19 julio 2005

La canción de la ahogada

Te encontré en la playa varada
desnuda, yerta y morada
y algo en mi corazón de náufrago se ahogó:
me enamoré de una ahogada.

La gente en la orilla te miraba,
los niños tu peste no aguantaban.
Yo te rapté como una perdida sirena
que tenía la boca llena de arena.

Eras todo andrajos y corales,
algas, escaramujos y sales
con tus bolsillos llenos de cangrejos y caracolas,
estrangulada por las olas

Ah! Respira para mí, flota para mí
y deja que me sienta como un forense enamorado
Ah! Descomponte para mí, apesta para mí
y deja que sea tu buzo que se hunda abrazado a ti.

Te maquillaba con lonchas de jamón
para aplacar de amor mi hambre
y la pringue te hacía más bella,
mi ahogada bella, mi fiambre.

En un combate del nadador contra la nada
los vecinos de nosotros cuchicheaban,
me acusaban y denunciaban culpable del verbo amar.

Ah! Bucea para mí, sumérgete pa mí.
Seré el camarón que te devore las manos y los ojos.
Ah! Enamórate de mí, muérete por mí,
de mi acuario apestosos y vacío será la sirena.

Nuestra boda acuática falló: el mar no nos comprendió.
lo único que pude hacer con tu cuerpo fue colocarte
de vigilante de la playa en el mar muerto.

Me consumía a mí mismo en mi condición
de hombre menguante,
estaba enamorado de una loca, loca, loca
que se cayó de un mercante.


Canción de "Ofú, l'amour fou! de Dabólico

16 julio 2005

No te mires en el río

Al padre de Luisi y la Juli le dijeron:
"Esto es lo bueno, firma, síguenos".
Y salió.

A los Adorna, los cuñados
de Juan Narváez, y luego a Juan Narváez:
"¿pero es que no os dais cuanta?¿ Cómo vais a quedaros aquí
quietos?"Ni hemos de consentíroslo".
Salieron.
Rueda el dentista andaba en convicciones,
"hay qye darle la vuelta a todo y, con un cántaro de suerte, esto
llegará a ser lo que tiene que ser, lo que de verdad es".
Una noche llamaron a su puerta.
Temblaba abajo un viejo taxi con el motor en marcha y alguna cara conocida.

Rueda se vistió un tanto inquieto.
Salió.

Entre carreras, empujones, cables
cortados, himnos ensoberbecidos,
presurosas insignias y trompetas, torvos detentes, correajes,
Luis Ramírez salió.
Juan de la Cruz salió,
Roque de Péñola salió
Tito el Troni salió (y él esperaba
correr otra aventura buena, divertirse),
Lucas Román salió.
Y otros salieron más despacio con pliegos, mandos, mapas, instrucciones.

Cómo se los lleva el río
del olvido.

Fernando Quiñones de "Las crónicas del 40"

13 julio 2005

El donante feliz



Donar órganos es regalar vida, pero recibirlos cuando no son necesarios es una extraña y terrible forma de lujo. Soy donador de órganos profesional, alguien que dedica sus esfuerzos a obsequiar vida, cuando los demás realmente la necesitan, a cambio de un digno salario. El altruismo en esta profesión, como saben, queda para compañeros que trabajan después de la muerte.
Preveo una jubilación cercana tras veinticinco años cumpliendo con mi deber. El sector pasa por malos momentos ya que los autónomos de países pobres ofrecen sus órganos en donación a bajo coste. Las mafias controlan los mercados y los trabajadores humildes y honrados como yo sufrimos las consecuencias. Así que, gracias a algún dinero ahorrado en los tiempos dorados de los trasplantes, podré vivir cómodamente, sin muchos lujos, y esperar a la muerte retirado de la vida activa.
Mi último trabajo, gracias a la larga experiencia y a importantes y conocidos doctores, ha sido muy bien pagado. En un desgraciado accidente, el Presidente de la república perdió el dedo índice. Requerido para la mutilada falange del importante mandatario, mi dedo pertenece a la clase política y con seguridad será el responsable de muchas decisiones y cargos del gobierno. Ahora sólo me quedan tres, con los que tecleo estas líneas a modo de pequeña autobiografía.
Gracias a mis órganos un gran número de personas (y sus familias) han sobrevivido a enfermedades terminales. Otras han recuperado latidos sanos, orina, respiración fluida y visión. Nunca mi historial profesional ha sido manchado por un rechazo o una muerte postrasplante -algo que garantizo en los contratos y cuido constantemente. He visitado a todos lo que han adoptado un órgano mío. Recuerdo cómo se emocionó al recibirme la señora de aquel desgraciado señor al que se le trasplantó mi sexo o la señorita que recibió la piel necesaria para la reconstrucción de su rostro (años después participó en concursos de belleza, incluso). Parece que fue ayer cuando me extirparon el pulmón derecho -mi primer sueldo- para una baronesa alemana cuando aún no se conocían cuentas de ahorro para costear operaciones en los Estado Unidos ni de alocados traslados de neveras de plástico en ambulancias y helicópteros.
En mi vida dedicada a este oficio, la única decepción se produjo cuando se intentó organizar un sindicato de donadores de órganos. El proyecto de más entidad era lograr la coordinación de todos los trasplantes para realizar un reparto justo de los órganos disponibles. Pienso que todos los enfermos deben ser tratados con igualdad. Además, como alguien escribió, cuando estamos enfermos es cuando somos mejores ya que no apetecen honores, el dinero despreocupa y los amores no esclavizan. Lo poco que se tiene se estima suficiente en la idea de que va a dejar todo.
El proyecto sindical apenas vivió unos meses. La mayoría de los afiliados -ese amplio sector altruista de trabajadores- no asistían a las asambleas. Quizá algún despistado que buscaba el forense para la autopsia presenciaba los debates. Los familiares se negaban a pagar las cuotas alegando el alto precio de los entierros. Los problemas burocráticos a la hora de elegir la dirección del sindicato fueron minando el poder sindical del oficio hasta que se abandonó el proyecto.
A mí me restan, como ya he dicho, pocos años en la brecha. Quizá pueda culminar mi trayectoria con los tres dedos que quedan. Pero el tiempo no perdona y la vejez se aproxima como un invierno aburrido y largo. Los afortunados que reciban mis últimos órganos sabrán agradecerme el trabajo que con tanto rigor y entusiasmo he ejercido desde que tenía trece años.
La tarde cae y un fuerte viento del norte enfría la casa. Creo que voy a abrigarme. Un paseo me relajará. Llamo a mi mujer para que me vista con el guante de piel de tres dedos.­

11 julio 2005

SENTIDOS

Aún podemos hacer danzar sobre los despojos
del mundo los sentidos,
crecer más que esta hiedra negra
que de la tumba emerge,
esta hiedra negra que se enrosca,
aún nuestra vida/ nuestra breve luz
al mismo lado de la reja,
Y no dejaremos ningún rastro,
ningún afiche de nube, esquirla
o fetiche celeste. Sólo quedarán
nuestras cenizas espolvoreadas
en los corazones de quienes nos oyeron
en las manos en las que nos latieron
en los pies que nos caminaron,
y en los ojos que respiraron
junto a los nuestros.
Nuestras huellas
serán húmedas en los cauces secos,
escarcha en las ajados pétalos,
nuestras huellas.
Aun podemos hacer danzar
sobre la corteza muerta del mundo
nuestros sentidos.

09 julio 2005

LUZ DEL ORIENTE

Diz que yo, Almás ibn Chúder al-Samani, la vejez he dado en sentarme a escribir los recuerdos de mi vida.
Jamás he conocido a nadie que fuera capaz de explicarme por qué recuerdan los hombres. Por qué los años, que se llevan el vigor y sus fuerzas, no les conceden a cambio el clemente galardón del olvido. Por qué no barren esos hilos con los que trenzamos los velos que a veces calientan nuestro corazones, pero que siempre acaba por ahogarlos.
He aquí que yo he decidido arrancar los que cubren el mío y destejerlos y extenderlos ante mí y reconocerlos igual que si explorase un monte cubierto de piedras bajo las que se oclutan víboras y joyas. Sabiendo que, a menudo, el áspid y el rubí se esconden bajo la misma laja terrible para buscar cada uno en el otro el calor que a ambos les falta. Pues juntos viven el espanto y la maravilla. La muerte y la dicha hacen buenas migas, la droga fatal prefiere los dulces más gustosos y el puñal es más agudo en las noches de total felicidad. Así es; así lo he visto siempre.
Ante mí han muerto califas y derviches. He compartido la gloria de Seyf al-Dawla y el gran Abd al-Rahman ibn Muhammad. He sido testigo de hechos desgraciados y feroces, así como de grandes maravillas y de sucesos inexplicables. He vivido días de sangre y noches del más dulce de los amores. Conozco el filo del alfanje y la caricia de la mujer dichosa.
Y ahora, en las mañanas claras, puedo ver desde mi retiro el polvo que levantan los ejércitos en el horizonte y escuchar los agudos lelilíes con que se enfrentan entre síi mis hermanos mientras pienso que los tiempos de honor y de la grandeza han concluido para los creyentes.
La impiedad, la estupidez y la codicia reúnen más partidarios que la nobleza y la fidelidad. Las viejas banderas victoriosas yacen cubiertas de polvo en oscuros algorines y los ojos de los hombres se hallan tan cerrados que si el mismo Profeta regresara al mundo no encontraría un puñado de fieles que le siguiese. Son tiempos de traición y de perfidia, buenos solamente para eunucos y los embusteros. Nuestro príncipes son bellacos; nuestros cadíes, venales; los mercaderes, tramposos, y los capitanes, crueles y cobardes. El corazón de los hombres se ha arrugado como una fruta pasa y se ignoran las virtudes que hicieron de nuestro pueblo el más grande que jamás vieran los siglos.
Yo soy ya demasiado viejo para empuñar la lanza y bajar al llano. Pero tal vez la historia de cómo me hice caballero sirva para que el pecho de algún joven se dilate leyéndola y, tomando algún noble estandarte, muestre a sus hermanos la vieja senda del valor y de la gloria.


Esto es de Alberto Porlan, de su novela "Luz del Oriente" Mondadori 1991


08 julio 2005

Perdida y recuperación del pelo

Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles, mi primo el mayor propugna el procedimiento de sacarse un buen pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si este pelo se engancha en la rejilla que suele cundir en dichos agujeros, bastará abrir un poco la canilla para que se pierda de vista.
Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperación del pelo. La primera operación se reduce a desmontar el sifón del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en alguna de las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sifón a la cañería de desagüe principal. Es seguro que en esta parte aparecerán muchos pelos, y habrá que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se planteará el interesante problema de romper la cañería hasta la planta baja, pero esto significa un esfuerzo mayor, pues durante ocho o diez años habrá que trabajar en algún ministerio o casa de comercio para reunir el dinero que permita comprar los cuatro departamentos situados debajo del de mi primo el mayor, todo ello con la desventaja extraordinaria de que mientras se trabaja durante esos ocho o diez años no se podrá evitar la penosa sensación de que el pelo ya no está en la cañería y que sólo por una remota casualidad permanece enganchado en alguna saliente herrumbrada del caño.
Llegará el día en que podamos romper los caños de todos los departamentos, y durante meses viviremos rodeados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, así como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que busquen, separen, clasifiquen y nos traigan los pelos posibles a fin de alcanzar la deseada certidumbre. Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho más vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad. Luego de comprar un traje especial, aprenderemos a deslizarnos por las alcantarillas a altas horas de la noche, armados de una linterna poderosa y una máscara de oxígeno, y exploraremos las galerías menores y mayores, ayudados si es posible por individuos del hampa, con quienes habremos trabado relación y a los que tendremos que dar gran parte del dinero que de día ganamos en un ministerio o una casa de comercio. Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque encontraremos pelo (o nos traerán) pelos semejantes al que buscamos; pero como no se sabe de ningún caso en que un pelo tenga un nudo en el medio sin intervención de mano humana, acabaremos casi siempre por comprobar que el nudo en cuestión es un simple engrosamiento del calibre del pelo (aunque tampoco sabemos de ningún caso parecido) o un depósito de algún silicato u óxido cualquiera producido por una larga permanencia en una superficie húmeda. Es probable que avancemos así por diversos tramos de cañerías menores y mayores, hasta llegar a ese sitio donde ya nadie se decidirá a penetrar: el caño maestro enfilado en dirección al río, la reunión torrentosa de los detritos en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda. Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo a pocos centímetros de la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la primera cañería subterránea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegría que eso nos producirá, en el asombrado cálculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para escoger, para exigir prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente debería aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.


Historias de cronopios y famas

07 julio 2005

De regreso

Bueno, ya estamos de regreso. Semanas duras estas. Pero me quedo como estoy. El cuerpo de maestros se queda sin uno azotado por beldades lisergicas y conquistado por la molécula venenosa. Lo siento Miguel Angel y borrikillos. No pude aparecer. Tenía que aplicarme en apuntes y programaciones didácticas. Ya nos veremos más y mejor.
Aquí sigo. Os dejo dos apuntos de Ret Marut/Bruno Traven.


-Te importa tanto como los excrementos de un perro el que yo me chupe los dedos o coma por la nariz. De cualquier modo, yo no me hurgo una muela cariada como una rata que chilla.
A esto, Dobbs replicó:
-¿Es que las ratas de Sing-Sing tienen muelas cariadas? Sing-Sing, para los que no lo sepan, es la residencia de todos los neoyorkinos que han sido atrapados. Los demás tienen sus oficinas en Wall Street.
(...)


El oro que una mujer hermosa y elegante lleva en el dedo, o que un rey lleva en su corona, ha conocido extrañas compañías y se ha bañado en sangre tantas veces como agua y jabón. Un ramillete de flores, una guirnalda de hojas de árbol, tiene orígenes más nobles, y, si bien el oro es más duradero, esa ventaja es meramente relativa.


De "El tesoro de sierra madre"