20 febrero 2017

Antonio



David Monthiel






           Recuerdo imágenes deslavazadas. La expectación, los repertorios-trámite, el ambigú de los comeorejas y de las huídas frente a repertorios apolillados, las miradas desde el palco, los de arriba mirando a los de abajo, la platea atenta a los tornavoces, las autoridades mirando el móvil, los reporteros charlando entre ellos, el paraíso con su maquinaria de diversión, peticiones de saltos de masai para famosetes o presentadores de los palcos. Y luego invitaciones:


          —Que se tire, que se tire.

          Algo me va a pasar, cantaba el grupo Flamenco de los hermanos Garrido. Y pasó.

          La voz atombolada anuncia la comparsa. Hay hambre de repertorio. Se trufan palmas a seis por ocho con un ole en el acento. Las luces de sala se apagan. Sólo se ve la delgada línea de portátiles del foso. El telón se alza. Una luz desde el fondo del escenario, esa luz que aseguran que se ve cuando llega la muerte, el último aliento. Pero es una muerte que, en su tránsito, va a cruzar la puerta de la Caleta, una de las entradas a ese paraíso metafórico llamado Cádiz. El comienzo se demora hasta que el chorreo escalonado de frases de ánimo, motes y nombres de conocidos, gritos y pamplinas se apaga con paciencia de siseos e imperativos.

           —Callarse ya, carajo.

     En cuanto los guitarristas encuentra un hueco de tres segundos, suenan los golpes del compás. Las guitarras, la caja y el bombo se ponen en marcha con el afán introductor de una máquina comparsista. Las voces truenan.

      Tacita, Cádiz tenemos toda la eternidad.

     El verso posee esa capacidad de continuar un discurso, como si no sólo se debieran engarzar los cuplés sino que hay que enchampelar las comparsas, las músicas en un todo que desciende en espiral. El carnaval no es una rueda que gira, no es el eterno retorno. Porque lo que se canta se repite, pero de otra manera, en otro plano. Lo que se canta está en la memoria pero también en el aquí-ahora, sucediendo. El teatro encaja el golpe y parece impulsado por una fuerza telúrica, un guiño, unos pasos atrás en la espiral del concurso. Es el final del año pasado. Y ruge, aplaude, se emociona con un final que es un principio.

     Sobreviene un silencio de cinco segundos. Cinco segundos. La vida es eterna en cinco segundos. No pasa nada y pasa la muerte, la muerte en cinco segundos La armonía vocal mece al público, que ya se ve en la barca entre las olas, que ya está entrando en esta eternidad que los Carontes presentan. Se atropella la letra en la percepción, una acumulación digna del estilo de Ares. Cambia la tonalidad, las voces que empiezan a tañer con una fuerza desoladora y exacta. Abre tu puerta al barquero. El bombo llamando a la puerta. Ya se acerca al final de la presentación.

            Cada vez que te canto, me resucito.

        Tras la primera ola, empezamos a asimilar toda la información, el tipo, el Caronte, el sombrero, el maquillaje, el forillo bajo el sino de los jaleos, los ánimos. Y los ojos siguen enumerando: las monedas, los collares. El Falla, que es el mundo ahora, espera ansioso el primer pasodoble. Aguarda a que la vieja música de Cádiz regrese, vuelva a sonar una vez más, vuelva a espolvorearse sobre los recuerdos y las melodías conocidas. Las guitarras comienzan a sonar y es un murmullo, una melodía sin letra. No hay pitos. El punteao se dobla, adquiere compás de metrónomo del tiempo que pasa, de la carne que se ahoga en el tiempo.

          La procesión que va por dentro, la memoria de los pasos, los vivos y los muertos. Es el martillo del levante. Primera parada, y una bajada que es pianto. El trío, en mayores. Una lunita cambemba arañando la bahía. La comparsa parece cantar al límite del tono. Cambio a menores. Aparecen los coros que acompañan los severos versos de los ojitos desahuciados. El público se aturrulla con la multitarea. La comparsa toma aire, fuerza. Y suenan los pitos, al final, en tres voces. Y la orquesta canta. Una fuerza inusitada, la pena y la alegría, el cante que viene del dolor. Aplausos. Gritos. Vellodepuntódromo defcon 2.

            —Dio, colega.

            Muchos han perdido la letra, asimilan la música que es compleja, pero saben de las tres partes del pasodoble, que los pitos están al final, como la muerte. Primeros oles y palmas. El Falla anhela que el segundo crezca dentro de sí para asimilar, para degustar otra vez esa música que acaban de conocer.

         El segundo se pasea por caminitos hollados. El empaque de lo conocido, de lo visto. Pero aún inaprensible. Aunque  se puede apreciar mejor la aspiración de reloj de la caja y el punteao. El barquero nos cuenta una historia. Un muchacho, un regreso. Se reconoce el estilo, las formas, los recovecos de la música que describe la derrota. La historia se va terminando, un drama, vuelvo pero derrotado.

         Aplausos. La comparsa respira hondo. Se les ve tensos, extenuados. Pero bebe, se refresca la garganta. Sonríe.

         Pitos de cuplé. La solemnidad de la derrota, de la crisis, de la muerte, da paso al cachondeito. Curiosidades, derrotismos sobre el regreso del autor. Metacarnaval. El forillo, el coreao. Diálogos y epítetos en la forma. Un remate y al estribillo. Sencillo. Una nota al pie del trabalengüismo. Una moneda en el aire. Cara o cruz. Muy dentro del estilo Ares, en el que hay una acción, tirar una moneda y la determinación de un trabalenguas que acaba en la tierra de la luz, en la luz del principio y del final. El segundo cuplé, para Trump.

        Cambio de luces. El popurrí es aún una masa de letra y música por deshacer. Una melodía nos va llevando. La construcción armónica de la primera cuarteta posee esa densidad del teclado, de un uso consciente de lo coral, del colectivo, de una comunidad que canta, y bien. Es una constante en todo el popurrí: los coros de la orquesta. Con destellos uruguayos. Sígueme.

        Presentación del personaje para el que todavía no se haya dado cuenta de que son Carontes, para aquellos a los que aún no se han percatado de lo de la luz, de las monedas, de los collares, de las calaveras y un largo etcétera. Cruza, si tienes dudas, siempre a la izquierda. La metáfora del carnaval como paraíso y fiesta. Aquí la música es más accesible, más amable a los oídos. Y cuando uno está disfrutando llega la cuarteta en la que se canta BAJITO. Como un matiz de elegancia que siempre se olvida en los repertorios chillones o aparentemente enérgicos. Y recordamos qué significa ese matiz, ese pianísimo, ese susurro. Su fuerza frente a los que pisotean por nada la publicidad de un banco. Y es el vals que se baila con un Cádiz personificado, que se inventa, que se pierde, que se busca, que se canta, que se encuentra. Para qué sepas quién eres tú. El múltiplo de la arena. La piedra que se verá horadada por los vientos de la vida. Y se hace lista de los que fueron, de aquellos que nos dejaron su nombre. Y las mujeres. Ese eres tú, en una esquinita del sur. No lo olvides.

            La cuarteta de despedida no es una despedida. Es una invitación a la Cádiz eterna. Un recitado (con lemas o mitos del teatro) sostiene un canto a cerrar las heridas. Regresa la memoria, y la consciencia de estar en la gloria. El carnaval, ese que tira los muros de Jericó, que troca las penas en alegría, que hace revivir, resucitar al que pena y nos hace inmortales durante media hora, unos minutos, una madrugada frente a dos personajazos que cantan un cuplé. Una inmortalidad que canta sus fatigas y las amedrenta. Que invoca aquello que se quedó en los estratos de la historia para llegar a la roja tierra de aquellos dos islotes que por tercera vez visitaron los semitas. Ese que habita bajo el adoquinado.

      Te quiero.

      El pase se acaba. Puntúan los del tornavoz. Comentan los que salen del teatro.

    Pocas veces me he acostado con esa sensación de viaje, pero en su acepción inglesa de tripping. Como si la foto estuviera movida, el eje de la tierra estuviera impregnado de un alucinógeno y las cosas tuvieran una capa de irrealidad. Si tiro de recuerdos: Carmen Linares en los Jueves Flamencos, The Posies en el Campus Rock, Galiana en el Festival de Música Española, Caetano en el Castillo de San Sebastián, Rocío Molina en el Falla y un puñado de experiencias psicotrópicas. Conmociones que se quedan como las pisadas en el fango de un brazo de mar entrando en la tierra.

            Y llegan los comentarios, la glosa, el jurado eterno que dicen diario. Aparecen los señaladores, los que esgrimen su "abajo la inteligencia" cuando alguien se atreve a analizar con herramientas no habituales, los que intentamos ir más allá del "pellizco", "el tresporcuatro", "la octavillita", "letra de pelo" de los comentadores del Concurso. Recurren a la acusación de pedantería cuando una decide investigar una obra carnavalesca. Pero a la vez, purita contradicción, le otorgan a la comparsa el premio del "otro nivel", del "síndrome de Sthendal", de "la otra liga". Acusan de que es de una complejidad que la aleja del acervo popular. Que no se puede cantar en la ducha.Ni en la barbacoas, que ya no existen. Como las ninfas.

            —Paridas.

            Quizá para no saber, por no querer ver qué hay detrás de la propuesta escénica y musical milimétrica. Todos coinciden en la necesidad de la revisión para poder disfrutar todos los matices. Como se leen textos trufados de detalles o de referencias. Escuchan el pase tres, cuatro, cinco veces. El youtube contabiliza la investigación.

            —Esto está a otro nivel.

            Luego vendrá la receta del carpe diem del barquero en esa competición secreta de letras que "hablan desde el sentimentalismo": la madre, la niña que da sus primeros pasos, la vida que se va y mañana el barquero puede venir a por ti.  Pero es la alusión directa a un nosotros grande, ese "pueblo" (metonimia de "participantes de un concurso") que no se calla cuando canta las verdades, cuando critica con arte y compás, cuando se lanza a la calle (esta vez del escenario-pantalla) para señalar a los ladrones, a los explotadores, a los que quieren que la eternidad de una ciudad empobrecida continúe, es ese pasodoble el que da un paso hacia lo que pudieramos intuir. A ese sunami que ninguna vírgen podrá parar. Eso sí: es una variación del tema, en clave política, del mismo que cantó la comparsa Los Millonarios, con respecto a la responsabilidad ética de los músicos locales mainstreaming con el estado de cosas que sufrimos.

            Y yo me pongo a escribir. "Que lo mismo es mañana tu último día, tu último día".

            No sé qué va a pasar este viernes.

            Pero muchas gracias Antonio.

            Arsa.


4 comentarios:

Amigupi dijo...

Sublime

David Monthiel dijo...

Gracias!

Anónimo dijo...

Brutal!

David Monthiel dijo...

Gracias!