10 septiembre 2013

SERVIDUMBRE DE PASO (Borrador, I)


Heredamos la máscara más útil.
La del respeto.
Y un furor enquistado en la entraña más oculta
para el asentimiento.

Heredamos un orgullo acechado
por el hambre, el pan del hambriento, el pan negro
y un puñado de latidos
con el sabor del cimarrón.

Heredamos la sombra repetida
de las cárceles
y el abrazo más frío de las fosas sin nombre.
Un dolor que se bebió las dudas, 
la sangre 
de los que la pusieron sobre las fechas.

Heredamos los fantasmas 
que recorren las manos agrietadas, 
las manos muertas, los dedos perdidos, 
las listas negras y  los folletos 
que la lluvia deslía en los talleres.

Heredamos las barriadas de la muerte 
y los traidores 
que aquilataron la renuncia. 
Los hijos en las zanjas de un apellido, 
las madres que se rinden vendiéndolos 
al saber. 


Heredamos una sonrisa
acechada de sudores y lobos,
el coraje de lo suficiente, el vestido del desnudo.
Aquellas canciones que compartían
tantas pérdidas.

Heredamos la barca del peregrino,
un hogar en ninguna parte.
La servidumbre del paso,
los caminos vedados,
el consuelo de andar juntos.

Heredamos una pregunta
jaspeada de cansancio,
una respuesta desvalida
ante la furtiva verdad 
de la historia. 
Una vejez 
que  hallamos un día cualquiera 
en el espejo.