del suicidio colectivo. Por eso no puedo dejar de pensar en lo estúpido y mezquino que era el mítico cantante de Mayhem. Si que quieres quitar de en medio, hazlo, pero no de más por culo cortándote hasta el hueso y convirtiendo tu mísera vida en un espectáculo de culto. Porque en cada corte de Dead se escribía “no hay alternativa al capitalismo”. 

Cuando explico la teoría de los músicos del sí y del no siempre recuerdo las palabras de Lennon cuando fue a una exposición de Yoko en 1966. John esperaba una orgía arty y se encontró con la calma del timo artístico. Pero se acercó a una de las obras. Una escalera y una lupa colgada del techo. John ascendió, agarró la lupa y observó. Allí vio escrito un Sí. Lennon se agarró a ese Sí para hablar con la artista y decirle que le había encantado la exposición. La mierda negativa de siempre se rompía con una sola palabra. Los músicos del no son los que acabarán editando en el protools del futuro los lamentos de los torturados en Guantánamo para disfrute personal y en vinilo. Chelsea es una música del no, del no a la alegría de vivir, del no a la vida, de exponer su negativa mierda al mundo para confortarlo en su propio no a la justicia, la vida y el futuro. Pero su sonido es como una casa del terror decorada de forma arty. Escuchable en momentos de hastío cotidiano. Un drama para barbuditos. 



Por eso, la contradicción. El placer de dejarse llevar, en un gesto de modernismo obsoleto, en el antiutopismo de las canciones negras de una chica que quiere dar miedo y ser inquietante por medio de planos rápidos con figuras, máscaras. El Marilyn Manson que todos llevamos dentro, otro razonamiento antiutópico, se las sabe todas y afirma que ya hemos visto tanta muerte en la tele que nada humano destrozado me es ajeno. Y considera que le da más miedo Lana del Rey. O que era mejor con la guitarra acústica. Y lo es. Pero merece la pena adentrarse en el disco de Chelsea Wolfe por tres razones. La propuesta me parece mucho más inteligente que el lugar común de la distorsión continua, los manidos riffs que casi tenemos marcados a fuego. Segunda, caer en el no a una sociedad medicalizada por Roche en la que el dolor es una sensación inédita para muchos. Y hasta puede ser considerado “hermoso”. Y tercera, pensar por un momento que no hay alternativa. Para después pensar que sí. 
Sí.