13 octubre 2016

Microimperialismos





David Monthiel

  Cuando parte del ideario de la intelectualidad, todavía muy minoritaria, se ha sensibilizado y ha aceptado que la invasión y la conquista de lo que muchos llaman América, comienzan a aparecer artículos condenando la celebración del genocidio. Desde esta periferia decadente del sur de una Europa en cuestión por las que fueron sus colonias, en la ciudad fuera del EDUSI con un 40 % de paro, desde el puerto desde el que salieron los epistemicidas y llegaron riquezas manchadas de sangre, celebramos que nuestro amado líder y una concejal, un escritor de éxito, una poeta y cientos de usuarios y de comentarios más en diversas redes sociales, condenen y analicen críticamente la fiesta de la acumulación originaria presentada como Día de la Hispanidad.
      Pero siempre hay un pero. Muchos patriotas (declarados o aún en el armario) todavía matizan el discurso colonial, del que es hermano el racismo y el capitalismo, justificando los "mestizajes", los "enriquecimientos mutuos", las "imposibilidades de cambiar la historia", los "maquillajes victimistas", "leyes que protegían a los indios", el encubrimiento de los pueblos originarios como sujeto civilizable situado en la zona del no ser y un largo etcétera de microimperialismos (véase las opiniones populares sobre "Venezuela"). Muchos de los "concienciados" olvidan que el discurso a favor de los indios no es nuevo. Es contemporáneo a lo sangriento de la conquista. Convendría recordar la figura de Bartolomé de Las Casas y su epifanía en abril de 1514: "comencé a descubrir la miseria y servidumbre que sufrían aquellas gentes (los indios). Aplicando lo uno (el texto bíblico) a lo otro (su propia situación), descubrió por sí mismo, convencido de la misma verdad, que era ceguera, injusticia y tiranía todo cuanto acerca de los indios se cometía" (De la Historia de las Indias, libro III, cap. 79).  
     También se olvida que parte de esa maquinaria de guerra y sufrimiento se puso en marcha en la conquista de Al-Ándalus, un epistemicidio que funda la tragedia de estas tierras con la persecución, expulsión y muerte de la población autóctona. Y que nos legó una aristocracia de papel couché que aún mantiene la mayor parte de la tierra cultivable de Andalucía con el respaldo de las subvenciones europeas. 
    Criticar el genocidio de los pueblos originarios está estupendo (aunque antes de la invasión tampoco era una arcadia, solo hay que investigar, por ejemplo, qué pueblo era el sometido entre quechuas y aymaras). Pero rajar del castellano, que robó elementos y conceptos culturales andaluces para presentarse en Europa y a la vez denigra sistemáticamente su lengua, sus fiestas, su savoir vivre, es otra cosa. Porque si para la ilustración en los Pirineos comenzaba África, para la españolidad en Sierra Morena empieza la jauja del PER, los flojos y los graciosos, las guapas y salerosas.
       Si la decolonialidad puede ser el "nuevo tema académico" que en unos años se impondrá como tópico que estudiar debido a su "novedad" mundial, creemos, con humildad y pretensión de verdad, que los nuevos descolonizadores tienen mucho trabajo por delante si realmente piensan aplicar la punzante teoría de Enrique Dussel, Ramón Grosfoguel y el resto del grupo Modernidad-Colonialidad a su vida cotidiana, a su práctica intelectual. 
      Por ejemplo: hay que descartar a Descartes como primer filósofo moderno, que antes de ese "yo pienso" hay un "yo conquisto", que la cultura prestigiosa antes de la invasión (como bien representa Cide Hamete Benegeli) era la árabe, que en ni Kenya, ni en Indonesia hubo feudalismo y que los griegos y romanos no explican nada de su historia, que la edad media es sólo el encajonamiento de una muy aislada Europa, que Gutenberg no inventó nada que no supieran ya los chinos desde que descubrieron el acero en el siglo II, el papel en el VI, la imprenta en el VIII y el papel moneda en el IX, que los grandes inventos de Leonardo están copiados de una enciclopedia china, que debajo del eurocentrísmo late el helenocentrísmo y cientos de tics más.
   Otro ejemplo claro es el zombismo cultural. Les ocurría a los afros secuestrados como esclavos, tras siglos de devastación de la cultura propia y cosificación, cuando nacía un niño y no sabían por qué debían enterrar (o sembrar) el cordón umbilical en la tierra. Algunos lo hacían sin entender  y saber la razón última de esta ancestral práctica. 
      Este hecho también les ocurre a los que acumulan cuatro mil vinilos de música sin entender una palabra (ni papa) de lo que se dice profundamente en los discursos de la americana o del hip hop, y son capaces de ignorar olímpicamente la música popular que nos rodea (y atender a la de otros lugares) y aplicar criterios clasistas y de mofa sobre las diversas formas que tiene el pueblo andaluz de expresarse culturalmente. Para muchos músicos la cultura del flamenco es una extraña. Se dedican a trabajar con localismos de Michigan o Chicago (o de Salvador de Bahía) montando una exquisita sucursal de la música norteamericana. Lo hacen sin  pensar que cuando uno de Chicago los escucha, en un inglés macarrónico, se ríe como cuando uno de Jerez se ríe de un guiri cantando por soleá. Ejemplos tenemos a manojitos.
    Lo mismo ocurre con la literatura. Son más cool y trendings las peroratas preadolescentes de los nihilistas siesos que aparecen en los escaparates como la última vuelta de tuerca a la creatividad narrativa, con el apoyo promocional de un gran grupo editorial, y todos sus epígonos cercanos, que los relatos "metíos en manteca" que tiran de la memoria, no inventan nada e intentan expresar la riqueza de lo que pasa alrededor recombinando materiales familiares, para darlo a conocer de una cierta manera, para hacerlas sentir a los suyos.
     Tiene más interés para la crítica literaria lo que sucedió desde los beatniks hasta los diggers que lo que sufrió y luchó el campo andaluz en el trienio bolchevique o la ética straigh edge de los anarquistas de Villamartín. Es mucho más interesante para la glosa de la revista posmoderna las peroratas de Neil Young sobre Monsanto o el camello que servía cocaína a la Rolling Thunder Revue que la creación de la malagueña del Mellizo o por qué baila así Rocío Molina. Les parece más sugestivo por qué Isidore Isou participó en la Internacional Letrista que por qué Pericón de Cádiz tenía esa forma peculiar de narrar sus peripecias. Y lo más triste: es mejor, más vendible, dedicar un disco conceptual a un agricultor estadounidense que cogió un fusil para vengar las afrentas que sufrió que dedicarle una canción al levantamiento campesino de Alcalá del Valle de 1903 o a hablar de las penalidades de la recogida de la aceituna en 2016.
   La cosa es sacudirse el zombismo de vivir en una cultura colonizada por el consumo, la banalidad, el asombro vano y lo anglosajón. Y mirar alrededor. Y escuchar. 
      Los que vivimos en el sur del estado, por ejemplo, podemos recuperar y rearmarnos con la magna cultura andaluza, con su lengua, con sus códigos culturales, con su toposensitividad, como dice Antonio Mandly. Empoderarnos culturalmente. No hablamos de renegar de toda nuestra educación sentimental labrada en tantos años de institutos estadounidenses, Disney, Jim Henson, el heavy inglés o Pixar (intercambiar por el Rockdelux, la CBS, Virgin o Subpop). Sino de ser bilingües como Antonio Lizana, El niño de Elche, Israel Galván o la ya citada Rocío Molina.
    No es un regreso a las "arcadias pueblerinas", ni firmar un "panegírico del catetismo", ni revolcarnos en la etiqueta del "costumbrismo" o tener una discoteca de "coros y danzas". Estamos hablando de saber cómo escuchar y hablar a los viejos de las plazas de los pueblos, a las abuelas sobre remedios naturales y su resistencia política a través de los años, para entender una realidad hecha lenguaje vivo, eficaz, creativo. Para lamentarnos de la pérdida de la taberna como templo de la cultura de La Baja Andalucía frente al neoestrazismo de madera contrachapada. 
    Estamos hablando de saber que el ritmo del tanguillo no es menor en entidad cultural que la cadencia del blues. Que si Dylan es un dios incontestable, La Paquera de Jerez es una diosa, también; si Ryan Adams lo hizo con su música, David Palomar lo hará con la nuestra.
       Como bien decía el maestro José María Pérez Orozco: "no vamos a poner nada por encima de nada, lo que me da coraje es que se ponga algo por debajo de algo y sobre todo cuando no hay ninguna apoyatura científica". Arsa y toma.

                       

07 octubre 2016

Pido perdón a Fran González





David Monthiel

            Pido perdón a Fran González porque hay gente que piensa que "no se ha hecho nada especial, ya estaba todo", o "sólo se ha abierto la puerta", como el dinosaurio que se despertó y se encontró con una agenda repleta, del verano del estrosamiento. Pido a perdón a Fran González porque Goran Bregovic tocó con sonidos pregrabados, por lo de poner musiquita a la puesta de sol, porque el levante ha pegao tela, por pensar que el escalón de la playa es responsabilidad de Costas. Porque me alegro de que se acabaran las barbacoas del trofeo.
            —Y por lo de las amenazas, ¿no?
            Pido perdón a Fran González porque no tengo nada que enseñarle en el móvil, por no quedar con él en una terraza antes de los plenos y porque me alegro de la unanimidad en lo del programa de alquiler justo. Pido perdón a Fran González por el nuevo Reglamento Orgánico Municipal, por la falta de capacidad de los cambios en el gobierno municipal y no por la sobrada solvencia de los de San Fernando, por las pintadas que afirman que su partido es igual que otro partido y por pensar que están hechas por gente de su partido.
            Pido perdón a Fran González por carecer de un modelo de ciudad que mantenga privilegios y falsas historias de la grandeza del orbe. Pido perdón a Fran González por decirle que en la que dicen que fue cuna de la libertad y del constitucionalismo había un mercado de esclavos muy activo. Por decirle que el tricentenario de la casa de contratación va a celebrar el expolio de una tierra conquistada a sangre y fuego y el genocidio de los pueblos originarios "descubiertos".
            —Pero, ¿y lo de las amenazas?
            Pido perdón a Fran González porque no sé que es una lanzadera de empleo. Porque creo que ser emprendedor esconde empezar a autoexplotarse uno mismo hasta tener empleados a los que explotar. Porque no creo que sea bueno salir en la portada del The Guardian y que todos aspiremos a ser camareros y animadores de hotel. Por que "ser de Cádiz" no soluciona nada. Pido perdón a Fran González porque sigo apostando por proyectos que faciliten, apoyen y desarrollen la música en directo. Porque pienso que necesitamos convertirnos en una ciudad de la cultura, de la música, del arte, del flamenco. Porque creo que es muy positivo, si todo va bien, tener un nuevo patronato.
            —¿Patronato? ¿Y las amenazas? ¿No es un delito grave contra la autoridad?
            Le pido perdón a Fran González por indignarme por los retrasos en la construcción del nuevo hospital, de la ciudad de la justicia y de la paralización de la estación de autobuses, por indignarme por los ERES falsos, por los exdelphi, el fraude de la formación, el calvario de la escuela de hostelería de Cádiz y los cargos fantasma para colocar a hijos de alcaldes. Le pido perdón por mi preocupación ante el recorte encubierto en la educación pública de la Junta, por cerrar aulas para favorecer a los concertados. Por pensar que la buena relación con la UCA también es exigirle que rehabilite el Colegio Mayor, El Olivillo viejo, y ya de paso que la Escuela de Náutica y Valcárcel completen un Campus de Cádiz que nunca se debería haber ido por pelotazos inmobiliarios. Le pido perdón porque me alegro mucho de hayan absuelto a los activistas de Valcárcel.
            —¿Por lo del Croquemongou tampoco?
            Le pido perdón a Fran González por aspirar a una ciudad con carril bici digno, con un centro peatonal. Porque no creo que las instituciones sean mágicas o malignas en sí mismas, y sí transformables, imperfectas. Porque quiero que se mande obedeciendo, porque sé que el poder reside en el pueblo y no en los operadores turísticos. Pido perdón a Fran González porque aún hay ilusionados que mantienen la llamita de la esperanza (yo siempre la llamo fe, a pesar de ser una palabra corrompida por la cristiandad) de un municipalismo que tenga en cuenta a los más desfavorecidos y no a los conquistadores de Cadifornia, ni el funcionamiento del cepo chino.
            Perdona, picha.

19 septiembre 2016

Sopla, sopla fuerte, levante




David Monthiel

            —Qué levantazo, illo.
            Mucho se ha hablado de los estragos del viento de levante en este verano del estrés. De sus inconvenientes, de sus rachas de ochenta kilómetros, de lo que ha afectado a la psicología, a la pesca y a la sacrosanta hostelería. Salvadora de la balanza de pagos provincial.
            —Qué ruinazo.
            Nos ha obligado a construir una ética del sufrimiento ventoso. A filosofar sobre el cansancio al que somete al cuerpo, a analizar su hedor por los bajantes, a calcular la cantidad de arena que deja en la saliva, a estudiar el grado de acartonamiento de la ropa tendida. Ha inspirado novelas peores que su soplo inclemente. Incluso algunos lo han visto como una maniobra de distracción ante los cambios en la corporación municipal de nuestro amado líder, tan criticados de la punta del Boquerón padentro.
            —Esto no es normá.
            Pero este año, dicen, la cosa ha sido dura. Ha obligado a cerrar el puerto de Tarifa, ha echado a la gente de la playa sin tregua, ha cancelado el catamarán de la Bahía, ha despeinado y mosqueado a los turistas, ha provocado pérdidas económicas en los lateros y en los chiringuitos, ha invitado a la búsqueda en internet de "playas donde no pegue el levante", ha dejado encerrada a la gente en el piso por el que ha pagado una talegada, ha provocado discusiones tontas agravadas por esa suerte de mosqueo infinito de sufrir la levantera.
            —¿Ha tenido algo que ver el levante con la de mierda que tiene mi Kichi en Cádi-Cádi?
             Y, sobre todo, ha sido—según la prensa— un agente del mal que ha afectado al "motor" económico de la provincia. El turismo.
            —Eso ni tocarlo, ¿eh?
            El turismo. Esa actividad económica de la que nació la burbuja inmobiliaria, que tapizó de cemento las costas, que ha transformado y destruido el paisaje costero, que ha quebrantado la ley de costas para beneficio privado, que ha enriquecido la corrupción sistémica de los ayuntamientos, que ha maquillado las altas en las seguridad social con licenciados y ha convertido a Andalucía en un "paraíso", en el que comprar una segunda vivienda, llena de gente graciosa, amable y floja.
            —¿Ya empezamos?
            El turismo: ese que obliga a los licenciados con dos masters a trabajar por 5 euros la hora sirviendo raciones de sardinas sequeronas, tonino por caballa, pota por choco frito y tortillitas de camarones congelás. Ese que forma colas kilométricas de turismos a la entrada de la playa de Bolonia. Ese que peta los aparcamientos de El Palmar. Ese que está creando su propia burbuja, que pronto explotará.
            —Tú estás mu equivocao.
            Ese que peta los sitios, aumenta los precios, baja la calidad de los servicios, paga mal, es desconsiderado, sucio, poco cívico, que exige siempre buen tiempo, que demanda que TODO esté veinticuatro horas abierto. Ese Cayo Coco mental en el que todos los indígenas somos servidores, informadores, animadores socioculturales, camellos, cantaores, que formamos parte del decorado de la historia.
            —¿El rincón gastronómico? Ni idea.
            Ese que es la pesadilla para el futuro de la Coordinadora de Profesionales del Metal de Cádiz. Ese que convierte a la ciudad en un parque temático de la historia. En el que los cruceristas la consumen como el que pasea por Disneyland París. Pero ¿qué historia? ¿La mía? ¿La tuya?
            —¿La de las camareras de piso?
            —¿La de los chicucos malajes?
            —¿La de la gente de la calle Pasquín?
            —¿La de los negros del callejón?
            —¿Las de las niñas que venían a trabajar de internas desde Chiclana, Medina o Conil?
            No, señora. Se vende aquella tan aclamada y estudiada por los historiadores que identifican "Cádiz" con los señores que llamaron a Haydn para que les hiciera el pasodoble de medida de ese año. Aquellos que, gracias al pecado de explotar a los iguales, se construyeron palacios donde todavía no puedes entrar, querido turista. Porque son propiedad privada. Patrimonio privado. El Hola de la historia. Esos que se enriquecieron con la invasión de un continente y con la sangre de los pueblos originarios de lo que ahora llamamos América.
            —Ya estamos con el derrotismo.
            Aquellos a los que ni el levante de la historia, ni la humedad, ni los baños comunes, ni las rajas en los tabiques (como sonrisas de un promotor inmobiliario) de los barrios de los pobres antes del festín de FITUR, molestó.
            —A lo que vamos. Que se te va el coco.
            El levante y su insistencia es el que nos salva de la Gran Transformación Definitiva de esta provincia en un destino turístico irreversible poblado de ingleses borrachos, alemanes jubilados y españoles conquistadores. Es un arma contra la colonización definitiva de las costas. Una defensa ante la posibilidad de que muchos repitan, se vengan arriba y se compren una casa a pie de playa. Es una muralla contra la gentrificación y el ladrillazo. Una defensa para que la jet set playera no se instale definitivamente y seamos una Costa del Sol II, o decorados aún más dramáticos.
            —Sopla, sopla fuerte, levante.
            Sé que sonará duro para muchos y muchas. Pero Cádiz no es una mujer. Nunca lo fue. Ni mucho menos la pretenden dos novios, el levante y el poniente. Siento contradecir el pasodoble y al maestro. Pero me suena demasiado a poesía heteropatriarcal en la que la mujer es un objeto que piropear, que seducir. Un objeto mensurable. Como ninfas, diosas, reinas, damas de honor y coquineras al uso.
            Dió, tustá chalao.
            Cádiz no es una mujer, ni es la "señorita del mar", ni "la novia del aire". Como mucho es la follamiga de los cruceros, la salada caridad de los hidratos de carbono de las colas frente a la parroquia. La criadita del mar. La parienta de las crisis históricas. La sosia del levante.
            —¡Pero si ya es suroeste!
            —Y ha llovío.
            Cádiz es una ciudad que necesita el levante. Necesita a la gente que trabaja en el metal, en los astilleros, en la cultura. Para salvarse. Para seguir.
            No sólo camareros.
            Sopla. Sopla fuerte, levante.