22 julio 2011

POSIBILIDADES

Esta identidad generacional tiene visos de fortalecerse. Los partidos políticos, desde la derecha a la izquierda radical, permiten escasas posibilidades a quienes no se encuentran socializados en su universo de intrigas y sumisión jerárquica. El desprestigio de los mismos es merecidamente mayúsculo y no es pensable que puedan absorber a muchos de los participantes del movimiento. La cultura hiperideológica de la izquierda intelectual no atrae demasiado, entre otras cosas, porque no se entiende (he presenciado experiencias muy cómicas). Por lo demás, la crisis económica seguirá produciendo jóvenes muy titulados y con sensación de enorme maltrato. En fin, la afluencia de personas de edad a las manifestaciones y a las asambleas, muy nutrida, se hace reconociendo las virtudes de un movimiento de jóvenes, “apolítico y asindical” y por ende fortaleciendo la identidad generacional del 15-M.
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Carlos Taibo (Nada será como antes. Sobre el movimiento del 15-M, La Catarata, 2011, p. 36) por ejemplo, señala la diferencia entre los apoyos del movimiento (compuesto por personas no politizadas según la oferta política interesante, que para él se restringe a la izquierda muy de izquierdas: los demás, si no tienen las opiniones de Taibo y sus amigos, merecen “desenmascararse” por vendidos) y el control de la palabra en las asambleas por parte de militantes. Estos, evidentemente, han ayudado transmitiendo valiosas herramientas intelectuales y formas de movilización; también han lastrado el 15-M con su doble lenguaje (cuanto más fiel es uno al grupo al que pertenece más infiel es a quienes no se incluyen en él, aunque sean sus amigos y lleven razón), la testarudez por introducir mecánicamente todo su repertorio ideológico –a veces, por ejemplo, cuando de democracia se trata, de una deprimente pobreza- y su tendencia a disputarse el movimiento con adversarios de otras organizaciones (cuyas diferencias ideológicas solo se comprenden con una tesis doctoral). La obsesión por denunciar como sospechoso todo lo que no entra en los esquemas muestra hasta qué punto hiede esa cultura. Contra ella, hay que reivindicar la inocencia. Ser inocente no es ser idiota, es negarse a ver el mundo desde clichés rígidos; es no ver a los demás como culpables de algo y por ello no merecedores de confianza ni de comprensión. Sin algo de inocencia no hay posibilidad de crear nada: ni en el amor, ni en el trabajo ni en la política.