16 marzo 2005

Decíamos ayer...

Buenas tardes-noches.
Tengo el honor y el placer de presentarles en esta cita de las Tardes con las letras (la poesía por venir) a Iván Mariscal, poeta, cantaurock, (neologismo que él mismo Iván acuñó para definir su música), miki por excelencia, dylanita confeso y enorme compañero de ese grupo de

peregrinos sin motivo,
saltimbanquis, transeúntes,
incansables polizones del mundo:

como diría García Argüez de La Palabra Itinerante.

El viejo Chinaski repudiaba las reuniones de escritores. Pensaba que trataban de anularse entre sí. Para el viejo, lo peor que lo podía suceder a un escritor es conocer a otros escritores, relacionarse con ellos, figurar en los pomposos salones del provincialismo y en los cafesgijones que existen en todas las ciudades del estado. Allí, entre cafeses y volutas de humo, dedican el tiempo a refregarse mutuamente los currículos salpicados de méritos menores y erudiciones absurdas. El viejo Chinaski prefería a colegas para beber, para leer poesía, para hablar de tías buenas y para reconocerse en la mutua conspiración de la palabra útil.
Los colectivos de escritores que rehuyen de ese pálpito pasarelístico, que rechazan el latido vendido que infunde a los corazones un ansia por destacar como órgano olímpico del sentir humano, merecen un lugar en cada una de nuestras casa rojas dentro del pecho. Porque existen los colectivos de escritores que trabajan en común desde sus diversas educaciones sentimentales y procedencias. Porque vienen de la vida para unirse en acción conjunta para hacer de la poesía el campo practicable donde denunciar lo injusto y amar lo digno. Después beberemos, hablaremos de gráciles muchachas.
Y hablo de los colectivos porque Iván es uno de los gérmenes de La Palabra itinerante, que se gestó en plena resaca de la otra guerra en Irak y los suntuosos fastos del 92 en Jerez de la Frontera. Haciendo caso omiso al negocio olímpico y a la obscenidad pro-genocida de la Expo, David Eloy Rodríguez e Iván Mariscal crean en Inkilino de Kaivan. Desechando otras opciones más sencillas, como caminar simulando interés por algún pabellón de la Cartuja o admirar las pindáricas gestas de los atletas, dos jóvenes deciden usar la literatura para comunicarse, para unirse, para compartir. El Inkilino se afana en actividades relacionadas con la creación y la difusión de la literatura. Escriben, se reúnen, y en especial se entregan al oficio de la poesía.
En 1995 David Eloy Rodríguez e Iván Mariscal marchan a realizar estudios universitarios, a Sevilla y a Cádiz respectivamente. En ambos lugares conocen a otros autores con los que comparten búsquedas y prácticas artísticas y humanas, y aúnan esfuerzos y planteamientos, versos y vasos. Se generan actividades que van articulando en cada ciudad hasta unir completamente los foros de las dos ciudades. Así, surge en Sevilla 'La Palabra Itinerante', con el propósito de ser un colectivo de agitación y expresión cultural

Y cuento esto porque debo situar históricamente a un grupo de músicos y escritores y entre ellos a Iván Mariscal.
Quizá muchos conocerán a Iván como un músico itinerante: un músico que en muchas de las salas de la provincia y de Andalucía y en cualquier región de la noche nos embarga y emociona con una rolling thunder revue de acordes y versos. Porque Iván, alejado de estribillos carne de listas y de operaciones del espectáculo del triunfo, confía y nos regala melodías construidas con el poder de sus versos y versos de otros con un cariño, con un derroche de cercanía y una abigarrada delicadeza que arrima a la poesía a muchos que o solo la consumen en papel o sólo la oyen cantada o en cds. Las canciones de Iván son como un refugio ante la tormenta (Dylan dixit) de burdos productos musicales. Así lo reflejó en su trabajo “Un día en el país de los humanos”, ejercicio de lirismo y rock, de verso musicado o de música versada en el que Iván nos habla de la resistencia, del amor, de la vida, de la verdadera vida. En el se incluyen desde de “La nana de la vainilla” de Miguel Ángel García Argüez, hasta poemas de Alberto Porlan.

Les adelanto que esta noche nos deleitará con algunas canciones.

Pero el Iván Mariscal poeta recoge en sus versos escritos, en su libro “Itinerario de la luz”, esa luz atisbada en los gestos de amor, en los gestos de vida que irradian los cuerpos cuando se unen; y lo hace, a veces en epifanías al alba contra la poesía de flores de cartón y el amor burocrático y otras haciendo anidar a los pájaros de la verdad en los corazones sin jaula. Como la luz que guía a los barcos en la tormenta, la poesía de Iván es un humilde desafío a la muerte, es una aventura de amistad, de supervivencia en el fango hasta alcanzar las arrebatadas playas.
En ese itinerario de luz, la poesía se sitúa frente a la poesía del bienestar, contra la poesía cómplice con el estado de las cosas. Como rockero, Iván cree necesario escribir con un cabezal Marshall en cada verso, a todo volumen contra la música callada; y desecha la elección de ser el que cuenta las sílabas del verso de Borges bajo el rumor de las luchas cotidianas. Es escribir en la trinchera. Es Insertar preguntas en medio de las evidencias. Es escribir por amor, para entender el mundo, para cambiarlo.

Esto supone un implicación de la poesía con el entorno, con sus conflictos, injusticias y hallazgos, supone este compromiso con lo que sucede en los márgenes del poema como una constante de deontología poética, y quiere traducirse en un lenguaje que, desde el oficio, represente con un sablazo ético el sabor del vivir, en lo agrio y lo dulce de sentirse vivos en la sociedad injusta gobernada por el uso mercantilista de la cultura. No se trata de una contrapropaganda sino de encontrar un camino compartido. Los poemas de Iván, como decía Luis Melgarejo, son cacharros útiles para la vida, artefactos de canto y cuento en los que ese llama bribón al bribón y amiga a la amiga y en los que se mezclan nenúfares con guiñapos.

Pero hablamos de resistir Pero ¿frente a qué, a quién, para qué? Como decía Alberto Porlan en una entrevista:

“¿Frente a qué?
Frente a esta corriente de cínico hipercapitalismo flatulento que nos llega hasta el cuello. Resistir frente a la propaganda, frente a los iconos y frente a los protocolos. Frente a la destrucción del planeta.. Resistir frente al escándalo de que los 300 individuos más ricos del planeta posean tanta riqueza como los 3.000.000.000 más pobres. Resistir frente a los dogmas, a la impotencia y al miedo.
¿Frente a quién?
Frente al demagogo, el sofista cargado de razón, el pancista y el petardista. Resistir frente a los megaespeculadores planetarios y a los hombrecillos que viajan en limusinas de diez metros. Frente a los fanáticos de cualquier prédica, a los embaucadores y a los conformistas dinámicos, que son la peor especie del mundo.
¿Para qué?
Para poder mirar a la cara a nuestros padres, nuestros hermanos y nuestros hijos con cierta dignidad.

Por eso Iván Mariscal ama la vida de una manera furibunda, ama la vida, su música, la palabra, los cuerpos, esquiva la vida en prosa, como el que pide una habitación en llamas. Y como dice David Eloy Rodríguez de los amigos:

cuando son felices nada puede detenerles,
ninguna pared puede pararles.
Aunque tarde o temprano aparezcan
los cobardes o la policía.
Porque resistir se dijo y se dice
con la boca de la sangre abierta.
Porque aunque nos quieran cortar la luz
siempre tendremos velas.
Porque ellos me salvaron,
me salvan,
la vida.

3 comentarios:

garcía argüez dijo...

mostrooooooooooooo!!!!!!

Daniel dijo...

David, mándame tu dirección, que ¡por fin! tengo algunos ejemplares de mi librito... este es mi correo-e: daniel.bellon@gmail.com. Abrazos.

Nobody's boy dijo...

Qué crack usté, gran David. El día que alguien me haga una presentación (y no sea un cura el día de mi muerte) quiero que sea usté.

Sobre el enorme de Iván: ¿es posible pillarse algo de lo que hace? ¿no tiene ningún cd editado ni nada por el estilo?

Bezoz.