21 junio 2005

Párrafos del trabajo II- Bruno Traven, La rosa blanca

En las reuniones [de los proletarios] se encontraban los eternos optimistas, los eternos pesimistas, los eternos camorristas, los que siempre gruñen, regañan, insultan. Pero siempre y en mayoría imponente estaban los fuertes, los hábiles, aquellos a quienes ni los palos, ni la cárcel, ni los sermones, ni los cohechos podían hacer perder la confianza en el gran futuro de los trabajadores como dirigentes de los destinos del mundo. Era entre esos hombres tranquilos que raramente hablaban, y cuando lo hacían era para decir unas cuantas palabras, entre los que se encontraban los tipos que se sentaban, y se ponían de pie con los puños cerrados y las quijadas apretadas como si fueran de acero, y quienes de vez en cuando decían al compañero más próximo a ellos: "Mire, amigo, ¡por el infierno y el demonio!, prefiero morir miserablemente, como perro sarnoso y que me tiren en un montón de inmundicia, antes de entregarme por un desgraciado centavo. Hay que dejarlos que se ahorquen o se ahoguen; nosotros los trabajadores seguiremos viviendo, y que el diablo se lleve al que opine lo contrario. ¡Arriba la solidaridad de los trabajadores, arriba el sindicato!"

En esas reuniones se hallaban toda clase de tipos, como ocurre en toda revolución o rebelión en cualquier punto de la tierra. No importa cuál sea el propósito que peleando se persiga, siempre habrá hombres con deseos de comer y carentes de alimentos; la diferencia entre "el deseo de comer" y "la carencia de alimentos" motiva la diferencia en el juicio de los hombres. Algunos hombres capaces de vender su alma al diablo, al patrón o a la policía o al movimiento o al sindicato, con el único objeto de asegurarse tres comidas diarias, en tanto que otros prefieren morir de hambre antes que decir: "¡A sus muy apreciables órdenes, amo y señor!" En los círculos, tanto en los más elevados como en los más bajos fondos de la sociedad, podrán encontrarse siempre tipos semejantes a los que se hallan en las reuniones de los llamados proletarios. Así, pues, la cuestión no sólo es ¿qué es cierto después de todo? Debía ser también ¿qué se entiende por clase? y ¿qué se entiende por una sociedad sin clases?