26 febrero 2008

Manhattan- John Berger

Como idea moral, com abstracción, Manhattan tiene un lugar en la mente de todos. Manhattan representa: oportunidades, el poder del capital, el imperialismo bralnco, el glamour, la pobreza; todo depende de la visión del mundo de la la persona que piense en ello. Manhattan es un concepto. También existe. Al andar por sus calles, el visitante se queda asombrado al principio por la fuerza y la debilidad e sus fantasías previas. Y de este asombro surge una paradoja. Son al mismo tiempo calles soñadas y las calles más reales que haya visto en su vida (no ofrecen nada detrás de lo que hay).

La densidad de la población que trabaja en Central Manhattan es un cuarto de millón por milla cuadrada. Con semejante densidad queda poco espacio para entrever. para encontrar espacio hay que mirar hacia arriba. Es la ciudad con más joyeros que yo haya visto nunca. Hay tantos anillos expuestos como habitantes.
La gente come a todas horas, en todas partes. Las recetas proceden de todos los rincones del mundo. Pero en Manhattan la comida es lo que uno se mete en la boca, aquí y ahora, e ingiere. No es nada más. A los inmigrantes debió de llevarles un largo tiempo aprender esto. Comer aquí es un modo de consumir privado.
La charla está por todas partes. Charlar. Sacar. Charlas con cualquiera que se aparte momentáneamente de la masa. En medio de la masa, charlar con quien esté a tiro en ese momento, si está solo, en alto consigo mismo. La charla trata directamente de lo que se le pasa a uno por la cabeza en ese instante. Lo que está sucediendo dentro se construye de inmediato fuera con palabras. Y esto actúa como una protección.
¿Cómo protege la charla? No de la forma obvia. No es un llamamiento a la compasión o al trato considerado. Mejor nos preguntamos: ¿contra qué protege la charla? Contra el espacio entre la primera persona y la siguiente. Este espacio lo crean las esperanzas. Las del otro y las de uno mismo. Es un espacio vertical, una oquedad cortada a pico.
Al igual que los ascendosres, las esperanzas, para subir, precisan de su propio hueco. Es fácil caerse por uno de estos huecos. Es la caída en el olvido. La charla es un antídoto contra el olvido. Nadie puede caer mientras está hablando con alguien; las palabras se agarran contra las paredes del hueco y sostienen arriba al que está hablando. La caída sucede en silencio.
Lo que uno esperaría que sucediera en el interior, aquí sucede en el exterior. No hay interioridad. Puede haber introspección, culpabilidad, felicidad, pérdida personal; pero todo esto emerge y sale a la superficie en forma de palabras, acciones, hábitos, tics, que se convierten en hechos que tienen lugar en todos los pisos de todos los edificios. No se trata de que todo pase a ser público, pues esto sugeriría que no existe la soledad. Más bien, cada alma se vuelve del revés, pero continúa sola.
Volver a callejear. Un setenta por ciento de la vivienda tiene más de cincuenta años. Los depósitos de agua, aislados con planchas de madera, están fuera, sobre los tejados. En las aceras, a unos centímetros por encima de la altura de las cabezas, se apilan las escaleras de incendio aferradas, como anclas, por fuera de los edificios, de modo que las calles se convierten en estrechos pasajes bordeados de hierro calado. En las plataformas de estas escaleras de incendio hay mujeres y niños que duermen, como en un cuarto de estar. Cada ejemplo tiene su historia específica (el abastecimiento y la presión del agua, las regulaciones contra incendios establecidas en el siglo XIX, las altas temperaturas que se sufren en verano cuando no hay aire acondicionado), pero en cada caso se trata de reducir los márgenes económicos a su mínimo absoluto en favor de un mayor beneficio, una mayor expansión; y en cada caso, la consecuencia es que se deja fuera lo que en otras partes está normalmente dentro. Los grandes rascacielos de cristal, encendidos por la noche, demuestran el mismo principio y lo elevan al rango de la mitología: su iluminación interna se convierte en la característica dominante del medio exterior nocturno de toda la isla.
El principio es espiritual y físico a un mismo tiempo, o, para decirlo con mayor exactitud, al negar la interioridad, hace de lo espiritual una categoría de lo físico. Y eso se aprecia en las caras de la gente.
(...)
Sería incorrecto decir de Manhattan es el escenario más puro del capitalismo moderno. Menos de un quinto de la población trabajadora está empleada en la manufactura. Pero sí que es el escenario más puro de los reflejos, modos de pensar, compulsiones e inversiones psicológicas del capitalismo. Se pueden encontrar aquí todos los modos de su incansable energía, crueldad y desesperación. Durante un breve período, en el siglo XVII, Amsterdam ocupó una posición históricamente similar. Nueva York se llamaba entonces Nueva Amsterdam.
Algunas ciudades de la coste oesta afirman hoy ser más modernas que Nueva York. Pero todas ellas carecen del elemento histórico que constituye un acicate esencial para la energía creada y exigida por el capitalismo. La memoria de los muertos ronda Manhattan, Al nivel de la calle, salvo frente los escaparates del centro (en donde se puede soñar con un futuro personal), uno camina por entre el cieno y las cenizas del pasado. La continua necesidad de expación económica del capitalismo requiere la existencia de un temor subjetivo a que, si uno no avanza lo suficientemente rápido, el pasado puede reivindicar lo que es suyo y vengarse; requiere que los trabajadores miren hacia atrás con miedo de su propio pasado.(...)
Todas la esperanzas abandonan a la persona o la atrapan para llevársela con ellas en su ascenso. La inmensa mayoría nunca ve cumplidas sus esperanzas. Pero casi todos descubren que, al igual que sus antepasados no podían volver a la tierra que habían emigrado, ellos mismos no pueden hacer que retorne a sus personas el poder de su propia voluntad. Manhattan está habitada por unas gentes resignadas a verse diariamente traicionadas por sus propias esperanzas. De aquí procede su incomparable ingenio, su cinismo y lo que se ha dado en tomar como su realismo.
Y, sin embargo, el realismo no resulta confirmado por el lugar en sí mismo. La neutralidad u "objetividad" del entorno físico ha desaparecido. Se ha proyectado en él demasiado. Las esperanzas o la desilución han creado prejuicios a favor o en contra de todas y cada una de las partes de la isla, por muy geoétricas que sean, por muy gastadas que estén. Es como si la isla fuera un sueño o una pesadilla vista simultáneamente por cada uno de sus habitantes. He dicho que aquí no hay nada simbólico. Pero el simbolismo de los sueños es sólo tema de especulación al despertar. En un sueño no hay simbolismo; todo es lo que es. Solamente lo que es. Pero, sin embargo, en los sueños todas las cosas dan la cara a la persona que está soñando: en el sentido de que nos dirigen a ella tan directamente como si fueran sentimientos internos. En Manhattan no hay un exterior que no tenga una cara en este sentido; no hay, por consiguiente, un exterior que pueda tranquilizar. Los millonarios trataron de compensar esa falta de tranquilidad con las superficies de las obras de arte, los objetos, los edificios traídos de Europa; superficies en las que la personalidad y la historia vuelven a estar diferenciadas. Para los que no son millonarios, no hay nada fuera en donde vivir.
(...)
En la historia del capitalismo, Manhattan es la isla reservada para quienes están condenados por haber esperado demasiado.

1975
Del sentido de la vista, Alianza Editorial.

2 comentarios:

Pablo Terradillos dijo...

un tipo muy interesante este berger

Berger dijo...

recomendabilisimo. Desde Alain Tanner hasta la Coixet, en el cine.
En el arte, la literatura y demás.
un pedaso de personaje.